Fuego azul #3
El tiempo se les había agotado.
Porque lo irreal los acechaba respirándoles en la espalda sin aún mostrarse, royendo velozmente la cordura de aquellos dos hombres endurecidos por decenas de Incursiones Oscuras…
y aquella leyenda… escuchada una y mil veces, en los cuentos con los que las madres asustan a los niños antes de dormir…
volvería inútiles no solo a sus espadas afiladas, sino también a las armaduras y a la totalidad de los escudos reforzados de las Legiones Imperiales…
esos mismos que sabemos ni siquiera habían traído consigo…
aunque nada habría cambiado realmente, ya que incluso todo el acero disponible del mundo, apenas habría servido como una resistencia vacía, frente a aquello que avanzaba sin decidir todavía darse esa forma que tanto temían.
Y así comprendieron que solo quedaba una cosa por intentar.
Entonces el Capitán se volvió hacia Landion… le apoyó un brazo firme sobre el hombro, y lo sostuvo allí con una fuerza que parecía querer transmitirle algo más que una orden… y cuando habló… su mirada cargaba una decisión tan dolorosa que resultaba difícil sostenerla:
—Escúchame bien, muchacho —apretó apenas el agarre—. No es tiempo de dudas. Corre hacia el noroeste con todo lo que tengas —lo miró directo a los ojos. —No mires atrás. Debes alcanzar la Puerta de Luz y contar lo que has visto. ¡El Comandante del Anillo debe saberlo!
—Pero Capitán, ¿qué ocurre? —preguntó el muchacho, mientras el nerviosismo le hacía saltar la mirada de un rostro al otro.
—Tenías razón, Landion —respondió el Capitán, con una voz que ya no forcejeaba contra la muerte, sino que parecía agotada de discutir con lo inevitable.
Al joven cartógrafo se le revolvió el estómago, y un frío súbito le trepó desde las entrañas hasta el pecho.
—¿De…? —tragó saliva— ¿Demonios del Cielo? —balbuceó, incapaz de aceptar que estas palabras pudieran abandonar el territorio seguro de los relatos.
—¡Ahora corre! ¡Corre de una buena vez! —ordenó el Capitán, y la voz le salió quebrada, temblorosa bajo el esfuerzo de mantenerse firme—. Ve directo al noroeste, Landion.
—¡No puedo abandonarlos! —exclamó el muchacho, y el grito le desgarró el corazón al salir.
El Capitán apretó su hombro una última vez… y luego lo empujó hacia adelante con una brusquedad definitiva.
—¡Corre, maldita sea! —bramó—. ¡Vete ya o te arrastro yo mismo!
Landion sintió furia en esa voz… una furia ardiente…
pero también vio algo más en los ojos oscuros del Capitán, cuando apretó la mandíbula un instante de más…
como si necesitara morderle el paso a algo que amenazaba con salir…
y eso lo atravesó con mucha más violencia, porque allí descubrió el mismo terror desnudo que le devoraba el cuerpo a él…
solo que el Capitán no tenía el privilegio de huir…
y mucho menos el derecho de reconocerlo delante de sus hombres.
Manor se sumó empujando a Landion… con esas mismas manos, con las que le había enseñado a sostener mejor la espada en el Anillo antes de partir… cuando aún existía tiempo suficiente para corregir errores, y repetir movimientos hasta el agotamiento.
Y el joven cartógrafo trastabilló con un avance torpe…
Pero no se alejó más que eso.
Solo se quedó rígido allí, atrapado en una inmovilidad absurda, como si el miedo le hubiese clavado los pies al suelo con hierros invisibles.
—¡No lo hagas más difícil, muchacho! —rugió el Capitán, y la voz se le quebró en el mismo instante de imponerse, traicionándolo—. ¡Si no llegas al Anillo, este sacrificio no habrá servido de nada! ¡Ahora corre, carajo!
Manor volvió a empujarlo, esta vez con la violencia desesperada de quien ha visto demasiadas muertes, como para permitirse cargar una más sobre los hombros… si todavía existía la esperanza de evitarlo.
Y finalmente Landion echó a correr por el camino… aunque no por una decisión nacida de su voluntad… sino porque el mundo a sus espaldas terminó expulsándolo a gritos.
—¡Muestren lo que tengan, Demonios! ¡No pienso arrodillarme por ustedes! —estalló el Capitán, arrojando su voz a los cuatro vientos, como un desafío sostenido más por la costumbre de resistir… que por una esperanza real de sobrevivir.
—¡Vengan, engendros! ¡Lo peor que la vida podía hacerme ya me lo ha hecho! —rugió Manor, y su grito sacudió la noche, igual que una última barricada negándose a caer.
Landion había corrido unas decenas de zancadas cuando las voces de sus compañeros… cargadas de un valor feroz y desesperado… lo alcanzaron por detrás y lo detuvieron en seco.
Respiraba agitado… con el frío Luminar apretado en una mano y la espada firme en la otra… esa hoja que lo acompañaba desde el juramento, y que ahora pesaba igual que una promesa imposible de cumplir.
Por eso no podía dejarlos.
No así.
El honor lo empujaba… ¡porque no entiende de órdenes!
