Los Dados
La Tierra Muerta
Tierra Muerta
…nosotros estaremos aquí.
Las palabras del Demonio del Cielo perseguían a Landion mientras corría, adheridas a su espalda como una sombra obstinada que se negaba a desprenderse, y lo empujaban hacia adelante con una fuerza que jamás sospechó que poseía…
una energía que no nacía del simple deseo de seguir en pie, una urgencia más antigua incrustada en los huesos…
y que reclamaba ahora su lugar en la sangre.
¡El instinto de los que cargan algo más grande que ellos mismos!
Entonces corrió sin detenerse, con unas zancadas dictadas por algo más hondo que la voluntad consciente… como si el peso de los que ya no estaban lo empujara desde atrás… susurrándole al oído:
«Corre, Landion. Corre antes de que te alcance el fuego.»
Y durante un largo tiempo siguió corriendo sin mirar atrás, hasta que el mundo entero se redujo a ese movimiento incesante… a esa huida prolongada que terminó por adquirir la densidad de una vida completa que buscaba desesperadamente escapar de otra.
La oscuridad reinaba más allá del círculo de luz del Luminar, que sostenía en la mano con los dedos entumecidos…
pero aun así lo tranquilizaba saber que la ruta seguía orientándose hacia el noroeste…
hacia esa dirección repetida hasta el cansancio en el Anillo, por voces gastadas por el viento y la guardia interminable:
«En el noroeste, encontrarás la salvación.»
Así que hacia ese amparo prometido avanzaba a toda velocidad, esquivando pozos traicioneros, unos cuantos troncos caídos enterrados a medias, y otras tantas raíces retorcidas, que asomaban del suelo igual que garras resueltas a aferrarlo en cada tranco nervioso…
y se movía a través de un terreno que se volvía más hostil con cada paso, y donde la tierra misma parecía conspirar contra él, soltando piedras bajo sus pies, para quebrarle el ritmo y arrancarle el equilibrio…
en una clara invitación a morder el polvo.
Y aun con el cuerpo tambaleando en busca del escurridizo equilibrio, a Landion lo traicionó un alivio del que aun así no lograba separar el terror… de que los Demonios del Cielo… simplemente… no habían querido dañarlo.
Eso fue en efecto lo que le dijeron… junto con otras revelaciones que todavía no conseguía ordenar…
pero no solo porque aquellas palabras le astillaban por dentro todo lo que creía saber…
sino porque el dolor que le cerraba el pecho le asfixiaba cualquier intento de comprensión, dejándole apenas la certeza primaria de seguir avanzando.
Porque… ¿cómo habría podido entender algo en aquel instante?
, ¿y quién podría juzgarlo con justicia?
… pues… ¿quién habría conservado la mismísima cordura, después de ver arder a sus amigos frente a sus propios ojos?
¿y quién no se habría quebrado al descubrir que el amor de sus padres…
podría tener el sabor espeso de una jaula?
Y en ese momento, entre el golpeteo desesperado de sus botas contra la tierra polvorienta, le regresó el recuerdo del Capitán con su mirada de acero, y aquella mandíbula apretada sobre todo lo que jamás pudo llorar…
para luego emerger en sus ojos la imagen del corpulento Castio, con ese brazo extendido hacia el noroeste, ofreciendo sin palabras lo único que podía dar…
y después apareció el veterano Manor… quien murió con la mano cerrada sobre un mechón de cabello que nunca llegó a crecer, y que se había refugiado en las legiones después de perder a su beba al nacer.
Entonces volvió a verlos consumirse en aquella devastación azul que se abría dentro de su mente, y el recuerdo del olor espeso de la carne quemada le invadió la garganta, en la forma de un ácido insoportable que lo obligó a tragar en seco…
mientras sentía que algo dentro de él se retorcía atrapado en una jaula…
buscando escapar de aquel recuerdo, igual que su cuerpo intentaba escapar de la noche.
El Demonio del Cielo gritó al final que lo esperarían, que no deseaban matarlo…
pero Landion solo podía pensar que lo habían dejado marchar, porque ni siquiera merecía el gesto de un remate…
porque era apenas un don nadie, un legionario aún crudo, un condenado en vida destinado a terminar, tarde o temprano convertido en una de las calamidades que vagan eternas por la Tierra Muerta…
arrastrándose entre ruinas y páramos sin propósito alguno, sin memoria alguna, y lo peor de todo…
sin su propia alma en algún lado recordando quién había sido.
Pero en ese momento su mente no tenía espacio para otro miedo…
claro que no porque hubiera dejado de temerle a los novivos…
sino porque en sus recuerdos, seguían ardiendo sus amigos en una repetición implacable que no le concedía descanso, y junto a esas llamas crecía un tamborileo punzante que le horadaba el cráneo, con la terca insistencia de una cigarra encerrada entre los huesos.
Era un zumbido que no se apagaba.
Que no se callaba.
Que no se iba.
Era la voz del Demonio del Cielo.
