Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Los Dados #3
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Los Dados #3

Los huesos de las rodillas sobresalían desnudos, y en uno de los novivos incluso las costillas, en otro los omóplatos, y en el cuarto la columna vertebral entera…

todos y cada uno de los resecos músculos, empujaban la piel podrida hasta rasgarla en jirones colgantes, humedecidos por un pus repulsivo…

y a cada paso que daban, los huesos se asomaban y volvían a hundirse, una y otra vez, como prisioneros de una carne que no terminaba de soltarlos… ni casi sostenerlos.

Entonces el vaho lo golpeó… arrastrando esa ausencia antinatural de vida…

y comprendió de golpe que era el mismo olor agrio que había sentido a lo largo del camino…

solo que ahora no solo le quemaba por dentro los pulmones y le hacía arder los ojos hasta obligarlo a parpadear sin control…

sino que además parecía carcomerle la piel misma.

Y comenzó a rascarse.

Una vez.

Otra más.

Hasta realizarlo con desesperación… casi desgarrándose la piel con unas uñas que ya no parecían obedecerle.

Luego… poco a poco… sus dedos se detuvieron.

Y sus brazos cayeron pesados a los lados del cuerpo.

—Esto es todo. No podré escapar —comenzó a comprender, atrapado entre la fatiga y una resignación amarga que le retorcía las tripas.

El cuello ya no soportaba el abrumador peso de su cabeza, y dejó caer la vista hacia el suelo… hacia esa tierra seca… hacia esa aridez inmóvil que no prometía nada… ni siquiera una tumba blanda donde caer.

Los cuatro lobos avanzaban arrastrando sus cuerpos rotos, como una más de las tantas abominaciones muertas y vivas al mismo tiempo que habitaban la Tierra Muerta, condenados a una agonía interminable donde la muerte misma les negaba un final pacífico…

y de pronto lanzaron un gruñido aterrador, y luego otro, y finalmente uno aún más diabólico, hasta que Landion comprendió que no lograba entenderlos…

pero no porque rugieran desde la distancia ni por la conocida ausencia de los ecos…

sino porque simplemente, ya no tenían voz… pues ya no eran siquiera animales.

El joven cartógrafo cerró los ojos, y desesperado llevó una mano al bolsillo de su capa, en busca de la pequeña estatua de la Diosa Aneara… esa que de niño tantas noches había apretado cuando el miedo acudía a asfixiarlo en silencio.

Pero no estaba.

Y sus dedos encontraron solo la fría vaciedad de la tela…

Landion sintió que no podía tragar… y un vacío repentino pareció abrirse bajo sus costillas.

Debió perderse en la caída , pensó, y las lágrimas brotaron solas.

Para que Aneara te proteja siempre , le había dicho su padre al dársela, con la sonrisa tranquila de quien cree estar poniendo en manos de un hijo, un amuleto capaz de mantener a raya todo el mal que exista.

Ese mismísimo padre que le daba el jarabe cada noche.

Sin embargo… ¿entendía lo que hacía?

¿Entendía lo que le quitaba?

Landion volvió a buscar la estatua, palpando hasta el fondo del bolsillo, demorando los dedos en cada rincón de la tela con una obstinación transformada en ruego…

como si Aneara pudiera haberse ocultado allí por un milagro…

o por un descuido… aunque bien sabía que no la encontraría…

y solo las costuras y los pliegues ásperos de la tela respondieron a su tacto…

la estatua se había ido junto con el Luminar, al fondo de esa grieta que casi lo devoró también a él…

De no ser por la fortuna.

La fortuna… que por un capricho inexplicable lo salvó de caer en esa cicatriz abierta sobre el camino…

también por un capricho inexplicable, le arrancó las dos luces que lo mantenían en pie…

la que lo guiaba por el sendero entre las sombras interminables de la Tierra Muerta…

y aquella otra sagrada… que mantenía firme su espíritu cuando el miedo comenzaba a treparle a hurtadillas por la espalda.

Aneara lo había abandonado.

Y ninguna luz lo acompañaba ahora…

La oscuridad parecía haberlo vencido al fin, en todas sus formas.

—Ya no hay escape… —se dijo, rendido por completo.

Le costó levantar la cabeza… sentía a la Tierra Muerta aplastándolo bajo el peso de su terror eterno, pero aun así logró hacerlo…

y al alzar los ojos hacia el oscuro firmamento, comprendió que ni siquiera los bondadosos Dioses del Cielo podrían protegerlo en ese sitio de muerte…

porque tal vez los Dioses habían apartado la mirada de este mundo…

o porque tal vez este páramo maldito era en verdad el dominio de los Demonios del Cielo…

un dominio infame, donde las plegarias se pudrían antes de siquiera ser oídas.