Y allí desde lo lejos, veía la luz palpitante de los otros dos Cristales Dorados, danzando enloquecida junto a la Cabaña de Cedro y Pino, golpeando sus paredes con una demencia luminosa…
tal vez intentando contener la oscuridad que comenzaba a cerrarse sobre ella, creyendo posible arrancarla de ese infierno que ya respiraba alrededor.
El joven cartógrafo apretó el mango de su espada, hasta sentir los dedos arderle.
Miró hacia los suyos… y antes de que su mente alcanzara siquiera a oponerse, sus piernas ya se habían movido.
No fue una decisión.
Fue un impulso.
Y ya corría de regreso hacia la Cabaña de Cedro y Pino.
Hacia el Capitán.
Hacia Manor.
Hacia la muerte.
La espada le temblaba en la mano… pero la sostuvo firme, obligándola a obedecer.
El entrenamiento gritaba órdenes en su sangre.
Entonces comenzó a acelerar con trancos largos.
Uno…
Dos…
Pero apenas al tercer tranco largo, se detuvo en seco.
Congelándose al ver desde la distancia, una silueta siniestra desprenderse de la oscuridad…
Justo cerca del Capitán…
Demasiado cerca de Manor…
De pronto, la negrura pareció espesarse alrededor de aquella figura siniestra, que avanzó un paso más y se detuvo…
Pues no necesitó más que eso…
Y sin señal alguna más que esa cercanía que devoraba…
un rayo de luz azul se disparó hacia Manor acompañado de aquel mismo ruido irreconocible, que oyeron cuando Castio dejó de hablar…
y el ataque fue tan veloz… tan absolutamente irreal…
que sus reflejos de veterano no alcanzaron siquiera a registrarlo.
Quedando envuelto por el Fuego Azul en un bramido iracundo…
en una hoguera de un fulgor antinatural, que parecía querer devorarse la noche entera…
y Manor abrió la boca para gritar, pero el fuego ya le había devorado el aliento, antes de que pudiera nacer sonido alguno…
y mientras ardía… mientras el azul lo reclamaba todo sin dejar espacio para nada más…
cerró la mano sobre su pecho… aferrando a través del uniforme gris, el pequeño mechón de cabello de su hija muerta al nacer…
a quien le había cantado siempre en ausencia…
y cuyo recuerdo guardaba pegado al corazón como un último juramento silencioso.
Y así… abrazados por el fuego… padre e hija se convirtieron en ceniza juntos… y partieron hacia donde sea que viajen las cenizas…
¡Fuego Azul!
¡La leyenda era cierta!
La idea golpeó a Landion igual que un mazazo, aplastándole el arrojo en el mismo instante en que el viento le arrastró un olor espeso a carne quemada… en un hedor nauseabundo que se le pegó a la garganta, y le arrancó una arcada violenta que lo dobló sobre sí mismo.
Aneara, protégenos , rogó en su mente, imaginando entre sus dedos, la pequeña estatua de la diosa que guardaba en el bolsillo de la capa… buscando en este gesto desesperado, que algo los mantuviera enteros al menos un respiro más…
Pero la súplica se le hizo añicos, cuando el grito impotente del Capitán le atravesó el pecho.
—¡Malditos demonios!
Paralizado desde esa posición alejada, Landion vio la silueta del Demonio del Cielo levantar el brazo…
y el paisaje a su alrededor comenzó a ondular con una lentitud antinatural, doblándose sobre sí mismo, igual que un espejismo que desfigurara la realidad desde adentro…
y entonces algo invisible pareció concentrarse en la punta de ese brazo extendido…
apretándose… condensándose… hasta que el aire frente a él se curvó en una esfera temblorosa, que no pertenecía a ningún fenómeno que Landion hubiera visto… ni escuchado… ni imaginado jamás…
Y así la silueta volvió a disparar aquel rayo de luz azul…
que viajó hacia el Capitán dejando una estela de aire retorcido a su paso…
estallando en aquel ruido que el joven cartógrafo ya empezaba a reconocer, y lo inundó todo de un azul radiante que no aparentaba ser luz…
ni fuego… sino algo distinto, que devoraba en un suspiro lo que apenas tocaba, hasta reducirlo a un simple montículo de un azulado polvo extraño.
—¡Hijos de una… —rugió por última vez el Capitán.
Pero no sonó como un grito de guerra.
Sino igual al bramido áspero de quien ya había medido la derrota, y la aceptaba con los dientes apretados…
y en ese último instante, giró apenas la cabeza…
hacia la Cabaña de Cedro y Pino… hacia el cajón de madera raída donde descansaba la pequeña estatua…
mientras el Fuego Azul trepaba por su uniforme grisáceo, lamiéndole el rostro, y alzándolo en otra pira viva contra la noche cerrada.
Hasta envolverlo en un resplandor antinatural ajeno a cualquier hoguera conocida, que devoró al Capitán en un parpadeo… y cuando no quedó más que aire vibrando allí donde antes había estado su figura… Landion comprendió que ahora solo quedaba él.
Un joven Cartógrafo Imperial durante su expedición de bautismo… con las manos presas de un pulso desbocado… aferrando la espada y el Cristal sin saber ya para qué… y con la cordura forcejeando por no desgarrársele desde las entrañas.
Porque… ¿cómo iba a enfrentarse solo a semejantes leyendas mortales?
Estaba sin nadie en esa Tierra de nadie…