Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Fuego azul #4
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Fuego azul #4

Pues el corpulento Castio… el hombre callado, que insistió en darle su cantimplora… esa que quedó abandonada junto a la suya en ese distante lecho de paja…

Fue el primero en dejarlo.

Después Manor… aquel padre de voz apagada que había entonado una canción triste bajo vigas de cedro, y que guardaba un mechón del cabello de su hija muerta pegado al corazón…

Fue el segundo en abandonarlo.

Y al final el Capitán… quien lo regañó con el látigo, el que le dijo «muchacho inútil», el que momentos antes le mostró la pequeña estatua tallada por su hijo… ese niño que decía que era un Capitán de Juguetes.

Fue el tercero en… en morir.

Por eso Landion sintió que algo se rompía dentro de él, pero no fue por ese miedo que te obliga a huir… sino por una fractura mucho peor.

La comprensión insoportable de que aquellos hombres habían muerto, mientras él continuaba allí… respirando el mismo aire que acababa de abandonarlos.

¿Por qué sobreviví solo yo? ¿Por qué no ellos? , se preguntó con un hilo de voz, que apenas logró llegar a sus propios oídos.

Sabiendo además que no hizo nada para conseguirlo.

Tan solo se hallaba vivo porque corrió cuando lo empujaron, y luego… luego solo se quedó mirando…

Como un cobarde.

¡Corre, corre!, le gritaba ahora esa misma cobardía, desesperada por huir de ese horror que se llevó demasiado y que aún parecía hambriento.

El hedor a carne quemada se había espesado hasta volverse una capa tibia que se pegaba a la lengua…

y sobre todo a las fosas nasales… y Landion intentó contener la respiración, pero una nueva arcada lo dobló otra vez por la mitad, obligándolo a tragarse el ácido a medias…

mientras sentía el interior de la garganta arderle con un fuego humillante.

¡Ahora! , se ordenó con la garganta aún rasposa, y giró sobre sus talones, pero el cuerpo no le obedeció del modo en que debía…

porque sintió el choque del aire antes de que pudiera completar el movimiento…

aunque no del modo en que lo haría una ráfaga de viento…

sino como una presión sorda que le aplastó el pecho desde afuera hacia adentro…

obligándolo a parpadear… a volver a hacerlo…

y a buscar con los ojos algo que su mente ya se negaba a encontrar.

Y del borde mismo de la noche, se desprendió otra silueta absurda, que avanzó un solo paso… y simplemente con ese único movimiento, se volvió tan increíblemente tangible… tan insoportablemente real… que desmentía de golpe todas las leyes que Landion había creído inmutables.

Era otro Demonio del Cielo.

Y ni las advertencias de los veteranos, ni las historias susurradas junto al fuego, lo habían preparado para encontrar uno más de estos oscuros seres, que la leyenda murmuraba desde los días posteriores a la Fractura del Cielo…

unas criaturas que según los rumores temblorosos de las tabernas, habitaban la Tierra Muerta…

aunque casi nadie se atrevía a afirmarlo sin bajar la voz, porque decirlo en alto equivalía a concederle forma al espanto.

Y ahora uno de ellos estaba frente al joven cartógrafo.

A solo diez pasos…

O quizás incluso menos.

Inmóvil junto a unos matorrales resecos que se alzaban rígidos contra la oscuridad, aguardando con una quietud tan absoluta… que daba la impresión de que el tiempo mismo hubiera contenido el aliento, para presenciar la crueldad que estaba a punto de desatarse.

No había dudas posibles.

¿Qué otra cosa podría ser… más que la forma que adopta lo que no debería tener ninguna?

De hecho, hasta los árboles muertos que los rodeaban… parecían agrietarse todavía un poco más, ante la sola cercanía de un Demonio del Cielo que agravaba las heridas antiguas del mundo.

Porque tenía forma humanoide, cierto…

Pero era demasiado alto, demasiado erguido, y se cubría con un ropaje extraño, confeccionado con un material imposible, que de tan negro que era…

parecía recortar su figura contra la propia oscuridad de la noche…

y no solo no se plegaba como la tela ni tintineaba como lo haría el metal…

sino que por unos momentos el ropaje centelleaba igual que las mismísimas estrellas…

mientras que al instante siguiente, daba la sensación de que absorbía la propia luz del Luminar que Landion llevaba en la mano, alimentándose de ella con una avidez sofocante.

En la cabeza llevaba algo oscuro y liso.

¿Una capucha?

¿Un casco?

La verdad era que desde el lugar en que se encontraba el joven cartógrafo, resultaba imposible saberlo con certeza…

pero fuera lo que fuese… no terminaba en el cuello como cualquier prenda conocida…

sino que se fundía con el resto del ropaje sin mostrar costura ni interrupción visible…

y se ceñía al cráneo con una precisión inquietante…

dejando visibles únicamente dos alargados ojos rojos, que desprendían un brillo semejante a carbones recién avivados en mitad de la noche.

