Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Fuego azul #5
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Fuego azul #5

—Ven conmigo —la voz era áspera y metálica, y sonaba antigua, como si sacara palabras del tiempo mismo en lugar de pronunciarlas, y no poseía el bramido salvaje de una bestia ni el crepitar voraz de una llama ardiente, y fue precisamente esa ausencia de furia lo que descolocó al joven cartógrafo…

porque en ese timbre percibió algo erosionado…

un cansancio antiguo, que no armonizaba con la figura erguida del verdugo que tenía delante—.

No voy a hacerte daño —añadió la criatura.

Pero los demonios no hablaban…

Eso lo sabía desde niño.

Los Sacerdotes nunca habían mencionado que pudieran hablar.

Y clavado donde estaba, Landion entendió a la perfección esas palabras…

porque salieron en su lengua… ¡en su propia lengua!

… y el simple hecho de comprender cada sílaba, lo sacudió más que cualquier amenaza, y se cubrió los oídos con una violencia torpe, apretando con brusquedad los dedos contra el cráneo, como si pudiera aplastar el sonido antes de que terminara de entrar…

y así poder negar también la posibilidad absurda de que aquel horror siquiera hablara.

El corazón le desgarraba el pecho desde adentro, golpeando contra las costillas igual que algo enjaulado… y cada latido le retumbaba en la cabeza, transformándole el cráneo en una bóveda cerrada, donde el estruendo rebotaba sin encontrar fisura alguna por la que escapar.

—Ven conmigo —insistió el Demonio del Cielo.

El joven cartógrafo retrocedió temblando un largo paso, sin siquiera proponérselo…

pues hasta hacía apenas un instante, se había sentido inmóvil como una estatua de sal…

buscando que la distancia lograra apartar el peso insoportable de aquellas palabras…

hasta que logró gritar, con la voz quebrada por una desesperación que le raspaba la garganta:

—¡Acabas de matarlos! ¡Los quemaste vivos!

—Ellos… —la criatura señaló hacia los lejanos montículos de un azulado polvo extraño, que continuaban humeando en la tierra ennegrecida—. No eran tus semejantes.

Los ojos rojos se hundieron en el joven cartógrafo, y la voz áspera y metálica comenzó a vibrarle dentro de su cuerpo más que en sus oídos…

descendiendo hasta aquel lugar vulnerable del vientre, donde el miedo echa raíces y aprende a quedarse…

y la sensación le resultó todavía más perturbadora…

porque las palabras parecían hablarle desde un sitio demasiado íntimo…

demasiado cercano a sus propios pensamientos, como para pertenecer a algo que debía ser tan ajeno.

—¡No me hables! —exclamó Landion, apretando los dientes con una furia espantada—. ¡No quiero oírte!

—¿Por qué? —el Demonio del Cielo inclinó ligeramente la cabeza en un gesto casi reflexivo, hasta podría decirse curioso, que desentonaba de manera grotesca con la devastación que lo rodeaba—.

Tus oídos no sangran. Tus ojos no arden —guardó silencio un instante, observándolo con una atención imposible de interpretar, y cuando volvió a hablar…

un matiz casi burlón se deslizó en la voz—.

Tampoco tus huesos salieron expulsados por tu boca —lo examinó un momento más—.

Porque lo que te contaron sobre nosotros, se fabricó para que nadie haga preguntas.

—¡Cállate! ¡No intentes confundirme! —rugió el joven cartógrafo, sin poder tolerar que la criatura se burlara de cada sufrimiento que los Sacerdotes juraban como verdad—. Eres… ¡eres un Demonio! ¡Eso que mata! ¡Un monstruo!

El aire se comprimió como si algo invisible hubiera cerrado el puño… justo antes de que los ojos rojos ardieran con una intensidad renovada, convertidos en dos brasas vivas que no parpadeaban.

—¡No vuelvas a llamarme eso!

La voz áspera y metálica se desgarró de pronto, cargada de una rabia que quemaba y de algo más viejo y más roto en ese oscuro interior… que permaneció demasiado tiempo pudriéndose bajo la superficie, hasta endurecerla en un resentimiento puro:

—No somos demonios —se escuchó tan bajo que casi no era voz… y después, siguió el peso de la resignación—. Pero nos convirtieron en algo peor.

Y con una lentitud pesada avanzó un poco… haciendo que el suelo se volviera plomo bajo los pies de Landion… porque su cuerpo comprendió que moverse, podía equivaler a condenar la propia vida.

Luego… el Demonio del Cielo realizó otro avance y sin más se detuvo.

Haciendo que este segundo paso fuera peor que el primero para Landion… pero no por la velocidad… sino precisamente por la calma con que lo dio.

La criatura se quedó inmóvil… erguida en medio de la noche, igual que quien no necesita apurarse porque el resultado ya está decidido… y el silencio se prolongó, hasta que las palabras brotaron afiladas… impregnadas de un veneno que no necesitaba saliva para quemar:

—¿Quién te enseñó a temernos? —los ojos rojos ardieron con mayor intensidad—. ¿Los Sacerdotes y sus amados Dioses del Cielo?

El nombre emergió cargado de repulsión, y cada sílaba pareció quemarle en la boca al pronunciarla, como si la memoria misma, le hubiera dejado heridas abiertas que todavía supuraban al contacto del recuerdo.

