Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Fuego azul #7
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Fuego azul #7

Un estruendo metálico seco… demasiado seco…

acompañado del sonido de algo que no debería haber rebotado…

rebotando humillantemente… y la hoja salió despedida sin dejar marca…

sin arrancar una reacción… sin lograr siquiera que la criatura parpadeara…

si es que podía hacerlo debajo de esos ojos rojos del infierno…

porque para ese ser el impacto del metal había sido menos que nada…

había sido apenas el roce insignificante de un insecto…

y mientras la hoja salía despedida, la cercanía que los separaba pareció volverse todavía más monstruosa.

La espada giró y giró igual que un juguete de madera, cargando una deshonra que pesaba más que el propio acero…

y fue a clavarse en la tierra reseca a unos pasos de Landion, con un golpe tosco y sin gloria…

quedando allí erguida con la hoja vibrando largamente…

más de lo que debería… como si el acero tuviera más voluntad que su dueño…

o como si simplemente se negara a admitir lo que Landion ya entendía.

—No soy lo que eres —logró decir entre jadeos… y con lágrimas ardiéndole por las mejillas, sin que pudiera hacer nada por evitarlas—. No soy… No soy lo que eres… —repitió, como si decirlo varias veces lo hiciera más verdad.

El temblor de la espada persistió por un momento más, prolongando la humillación de aquella embestida fallida, y los ojos rojos la observaron clavada en el suelo con una fijación inquietante…

sin prisa… sin burla visible… con algo peor que ambas cosas: una paciencia que no necesitaba victorias, porque nunca había considerado otra posibilidad…

y cuando por fin la hoja quedó inmóvil… aquellos ojos abandonaron todo intento de ocultar la furia, y ardieron hasta volverse insoportables de mirar.

Incluso los matorrales secos y los árboles quebradizos del borde del camino, se fueron tiñendo de rojo, a medida que el brillo aumentaba… retorciendo sus sombras sobre la tierra, cual espectros deformados por una luz que no pertenecía a ningún amanecer conocido.

Landion cerró los ojos y los apretó con fuerza, preparándose para el ardor del Fuego Azul.

Pero la muerte no llegó.

Y cuando volvió a abrirlos, la criatura seguía allí…

exactamente igual que antes… inmóvil como una inmensa escultura de piedra negra…

con sus brazos bajos… no elevados para predecir un ataque…

sino bien bajos… y sin un solo gesto que delatara que algo de lo ocurrido hubiera merecido siquiera avanzar un paso…

no hubo llamas azules que lo consumieran, ni de ningún otro color…

no hubo estallido que lo partiera… y no descendió sobre su cabeza la aniquilación que había visto caer sobre los otros.

Solo permanecían esos ojos rojos… que abandonaron la espada clavada en la tierra, para fijarse en él con una atención asfixiante… y entonces:

—Si quisiera matarte… —la voz áspera y metálica, sonó peligrosa y contenida a la vez, igual que una hoja que aún no abandona la vaina—. Ya estarías ardiendo junto a tus amigos.

Luego de hablar… el Demonio del Cielo guardó silencio un instante y volvió otra vez la mirada hacia la espada… quizá aún evaluando aquella reacción desesperada… esa agilidad inesperada de un muchacho que sin duda prefería morir antes que escuchar… y continuó sin mirarlo:

—Pero no vine a terminar contigo, Landion. Vine a mostrarte quién eres realmente.

El joven cartógrafo sentía el temblor latiéndole en las sienes, pero aprovechó ese instante en que los ojos rojos se distrajeron en otro lado…

y esa mínima grieta en la atención de la criatura, le fue suficiente para echar a correr con unas piernas que apenas le respondían…

mientras iluminaba apenas el camino, con el Luminar que aún sostenía entre los dedos empapados de sudor, y convencido de que esta vez el Fuego Azul sí lo alcanzaría por la espalda…

tal como alcanzaba a los condenados cuando creían haber escapado.

Pero solo sentía el viento golpeándole el rostro, junto con el latido desbocado en los oídos, hasta que poco a poco un olor agrio comenzó a infiltrarse en el aire…

llegando desde algún lugar imposible de precisar…

y pareciendo el aliento de una podredumbre inmensa que lo rodeaba por todas partes, y que la noche había mantenido oculta hasta entonces, bajo el manto engañoso de sus sombras.

Y a pesar de la palpable oscuridad que Landion ya había dejado atrás…

la voz áspera y metálica del Demonio del Cielo resonó una última vez…

aunque no se escuchó cargada de aquella furia abrasadora, que había teñido de rojo los árboles quebradizos y los matorrales secos…

sino que ahora arrastraba un cansancio antiguo…

una fatiga que parecía acumulada durante más tiempo del que cualquier ser debía existir en este mundo…

un mundo ajeno del que le resultaba imposible escapar…

y entre esas palabras incluso pareció deslizarse algo parecido a la tristeza:

—Cuando estés listo para la verdad, Landion… nosotros estaremos aquí.

Pero el joven cartógrafo no tenía oídos para una verdad proveniente de esa boca, y forzó las piernas hasta correr más rápido de lo que jamás se creyó capaz…

intentando dejar atrás ese horror, con los pulmones rasgándole el pecho y el corazón golpeándole las costillas como si intentara abrirse paso hacia el exterior.

Y se negó a mirar atrás…

Se negó a concederle forma a aquello que ahora lo perseguía entre las sombras del camino…

Y sobre todo… se negó a aceptar lo que ese monstruo había dicho que era.