La criatura escrutaba a Landion con esa mirada de brasa ardiente que no parpadeaba jamás… y el muchacho sintió que no examinaba su rostro ni su postura temblorosa, sino algo mucho más profundo… descendiendo más allá de la carne, para medir la fragilidad del aire que entraba y salía de sus pulmones.

Era esa misma mirada que aparecía una y otra vez en los relatos.

La que regresaba en las pesadillas más persistentes.

La que según las historias que nadie soportaba escuchar dos veces, absorbía la esencia de la vida… hasta dejar atrás poco más que una envoltura vacía.

El muchacho quedó paralizado.

Ese ser oscuro, que hasta entonces pertenecía al territorio seguro de los cuentos destinados a espantar niños desobedientes… ahora se alzaba frente a él con una contundencia tan brutal… que le redujo el mundo entero a esa distancia que los separaba.

¡No puede ser real! ¡No puede! , se aferraba con fuerza a la negación.

Sin embargo, estaba allí cerca.

Demasiado cerca…

Y sin más, el engendro comenzó a avanzar hacia él, con pasos lentos que no arrancaban sonido alguno al suelo reseco.

Ningún crujido bajo sus pies.

Ningún roce de tela.

Ninguna respiración.

Se movía como si no pesara nada.

Como si el suelo mismo se retrajera bajo su presencia.

Como si no caminara realmente, sino que se deslizara apenas suspendido sobre el mundo.

Y aun así eran pasos… o algo que imitaba su cadencia con una precisión perturbadora… y a Landion le resultaron eternos…

¡Corre! ¡Muévete! ¡Haz algo! , rugió su mente, golpeándole el cráneo desde dentro.

Él era un Legionario Imperial.

Lo había sido bajo el sol implacable de los entrenamientos, durante las marchas interminables que curtían los pies y vaciaban la voluntad…

y también mientras repetía juramentos una y otra vez…

hasta que las palabras dejaban de ser palabras, y se convertían en sentencias grabadas a fuego, que el cuerpo ejecutaba incluso cuando la mente ya no recordaba por qué.

Pero su cuerpo permanecía clavado al suelo.

¡Huye de aquí! ¡Vamos! , insistía su razón, aferrándose a los últimos restos de lógica, que aún no habían sido devorados por el espanto.

Y también era un guerrero dispuesto a luchar hasta el último aliento.

Pero allí en mitad de la Tierra Muerta… con el olor a carne quemada aún suspendido en el aire, y el recuerdo del Fuego Azul ardiéndole detrás de los ojos… se encontraba frente a lo impensable…

¡Un Demonio del Cielo!

Landion no podía tener entre sus dedos a la pequeña figura de la Diosa Aneara…

no con la espada en una mano y el Cristal en la otra…

pero imaginó agarrarla con una presión desesperada…

como si ese gesto pudiera sacarlos a todos con vida de allí, e impedir así que el mundo terminara de deshilacharse bajo sus botas.

Siempre había creído en la bondad de los Dioses del Cielo, incluso cuando las dudas comenzaron a roerle el ánimo desde su llegada a la Tierra Muerta…

y ahora, mientras esa criatura se aproximaba sin prisa, comprendió con un estremecimiento helado, que si los dioses luminosos eran reales, entonces sus contrapartes también debían serlo.

Esos seres oscuros a los que llamaban Demonios del Cielo.

Aquellos que los Sacerdotes decían que eran portadores de una maldad sin medida.

¡Destructores de la Vida!

Y estaban aquí.

¡Acercándose!

Landion quiso correr… pero las piernas no le obedecieron.

Rápido intentó gritar… pero ningún sonido logró atravesar su garganta reseca.

Quiso aunque sea moverse… pero los brazos le colgaban inertes por los costados… en una rigidez compartida por el resto del cuerpo.

Solo podía… respirar.

Y lo hacía con una avidez desesperada, arrancando bocanadas cortas de un aire que le raspaba los pulmones como ceniza caliente… hasta que el pánico terminó de envolverlo por completo, endureciéndolo en el sitio y transformándolo en algo más cercano a una estatua que a un…

Entonces allí parado… inmóvil por una voluntad que no era la suya, e indefenso ante una fortuna cruel que parecía haberlo dejado con vida…

únicamente para presenciar mejor el espectáculo desde un palco privilegiado…

y mientras el Demonio del Cielo seguía acercándose…

él cerró los ojos con violencia, ya anticipando aquel mismo destino que había consumido a los otros…

Arder en una hoguera de Fuego Azul.

Y después desaparecer sin dejar rastro alguno…

Bueno… en realidad, convertido en un montículo de un azulado polvo extraño.

Sin embargo el Demonio del Cielo se detuvo a medio camino.

Landion no pudo ver esto, por supuesto… porque sus párpados seguían sellados con mucha fuerza… pero abrió los ojos de golpe… más de lo que jamás los había abierto… cuando el Destructor de la Vida habló: