Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Fuego azul #2
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Fuego azul #2

Landion asintió sobresaltado y se colocó a un lado del veterano, buscando refugio en la cercanía de aquel cuerpo curtido, y aferrándose a la esperanza de que su aguerrido compañero, bastaría para abatir sin demasiada dificultad a unos rastreros saqueadores acostumbrados a esconderse entre las sombras…

y huir apenas la sangre comenzaba a correr.

El Capitán repartió un Luminar a cada uno…

y Manor llevó el suyo contra el pecho durante un breve instante, verificando con obsesión una vez más que aquello pequeño, aún permanecía intacto allí dentro…

y luego aferró la espada con una naturalidad que le pertenecía por completo, tan propia de él igual que esa tristeza silenciosa que nunca abandonaba del todo la cadencia de sus movimientos.

En cambio, los ojos de Landion se encendieron apenas sostuvo en la mano el Cristal de Energía Dorado, porque era la primera vez que uno descansaba en su palma… la primera vez que sus dedos rozaban esa claridad extraña, que parecía contener al fuego mismo.

Y se estremeció.

Estaba frío.

Demasiado frío.

Pero no era el frío leve de un metal olvidado a la sombra… sino un frío punzante que se filtraba por la piel y ascendía lentamente por los tendones hasta endurecerle los dedos… ¡era como sostener un fragmento de hielo, arrancado de algún lugar donde jamás hubiera existido el sol!

Entonces una rabia súbita contra sí mismo lo golpeó de inmediato…

¿Cómo podía distraerse en ese momento?

Afuera, la oscuridad se había devorado las piras una por una, Castio… el corpulento Castio… yacía sin duda muerto frente a la puerta, y ellos se preparaban para enfrentarse a un enemigo que ni siquiera conseguían todavía nombrar.

Era su oportunidad de demostrar que era un verdadero Legionario Imperial…

y no durante los desfiles ni bajo los juramentos repetidos frente a oficiales envueltos en seda y estandartes, sino allí…

con ese frío antinatural calándole los huesos a través del Cristal, y la certeza de la muerte respirándoles desde la oscuridad del exterior.

¿Y qué hacía?

¿Se quedaba embobado por el frío de un maldito Cristal?

Sintió odio por su propia mente, por esa facilidad irritante para desviarse justo cuando todo exigía una urgencia absoluta, y se reprochó haber permitido que una sensación infantil, indigna de ese uniforme, lo apartara siquiera un instante del borde mismo del peligro.

—¡Muchacho! —lo zamarreó el Capitán con una brusquedad desesperada—. ¡Concéntrate, por los Dioses del Cielo!

—¡Lo siento, lo siento, Capitán! —respondió Landion, con la voz trabada por la prisa desesperada de recomponerse.

Los tres permanecían de pie en el interior de la Cabaña de Cedro y Pino, inmóviles durante un instante que se estiró más de lo razonable… y cada uno sostenía una espada en una mano y el arma de luz en la otra.

Estaban preparados.

Y el veterano Manor asintió hacia el Capitán con un gesto firme…

Pero el Capitán…

El Capitán, desvió allí la mirada hacia un cajón de madera raído, arrimado contra una de las paredes de pino…

donde descansaba la escultura sencilla de un Zancudo…

era de madera clara no más alta que una copa de vidrio, y estaba tallada con formas torpes y simples, que mostraban que había sido trabajada lentamente, siguiendo cada una de las vetas y con la lengua asomada entre los dientes.

Era una pieza hecha con aquella concentración absoluta que solo le pertenece a los niños…

una primera creación nacida durante las clases de carpintería…

y el Capitán la observó con una quietud impropia del momento…

como si aquella figura imperfecta fuese un ancla arrojada a un pasado más habitable…

a un lugar distante al que aferrarse apenas un momento, para permitirse pensar en el regreso.

La había traído consigo hasta esta Tierra despiadada, del mismo modo en que otros cargan reliquias sagradas que jamás se permitirían olvidar, después de que la Llama de su hijo se extinguiera demasiado joven…

aunque nunca hasta esos Halos le ofrendó el cantarle La dulce Llama de tu Nombre …

porque simplemente nunca reunió el coraje necesario para escuchar su propio dolor en voz alta.

Y algo comenzó a espesarse alrededor del cajón con un peso difícil de ignorar, hasta alcanzar también a Manor… quien solo observaba la escena en silencio, con la mano al pecho, apoyada sobre aquello que colgaba oculto bajo el uniforme… y entonces el Capitán habló:

—Mi hijo la hizo —le dijo a Landion, señalando la estatua con un leve movimiento de cabeza—. Antes de morir.

Landion sintió que la frase no buscaba consuelo alguno, sino algo mucho más desesperado y más hondo…

la necesidad urgente de que alguien más supiera que ese niño había existido, y de impedir así que el recuerdo de su pequeña vida desapareciera para siempre…

porque ya no quedaba nadie para pronunciar su nombre.

—¿Cómo se llamaba su hijo? —le preguntó el joven cartógrafo, sorprendido de que el Capitán le confiara algo que parecía demasiado íntimo para unos oídos ajenos.