Y tal vez aquella criatura de uniforme extraño tenía razón…

tal vez él nunca fue un verdadero Nender…

tal vez por eso podía entender a los animales, sentir sus miedos y sus hambres moviéndose bajo su piel como si fueran propios, tal vez por eso podía sentir que respiraba con ellos, que sufría con ellos…

tal vez… tal vez por eso, sus padres lo mantuvieron encerrado bajo ese jarabe al comienzo de cada dormir…

noche tras noche, adormeciéndolo con una paciencia obstinada.

Para que así nunca descubriera lo que era.

O peor aún.

Lo que no era.

El final llegaba despacio… con una certeza que siempre llega para los que ya dejaron de luchar.

Pero algo inesperado ocurrió.

Porque la Tierra Muerta, siempre guardaba lo impredecible entre sus miles de sombras.

—Ayuda. Escapa.

—¡Huye! ¡Ahora!

—¡Peligro! ¡Vete!

—¡Verdura! ¡Fruta!

Landion giró la cabeza hacia lo que para muchos no habrían sido más que chillidos sin sentido, pero él los entendía…

y entonces vio al grupo de Zancudos surgir por detrás, atravesando unos arbustos secos en una estampida de plumas pardas y patas huesudas, irrumpiendo con el estrépito salvaje de un valiente ejército emplumado, que no necesitaba de ningún permiso para salvarlo.

¡Zancas!… pensó, y tuvo que parpadear dos veces para creer lo que veía, comprendiendo enseguida que si él sentía el sufrimiento de ellos…

también significaba que ellos sufrían por el suyo…

y los pájaros gigantes comenzaron a lanzarse sobre los novivos con una furia desesperada…

para atacarlos con esas largas extremidades, que descendían sin tregua igual que verdaderas picas de guerra…

descargando golpes que resonaban brutales entre la mudez de aquella nada misma, semejantes a mazazos estrellándose contra la carne muerta y los huesos podridos…

y uno de los novivos salió despedido por encima de los arbustos con cada uno de sus miembros amputados, mientras los otros eran empujados perdiendo órganos putrefactos y jirones de piel, arrastrados entre patadas que quebraban lo que quedaba por quebrar, y picotazos que desgarraban lo que quedaba por desgarrar…

obligados así a retroceder paso a paso, hasta desaparecer por completo entre la profundidad de los matorrales…

tragados sin piedad por un telón de ramas oscuras que se agitaba y crujía con la violencia de la lucha.

—Corre. Escapa —insistía aguda y urgente una voz entre algún lugar de los árboles quebradizos… vibrando con la desesperación de quien se negaba a dejar morir a alguien que consideraba uno de los suyos.

Impulsado por esa orden que parecía clavársele directamente en su alma, el joven cartógrafo se levantó dando un salto brusco, y sus piernas entumecidas se llenaron de un vigor inesperado, como si una nueva esperanza le hubiera encendido los huesos apagados…

y en ese instante comprendió que el destino le ofrecía otra salida…

una salida que Zancas y sus compañeros le arrancaron a la mismísima Tierra Muerta…

y junto a esa certeza, nació también una deuda casi sagrada hacia esas criaturas que arriesgaron sus vidas por él, aunque a la vez le ardió una punzada amarga…

al recordar con vergüenza, la forma en que las había mirado con fastidio en la puerta de la Cabaña de Cedro y Pino… casi con desprecio.

Zancas no merecía eso.

Ninguna de ellas se lo merecía.

—¡Gracias! —gritó con toda la fuerza que le permitía la garganta reseca, lanzando la palabra hacia los arbustos que seguían agitándose bajo la violencia de la lucha.

¿Lo habían estado siguiendo todo este tiempo?

Los malditos pájaros gigantes que armaron tremendo escándalo al momento de amarrarlos.

Los que el Capitán había fustigado con el látigo mientras él se limitaba a mirar hacia otro lado.

Los que casi terminó odiando, por hacerlo quedar como un tonto delante de todos.

Ahora…

¡Ahora le salvaban la vida!

¿Zancas… me estuviste cuidando? , pensó a la vez que los ojos se le empañaban de lágrimas… Me entendiste. Siempre me entendiste… y jamás me abandonaste.

Y por primera vez desde que dejó el jarabe… no sintió miedo del poder extraño que vibraba en su sangre.

Porque ya no le parecía una maldición.

Aquella palabra que tanto le aterraba, dejó de sonarle como una condena… ahora le parecía un regalo… y no supo si llorar desconsolado o reír a carcajadas por ello.

Gracias, Zancas… Gracias… de nuevo , repitió en silencio, con los labios apenas moviéndose.

Y por un instante quiso correr hacia su Zancudo para hundir las manos en su plumaje pardo, y aferrarse con una desesperación casi infantil, a esa criatura que había luchado con toda la furia por él…

como quien necesita tocar algo realmente vivo, para convencerse de que no ha sido abandonado en esa oscuridad…

en esa noche enemiga empeñada en devorarlo.

Pero sería una locura hacerlo.

Y lo sabía.

Y eso también le dolió.