Los Dados #2
El cuerpo de Landion salió despedido y rodó por el suelo como una bolsa arrojada con desprecio, sacudido sin tregua por cada piedra que le golpeaba los hombros o que se clavaba profundo en sus costillas…
y por cada rama que se interpuso en su camino arañándole la piel…
hasta llenarlo de un dolor que se multiplicaba antes de que el anterior terminara…
y entonces… en medio del vértigo de la caída con el suelo y el cielo intercambiándose a cada vuelta sin piedad…
el Luminar se le escapó de entre los dedos.
Lo último que sintió antes de detenerse despatarrado sobre las cenizas del camino, fue el frío profundo del Cristal rozando su palma… y luego…
…luego este rodó hasta caer en una grieta a escasos pasos de su cabeza.
Y la luz amarilla comenzó a hundirse en las profundidades.
Eso fue lo último que le dieron los suyos.
Pero ahora también se había ido.
Como Castio.
Como Manor.
Como el Capitán.
La grieta volvió a sumirse en la penumbra, pero aún le arrebató algo más…
porque en ese mismo instante… sin que Landion llegara a advertirlo…
la estatua de Aneara se deslizó en silencio desde su bolsillo, rodando sobre la tierra suelta bajo la oscuridad, y terminando también precipitándose detrás del Cristal…
atraída por aquella herida abierta en el mundo, con la inevitabilidad de aquel anillo dorado… buscando a su verdadero dueño.
No era más que una cicatriz abierta del camino… solo un pozo profundo y oscuro perdido entre las sombras del Bosque Petrificado… pero aun así le había absorbido toda la luz que llevaba consigo.
Landion consiguió ponerse en pie con un esfuerzo torpe y doloroso, y entre punzadas intensas que le golpeaban el costado con golpes secos de martillo, se arrimó hasta el borde de la abertura.
Y allí, frente a aquel abismo que parecía observarlo con una atención muda y hambrienta, tuvo que admitir una verdad incómoda…
de no haber tropezado unos trancos antes, ahora mismo estaría en ese fondo desconocido…
sin más historias que ofrecer al mundo que el eco ausente de una caída demasiado larga, que lo hubiera borrado del mundo de los vivos sin ceremonia alguna.
Sin el espanto de arder en un fuego azul.
Sin el horror de ser devorado por los novivos.
Sino por algo mucho más ridículo…
Por haber quedado olvidado en el fondo de una grieta sin nombre.
Pero no fue así como murió…
Porque la fortuna estuvo esta vez de su lado…
Y lo supo.
La fortuna , se repitió con una ironía amarga, como si esta fuerza caprichosa no hiciera otra cosa que jugar a los dados con su espíritu…
lanzándolos una y otra vez con su vida en la apuesta…
y sin decidir todavía, si concederle un respiro más…
o dejarlo enterrado para siempre, en un fondo sin nombre del que jamás se sabría.
Las rodillas le temblaban.
Tenía que moverse.
Y entonces un escalofrío gélido lo atravesó de lado a lado, hundiéndosele en la columna cuando la negrura comenzó a envolverlo… y en la Tierra Muerta, como siempre se ha sabido… como siempre le han dicho… la oscuridad solo puede significar una cosa.
La muerte.
La eterna muerte en vida.
Un pavor absoluto le apretó el cuello desde dentro, y el grito brotó antes de que pudiera contenerlo.
—¡No, no! ¡No puede ser! ¡Por favor, no! —vociferó al comprender que la luz simplemente huyó de su lado.
Landion parpadeó con frenesí, sacudiendo los párpados intentando expulsar la negrura adherida a sus ojos, que parecía filtrársele por la nariz y la boca, robándole el aire en cada respiración, y entonces…
con la lentitud renuente de algo que despierta contra su voluntad…
las sombras comenzaron a adquirir contornos, mientras sus ojos se habituaban a la penumbra que lo cercaba ansiosa.
Y rápido alzó la vista hacia el cielo oscuro, sembrado completamente de estrellas, buscando las cinco lunas alineadas en aquel eclipse que fecundaba la noche, ensartadas una tras otra en una aguja invisible, y agradeció que las «Sempiternas» permanecieran suspendidas sobre su cabeza como testigos antiguos…
sobre todo la pequeña Ineea, la Luna Blanca…
la que se mantenía siempre delante de todas, siendo apenas una moneda entre unos platos inmensos, y aun así la más brillante de sus hermanas…
porque aunque la claridad que derramaban juntas era tenue, le permitía distinguir las siluetas de esos matorrales secos y de aquellos árboles quebradizos a ambos lados de la senda, que le dibujaban el contorno espectral del camino que debía seguir.
Bajó la mirada… y el silencio denso, ese opresivo, junto con la oscuridad casi total, esa impúdica… se volcaron sobre él de un modo obsceno, envolviéndolo en una angustia que le tironeaba el cuerpo hacia atrás… como si la Tierra Muerta entera hubiera cerrado una mano invisible sobre su espalda.
Aun así, respiró hondo… aferrándose a ese gesto mínimo como a un ancla… pero en lugar del aire limpio que esperaba encontrar, un olor agrio le quemó el pecho por dentro, y le subió hasta los ojos en un ardor áspero que lo hizo lagrimear.
