Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Fuego azul #6
18%

Fuego azul #6

Entonces algo se quebró dentro del joven cartógrafo…

y no fue valor lo que emergió de esa fractura…

sino una rabia nacida del terror absoluto…

una furia desesperada, a la que se aferró con la urgencia de un ciego que encuentra claridad…

aunque esa claridad terminara siendo fuego…

y gritó con una voz que terminó oyéndola extraña, más grave que lo habitual…

como si su garganta recordara un tiempo muy muy lejano… y sonaba más… ¿más áspera?:

—¿Y qué soy? ¿Qué soy? ¡Maldito Demonio! ¡Dímelo de una vez!

La criatura alzó una mano enguantada y se tocó el pecho con un movimiento lento.

Y después apuntó a Landion, igual que si completara una ecuación.

—¿Qué ocultaban tus padres al castrarte cada noche? —extendió aún más la mano hacia él—. Tu sangre es la misma que corre en mí.

Volvió a señalarse el pecho con decisión y avanzó un paso más… quedando demasiado cerca.

—El jarabe no era medicina, Landion —hizo una pausa que cayó sobre el claro como una guadaña—. Era una jaula.

El joven cartógrafo sintió una piedra caerle al estómago.

Porque recordó el sabor espeso de las fresas.

La botella de vidrio.

Las manos de su madre con la cuchara colmada.

Las manos de su padre con la cuchara aún más colmada.

Esas noches de infancia en Gevas.

Y por primera vez, aquellos recuerdos dejaron de parecer refugios.

Y también por primera vez, notó que el pecho del Demonio del Cielo no subía… ni bajaba.

Como si no necesitara aire.

O como si el aire mismo rehusara entrar en ese cuerpo blasfemo.

—¿Y qué crees que despertó? —la criatura enderezó la cabeza, fijándolo con esa mirada que no parpadeaba.

Landion escuchaba con dos miedos distintos, arrastrándole la razón hacia el abismo…

Por un lado estaba el terror tangible a ese Demonio del Cielo, detenido a apenas un aliento de distancia… y por el otro… uno mucho peor… más hondo… más corrosivo… y era el pavor a las palabras mismas… a lo que estaban a punto de revelar… porque esta vez no habría cuchara colmada que lo evitara.

—Eres uno de nosotros, Landion. Siempre lo fuiste.

La voz áspera y metálica retumbó en cada rincón de la Tierra Muerta… atravesando el humo… las cenizas del Evento y la noche más noche que en ningún lado… y así siguió retumbando… y siguió y siguió, incluso después de que el silencio volvió… incluso en esa Tierra Muerta sin ecos.

Y Landion retrocedió de golpe… para trastabillar, cayendo duramente de espaldas sobre el camino, y una nube de polvo se levantó alrededor de su cuerpo, cubriéndole el rostro… y por un instante, agradeció no tener que ver nada.

Sin más recordó la voz de su padre, llena de cotidianeidad… «Toma tu jarabe, hijo.»

Pero esto… ¿era todo mentira?

Todo… ¿falso?

Y si es así… ¿quién soy?

¿Quién tiene la…?

—¡Auuu!

Se escuchó seguido de un dolor intenso que atravesó la espalda del joven cartógrafo, y le arrancó la exclamación antes de poder contenerla.

Es que había caído sobre una piedra y se le había incrustado en las costillas…

sí… una pequeña piedra de forma triangular extremadamente dura…

dura hasta la crueldad… y justo allí donde su cuerpo fue a dar de espaldas…

en una de esas burlas absurdas, con las que la fortuna caprichosa parecía adornar los momentos más devastadores de esta historia.

Aunque el verdadero dolor de Landion era otro.

Era algo que no dolía como duele el cuerpo…

Era algo mucho más profundo que cualquier dolor causado por una piedra…por más puntuda que sea.

Era algo que no tenía una forma definida… pero pesaba más que una cruel condena.

Pues si era uno de ellos…

Entonces hablar con animales no era un don divino.

Menos aún una enfermedad que pudiera curarse con jarabes…

¿Entonces qué era ser un Bestial?

¿Un monstruo?

¿O algo peor?

Un Demo…

—No… Mis padres nunca… —susurró, con la voz hecha jirones—. Ellos no… Ellos no me habrían…

Las palabras se sofocaron antes de tomar forma.

Porque el jarabe era real.

Había tenido sabor… en esa densidad dulzona que tardaba en desaparecer de la lengua.

Había tenido una rutina inquebrantable… en esas noches repetidas bajo la mirada vigilante de sus padres.

Pero… y si lo que dijo la criatura era cierto.

¡No!

No podía serlo.

¡NO PODÍA!

Y por el primer instante de una larga disociación, Landion se sintió lejos de sí mismo…

elevado muchos pasos, por encima de ese cuerpo tendido de espaldas sobre el suelo seco de la Tierra Muerta…

y desde aquella altura, vio sus propias manos…

una con el Luminar y la otra con la espada aún aferrada con ahínco…

vio esa capa de polvo cubriéndole el lóbrego Uniforme de Incursión…

vio también al Demonio del Cielo manteniéndose inmóvil a pocos pasos…

sin embargo, ninguna de esas cosas le pareció suya…

y sintió que esa alma tendida en el suelo podría haber sido cualquiera menos él…

incluso, por un instante que sería el segundo, deseó que así fuera…

que ese muchacho en el suelo perteneciera a otra historia…

a otro nombre… a otro jarabe derramado en otra infancia…

y por un instante final, consideró no volver…

quedarse allá bien arriba… lejos de todo lo que ese cuerpo tendido acababa de descubrir bajo una noche tan ajena…

y pensó que sería más fácil no regresar.

Pero debía volver…

Entonces el horror irrumpió sin aviso… cerrándole las venas y extrayéndole todo el aire.

—¡Soy un Nender! ¡Soy de Gevas! ¡NO! —gritó con la garganta al borde del desgarro—. ¡JAMÁS! ¡JAMÁS SERÉ UN MALDITO DEMONIO!

El cuero del mango de la espada, le ardía por el sudor húmedo de los dedos.

Y de pronto se puso de pie… no con elegancia…

no con el aplomo de un Legionario Imperial…

sino con la torpeza desesperada de alguien que actúa antes de que el miedo lo detenga…

y así arrojó la espada con toda la rabia acumulada de esa revelación…

de ese jarabe… de esos padres con la cuchara colmada…

y el metal voló con su punta recta y hambrienta, y por un respiro…

solo un respiro… pareció que todo era posible y que la filosa hoja encontraría su destino, convirtiendo a Landion en el primero en matar a un Demonio del Cielo.

Fue el último intento de un legionario…

El último gesto de rebeldía de un muchacho cuya vida entera fue levantada bajo plegarias nocturnas a los Dioses… latiendo bajo honorables juramentos en las legiones… y colmado de unas certezas que acababan de hacerse añicos.

Fue el fruto de la voluntad desesperada de no morir de rodillas, ante aquello que llegó a profanarle incluso algo tan valioso como su nombre.

Pero el impacto fue una burla.