El Capitán sonrió entonces de una manera inesperada… y Landion comprendió de inmediato que jamás lo había visto hacerlo.

Pero la expresión le resultó extraña.

Casi incómoda.

Porque había tristeza en ella… junto con una calidez agotada… bajo unos hombros que habían enterrado mucho sin poder llorar.

—Se llamaba como yo —respondió, conteniéndose a fuerza de parpadeos rápidos—. Él decía que también era un Capitán… un Capitán de Juguetes.

Se hizo un silencio… aunque no aquel silencio denso que los había cercado… ese pareció apartarse apenas un instante, cediéndole el lugar a algo más compasivo… y el Capitán volvió a mirar la escultura una última vez, con la certeza muda de quien comprende que se está despidiendo.

Landion bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos.

No sabía qué decir.

No había palabras que no sonaran pobres frente a un dolor de ese tamaño.

El Capitán ahora observó a Landion apenas un instante más, con una atención quieta que no parecía propia de él… quizá viendo en el joven cartógrafo algo de lo que su hijo habría podido llegar a convertirse con el tiempo.

Y sin agregar nada apartó la vista… porque sostenerla un momento más habría bastado para quebrarlo allí mismo.

Se enderezó de inmediato, recomponiendo el cuerpo con esa rigidez aprendida que imponía orden sobre el caos, y su voz se endureció igual que el acero bajo el temple:

—Saldremos al ataque al tres… —respiró hondo— Uno, dos, ¡tres!

El Capitán abrió la puerta de un golpe… y lanzó su Luminar rodando hacia el exterior, apartándose enseguida para dejarle paso a Manor…

quien fue el primero en salir, blandiendo el Cristal al frente y la espada en alto, tal lo ensayaron cientos de veces en los cuarteles del Anillo…

donde el cuerpo aprendía movimientos, que luego recordaba incluso cuando el miedo intentaba desordenarlo todo.

Después el Capitán tomó otro Luminar con rapidez y le indicó a Landion que lo siguiera…

pero el joven cartógrafo dio apenas un paso antes de detenerse…

un titubeo que parecía necesitar convencer a su propio cuerpo de aceptar lo inevitable…

y solo entonces logró salir tras ellos con el pulso desbocado.

Afuera los aguardaba un muro de oscuridad, apostado a pocos pasos de la esfera de luz que formaban los Cristales helados…

y el humo agrio de las piras apagadas les irritaba los ojos, mientras se mezclaba con las sombras cerradas de la noche…

y entre aquella barrera nauseabunda y la negrura del exterior, no existía forma alguna de distinguir contornos ni distancias…

apenas notaban una masa compacta, que parecía avanzar lentamente hacia ellos sin necesidad de moverse.

—¿Castio…? —murmuró Manor, llamándolo.

Pero nadie respondió.

Tampoco había rastro de los Zancudos.

Solo un pequeño montículo de un azulado polvo extraño y todavía humeante cerca de la puerta, y ese silencio denso que volvió a envolverlos apenas cruzaron al exterior… recibiéndolos en ese terror, igual que una presencia antigua que ya conocía sus nombres.

—Debemos encender las piras. Landion, hazlo, nosotros te cubriremos —ordenó el Capitán en voz baja, sin apartar la vista de la negrura compacta que se extendía frente a ellos.

Mientras avanzaban juntos, con lentitud hacia los potes de alquitrán, midiendo cada paso con una cautela enfermiza, hasta que de golpe… el crujir seco de unos matorrales muertos los obligó a detenerse.

Escucharon esa nada ruidosa…

Siguieron haciéndolo…

Y cuando nada pareció serlo… todo lo fue roto por un bufido extraño.

Un sonido que tensó de inmediato el coraje de aquellas espadas imperiales, endureciendo los brazos que las sostenían.

—¡Novivos! —gritó el joven cartógrafo, con la voz cargada de pánico, y vencida por una inexperiencia que todavía no sabía resistir el golpe inmediato del terror.

Y no era un miedo infundado… ¡claro que no!, porque los novivos aterraban incluso a legionarios mucho más firmes que él… pero esto… sea lo que fuera… no se comportaba como una de esas abominaciones.

—¡Cállate, maldición! —lo reprendió el Capitán—. Tenemos luz. Los novivos huyen de la luz.

Los Luminares se movían sin cesar, derramando destellos temblorosos, sobre la negrura compacta que los rodeaba…

y durante un largo instante, continuaron escudriñando la oscuridad hombro con hombro…

buscando un movimiento, una deformación entre las sombras…

cualquier cosa que pudiera recibir un nombre…

porque lo nombrable todavía podía combatirse… o al menos eso necesitaban creer.

—¿Saqueadores? —susurró Manor, y su voz sonó más cercana a un ruego que a una pregunta real.

—No… —respondió el Capitán—. Es lo que ninguno de los dos queremos creer.

El veterano Manor sintió esas palabras caerle encima con toda la brutalidad de la verdad… pues ya nada podía deshacer lo dicho… y despacio llevó una vez más la mano al pecho, buscando aquello que colgaba oculto bajo el uniforme.