¡Debía salir de allí cuanto antes!
Y sin dejar de parpadear con fuerza para limpiar el ardor, con paso resuelto, rodeó con extremo cuidado la mancha oscura que dormía en el suelo, manteniéndose así lo más lejos posible de esa grieta, que había estado a punto de convertirse en aquella tumba sin nombre…
y luego se lanzó otra vez a la carrera arrastrado por el impulso ciego de huir, mientras seguía lo poco que sus ojos conseguían descifrar del camino inseguro que se abría delante de él.
Su pecho amenazaba con estallar.
¡Pero el miedo…!
¡El miedo le estrujaba cada hueso, y lo empujaba hacia adelante con más fuerza que el viento!
No tenía forma de calcular cuánto le faltaba para llegar, ni cuántos latidos aún le quedaban, antes de que la cálida luz del sol acudiera a protegerlo.
Y la penumbra lo traicionaba a cada paso, haciéndolo tropezar con piedras que parecían surgir de la nada, con ramas bajas que se aferraban a sus tobillos como dedos tercos, y con troncos caídos, que sin piedad semejaban extender brazos para arrastrarlo hacia el suelo…
pozos de toda clase le robaban el equilibrio, pero conseguía librarse del enredo braceando con desesperación y concentrando cada uno de sus músculos en no volver a caer…
porque sabía con la certeza tan fría de una hoja de cuchillo apoyada contra la garganta, que no disfrutaría de la misma fortuna una segunda vez…
sí… de esa fortuna caprichosa que parecía entretenerse jugando a los dados con su vida.
Respirar se volvió un castigo, y la esperanza comenzó a astillársele en fragmentos cada vez más pequeños… y el esfuerzo de cada tranco dado, de cada tropiezo evitado por poco … le acalambraba los músculos.
La vista comenzó a nublársele.
Los brazos empezaron a dolerle.
Y agotado… el cuerpo tomó la decisión que él se negaba a aceptar, y comenzó a detenerse…
Despacio.
Muy despacio.
Haciendo cada paso más corto que el anterior.
Cada aliento más difícil de arrancar a sus pulmones.
Hasta que las piernas cedieron y las rodillas se doblaron en mitad del camino… aceptando por fin una derrota, que venía avanzando hacia él desde mucho antes.
Y así la tierra lo recibió, rodeado de una negrura cerrada…
Pero esta vez no de silencio…
Porque se sintió el crujir de unos matorrales secos que sin eco, primero aparecieron por la izquierda…
luego por la derecha… después desde algún punto por encima de él…
e incluso de manera inquietante, desde el suelo mismo…
y emergieron acompañados por unos bufidos toscos, que le estremecieron cada pelo de la nuca, y que poco a poco comenzaron a cerrarse por todo su alrededor…
¡incluso hasta por debajo de sus pies!… con la lentitud hambrienta, de una criatura consciente de que su presa no tenía adónde escapar.
De un modo u otro los bufidos comenzaron a distinguirse más cercanos… casi ya dentro de su propio pecho… y Landion solo permanecía arrodillado… temblando bajo el peso del pánico y con el sudor helándole esa piel ya sin fuerzas.
Sin fuerzas siquiera para gritar.
Fue allí que se oyó un aullido… sí… el mismo…
exactamente aquel que escucharon cuando avanzaban hacia la Cabaña de Cedro y Pino, y esta vez no importó que no hubiera ecos ni que los sonidos mintieran por ello, porque sonó espantoso y desgarró la noche con una crudeza desnuda, que pareció extenderse más allá de las lejanas colinas…
y gracias a la claridad que derramaba esa línea de cinco lunas, pudo ver cómo por delante del camino, brotaban de entre los árboles quebradizos cuatro novivos que avanzaban en dirección a él…
emergiendo uno a uno… expulsados por la espesura enferma del Bosque Petrificado.
Landion había visto cuerpos mutilados y ennegrecidos de esas criaturas en el Castillo del Anillo, ya que nada salvo el fuego conseguía matar de verdad a un novivo.
Aunque estos…
Sin duda, estos eran más espeluznantes que aquellos.
—¿Lobos novivos? —se preguntó, aguzando la vista mientras intentaba reconocerlos.
Pero resultaba difícil asegurarlo, no solo porque las lunas apenas derramaban su luz fragmentada, sino porque las criaturas parecían haber sido torcidas más allá de toda forma animal… por una voluntad que no pertenecía al mundo de los vivos.
Ya no tenían pelaje… solo una carne pegajosa y putrefacta que los envolvía a medias, y aquí y allá, les brotaban tumores repugnantes que supuraban una secreción amarillenta, descendiendo en hilos viscosos por aquella piel enferma…
las orejas colgaban blandas sobre la flacura extrema de las mandíbulas, y en las hendiduras hundidas de los ojos, se agitaban unos globos oculares lechosos y opacos, que por momentos parecían confundirse con la muerte misma…
a la vez que se replegaban hacia el fondo de un cráneo, que parecía a punto de quebrarse en cada movimiento.