—Tus Dioses nos traicionaron. Y ahora te usan para nombrarnos… —el resplandor rojo se intensificó hasta volverse casi insoportable de sostener la mirada—. ¿Demonios?

¡Mentira! , intentó aullar algo dentro de Landion, y no supo si era convicción… o simplemente el miedo disfrazado de esa fe desesperada, de quien se sostiene con los dedos ensangrentados de una raíz suspendida sobre un abismo.

Y sin aviso alguno, sintió el aire enfriarse a su alrededor hasta dolerle en los pulmones… entonces esta voz… visceralmente áspera y perturbadoramente metálica… descendió sobre él, con una frialdad que le penetró en los huesos:

—No sabes lo que somos —la criatura se inclinó hacia adelante, proyectando su larga sombra sobre las piernas del muchacho como una sentencia—. Peor aún. No sabes lo que eres tú.

¿Qué soy, maldito Demonio? , quiso gritar el joven cartógrafo, pero el sonido murió antes de llegar a la boca… cuando ese ser pronunció lo impensable:

—Landion.

¡Su nombre!

El Demonio del Cielo apagó de golpe el fulgor de sus ojos rojos, reduciéndolos a un brillo tenue…

y el muchacho se quedó más inmóvil que antes, porque el cuerpo no supo cómo procesar una invasión semejante…

una violación tan íntima de aquello que era suyo, surgiendo de esa boca demencial…

que sintió cada trozo de su piel atravesado por una descarga devastadora, que le recorrió la columna de abajo hacia arriba…

como si algo que permanecía dormido, acabara de removerse en aquellas profundidades de su ser…

dejando de pertenecerle únicamente a él.

—¿Cómo… cómo sabes mi nombre? —balbuceó.

Toda su preparación como legionario se evaporó en un instante… y lo que quedó fue solo un muchacho desnudo, con la tráquea cerrándosele lentamente por una mano cruel que apretaba… pero que ni siquiera existía.

¡Un Demonio del Cielo acababa de llamarlo por su nombre!

No le dijo, «muchacho».

Ni «legionario».

Menos aún «cartógrafo».

Sino que lo nombró con la precisión de quien reconoce lo que le pertenece por derecho propio… y que lo ha vigilado demasiado tiempo desde las sombras.

Y el entenderlo, le heló la sangre más que cualquier Fuego Azul que hubiera visto arder.

—Llevamos observándote desde que llegaste al Anillo, Landion —respondió la criatura, con la calma de quien confirma algo que lleva tiempo siendo verdad—. Sabemos lo que puedes hacer.

El joven cartógrafo lo miró conmocionado.

Y los contornos del mundo comenzaron a desdibujarse a su alrededor.

Las líneas del camino… la de los árboles quebradizos… y las del horizonte bajo aquel cielo nocturno… perdieron firmeza, difuminándose poco a poco en una bruma incierta, mientras la realidad misma, parecía ceder bajo el peso insoportable de aquella revelación.

¿Qué sabían?

O peor aún.

¿Cuánto sabían?

Entonces, el Demonio del Cielo pronunció esas palabras que ni siquiera deberían haber existido:

—Hablas con los animales.

A Landion el aire se le quedó inmóvil en el pecho… desobedeciendo el ardor de sus pulmones.

—¿Cómo…? —su voz fue apenas un hilo que tembló antes de romperse—. ¿Cómo pueden saber eso?

¡Este monstruo sabía su secreto!

¿Por cuánto tiempo lo vigilaron?

¿Oyeron cada conversación con Zancas?

¿Cada susurro dirigido a los animales en el Anillo?

¿Estuvieron siempre ocultos entre las sombras?

Simplemente… ¿mirándolo?

El miedo le brotó sin contención… porque comprendió que había estado expuesto a una mirada que jamás detectó…

y una humedad densa se le arrastró bajo la piel hasta los mismísimos nervios, con esa punzada precisa que nace cuando un ser que abraza la muerte y pronuncia en voz alta, la verdad más íntima que uno posee.

El Demonio del Cielo señaló otra vez hacia donde los legionarios eran solo montículos… y su voz áspera y metálica rasgó el aire:

—Esas cenizas son de Nender. No de tu sangre —comenzó con una calma envenenada—. Cenizas habrían sido también de ser Numians. No creas que esa supuesta Sangre Pura los habría salvado.

Agitó con brusquedad la cabeza cubierta por aquella capucha… o aquel casco… ¡o lo que fuese!

—Y de esos nauseabundos animales, qué decir —continuó, cargándose de un rencor arcaico— ¡Los Nurus son los culpables de todo! ¡Bestias inmundas que nos profanaron!

Explotó el grito de la criatura… como si ese nombre en particular tocara una herida que no había cerrado nunca… y golpeó un puño contra el otro… produciendo un sonido hueco que no era del todo carne ni del todo metal… sino una mezcla imposible de ambas cosas.

Landion retrocedió un paso.

Luego otro.

Y todo sin apartar los ojos de aquel resplandor rojizo, que palpitaba al ritmo de una furia que había vuelto a encerrarse por dentro… mientras escuchaba atónito:

—La sangre que tienes no miente. Por eso los oyes. Por eso nosotros los oímos también —concluyó, con el filo irrevocable de una sentencia.