Aquella voz áspera y metálica, con el timbre del hierro oxidado raspando la piedra húmeda… hablándole desde la profundidad de una caverna, donde el aire permanecía inmóvil desde el olvido mismo.
¡Ven conmigo!
Tu sangre es la misma que corre en mí…
Eres uno de nosotros.
¡No eres un Nender!
El jarabe no era medicina…
¡NO ERES UN NENDER!
De pronto algo en su mente se detuvo, aunque no lo hizo con un estruendo… sino con la quietud súbita de engranajes encajando en un equilibrio frágil.
¿Y si era cierto?
¿Y si todo lo que le habían enseñado sobre los Demonios del Cielo… no era más que una mentira repetida durante generaciones enteras, que había terminado adoptando el aspecto de una verdad?
¿Y si los Dioses del Cielo eran en realidad los verdaderos monstruos?
No.
No podía pensar así.
Eso era traición.
Pero la duda ya había sido plantada, y Landion supo que no podría arrancar las raíces de esa verdad dicha hasta el cansancio, sin desgarrarse por completo por dentro…
y comprendió también que una parte de él que no se atrevía a nombrar quería averiguar la verdad…
quería observar aquella grieta oscura que apareció por delante, deseando saber realmente qué se ocultaba del otro lado…
aunque ahora no era el momento… no de este modo…
no con los muertos negándose a apagarse detrás de sus párpados, cada vez que cerraba los ojos.
—¡Por supuesto que soy un Nender! —bramó Landion con rabia, intentando acallar los fantasmas que le roían la mente, y sin medir el riesgo de quebrar el silencio precario que hasta entonces lo había mantenido invisible.
Pero incluso mientras lo decía… temblaba en su pecho una vibración traicionera que no obedecía a su voluntad.
¿Y si el Demonio no mentía sobre el jarabe?
No.
Sus padres lo amaban.
Lo protegían…
¿Verdad?
—¡Sí! —gritó con una vehemencia que rozaba la locura, y el alarido lo arrancó del torbellino de vértigo que amenazaba con engullirlo, hasta sobresaltarlo…
y en esta distracción golpeó un tronco con la pierna y trastabilló…
por poco soltando el Luminar, que se balanceó de forma peligrosa dentro de su mano sudorosa.
—¡Debo tener más cuidado! —se ordenó con enojo, golpeándose el pecho varias veces con la mano vacía… igual que un legionario intentando devolver disciplina, a un corazón que había comenzado a desobedecerle.
Hablas con los animales…
Las palabras volvieron a desbocársele por dentro como una bestia aterrada, que hubiera encontrado la jaula abierta en mitad de la noche… con esa voz áspera y metálica que seguía viva en su cabeza, convirtiendo cada sílaba en una astilla ardiente que se le clavaba al ritmo del corazón.
Landion quiso gritar otra vez, sacudido por una furia que le martilleaba las sienes…
aunque logró contener el arrebato insensato que ya una vez se le había escapado, porque alzarse así una primera vez era el descuido imperdonable de un novato…
pero repetirlo ya no sería una torpeza nacida del miedo…
sino sencillamente una invitación abierta a la muerte.
Hablas con los animales…
Insistía la voz áspera y metálica, ya no sonando a un simple recuerdo…
sino a la presencia incómoda de algo vivo…
como si el Demonio del Cielo hubiera cruzado una puerta invisible y caminara ahora por los corredores de su mente…
marcando territorio allí donde la duda había comenzado a extender sus raíces.
¡Basta! ¡Basta! ¡No es posible que sepan esto! , rugía para sí mientras saltaba un ancho tronco caído.
¡Es un secreto! ¡Nunca se lo he dicho a nadie! , se repitió, aferrándose a esta certeza, igual que quien cierra el puño sobre la única flecha que le queda.
Porque el temor verdadero no era únicamente esa muerte segura en la hoguera, con el olor a carne quemada flotando…
sino la certeza monstruosa de que los Custodios de la Fe lo arrastrarían hasta el Carromato del Juicio, mientras la turba enloquecida se cerraría a su alrededor, coreando hasta rompérseles las gargantas…
¡Bestial!, ¡Bestial!… y sus oídos quedarían sangrando, de tanto oír esos gritos clavándose en los huesos…
y después lo encerrarían de por vida en el Asilo Blanco, en aquel manicomio de muerte, que como un cadáver se levantaba a los pies de la Montaña Helada, donde los Bestiales desaparecían sin dejar rastro, entre pasillos húmedos y celdas sin ventanas, sometidos a purgas que los Sacerdotes llamaban Curas de la Sangre…
y que eran realizadas con manos que sabían exactamente dónde clavar el sufrimiento en un cuerpo, antes de quebrarlo hasta convertirlo en un despojo de lo que fue…
y donde el silencio que escapaba de allí resultaba peor que cualquier grito…
porque un grito todavía dice que alguien sigue vivo para gritarlo…
mientras los locos aullaban que el mundo se encontraba… once veces puesto del revés.
Hablas con…