Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Fuego azul
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Fuego azul

La Tierra Muerta

Tierra Muerta

—Escapar. Huir. Correr.

Los chillidos alocados de los Zancudos arrancaron de golpe al joven cartógrafo de su sueño, y el vozarrón del Capitán estalló cerca de él con la violencia de un trueno…

—¿Qué diablos ocurre afuera? —Se levantó de la silla con un salto brusco—. ¿Qué demonios les pasa a esos animales? ¿Y Castio… dónde está que no los calla?

Manor se inquietó al oír ese nombre y los hombros se le tensaron, porque el corpulento Castio y él se conocían desde la Academia de Guerra, y compartían esa lealtad silenciosa que solo se forja a lo largo de los Ciclos…

una confianza aprendida mirándose sin hablar, vigilándose las espaldas en las expediciones interminables, y que no nace de los juramentos pronunciados frente a un estandarte, sino del simple acto de seguir estando cuando el otro lo necesita.

Con la espada ya en mano, el Capitán avanzó hacia la puerta, y el veterano explorador lo siguió de inmediato, desenvainando también…

sus pasos eran cortos y rápidos, cargados de una tensión compacta que parecía transmitirse del uno al otro a través del suelo mismo, pues el cuerpo aprende antes que la mente cuándo prepararse para la sangre.

Entonces se dispusieron a salir de la Cabaña de Cedro y Pino, cuando la voz del corpulento Castio, esa que solía guardar las palabras, igual que un avaro protege sus monedas más valiosas, rompió el silencio tan propio de él, y penetró al interior con la urgencia desnuda de una súplica incapaz de admitir réplica:

—¡No salgan! ¡No salgan!

Landion se incorporó de golpe, pero el movimiento fue torpe y tuvo que abrir los pies para recuperar el equilibrio, terminando con la espalda apoyada contra la pared…

había tomado su espada por puro instinto, y mantenía la mano cerrada con firmeza sobre el mango, igual que los demás…

tal como correspondía a esa disciplina Imperial que ya corría por sus venas.

—¡Los Zancudos se soltaron! —advirtió Castio con la voz quebrada, desde fuera y muy cerca de la entrada—. ¡Se fue…

Un ruido irreconocible estalló en el exterior… y le seccionó las palabras en seco, con la limpieza brutal de un hachazo cerrando esa garganta para siempre.

Landion sintió algo helado asentarse en el pecho.

Castio.

El corpulento Castio.

El que le dio su cantimplora.

El que creyó que podía lograrlo.

Ahora estaba muerto…

Y fue allí cuando aparecieron tres silencios en la cabaña…

el primero era el silencio dejado por el corpulento Castio, el hombre de pocas palabras cuya voz acababa de ser extirpada del mundo…

el segundo silencio, se sostenía apenas sobre el crepitar de las piras del exterior, porque no existía viento que desgarrara la quietud, ni nadie que supiera llamarlo…

y el tercer silencio descendió mucho más hondo que los otros dos, arrastrando consigo el presagio de aquello que había destrozado al legionario… y ese silencio había entrado con ellos.

Acomodándose en las vigas de cedro.

Metiéndose en las paredes de pino.

Esperando en las sombras.

El Capitán bufó, tomó aire hasta inflar el pecho y dio un paso al frente antes de contenerse, y desde su rincón Landion vio cómo se le tensaba la mandíbula, a la vez que sus dedos se le cerraban despacio sobre la empuñadura…

porque la amenaza ya pesaba en el aire, exigiendo ser medida, con el mismo cuidado con que se tantea una cuerda vieja antes de cruzar un abismo.

—Maldición… Maldición —murmuró, y la furia contenida le vibró en la garganta, igual que el gruñido de un animal acorralado—. Maldición.

La Cabaña de Cedro y Pino tenía todas las ventanas selladas con maderos, dejando apenas rendijas estrechas desde donde espiar la Tierra Muerta…

y el Capitán pegó el rostro a una de ellas, apoyando la frente contra la madera áspera, mientras sus ojos recorrían la oscuridad exterior con movimientos cortos y precisos, tanteando las sombras en busca de una forma que pudiera nombrarse sin titubeo…

mientras su respiración comenzó a acelerarse poco a poco, y cada músculo de su cuerpo permanecía dispuesto a un estallido inmediato.

No podía quedarse quieto.

No podía permitirse dudar.

Había vidas suspendidas de sus decisiones, vidas que dependían de que su cordura, no se quebrara en medio de lo que la noche lanzara.

Miró a los dos exploradores que aún permanecían con él, y su voz descendió sin temblor alguno:

—Las piras siguen encendidas. Lo que atacó a Castio y a los Zancudos no fueron novivos.

—¡Capitán! —el joven cartógrafo se atragantó más con el miedo que con las palabras—. ¿Y si son Demonios del…?

—¡Calla esa boca, Landion! —la orden salió cargada de una rabia que no necesitó alzarse—. No empieces con cuentos —se desplazó hacia otra rendija, apoyando el ojo en la grieta mínima que dejaban los maderos—. Son Saqueadores. Punto.

Landion vio cómo los hombros anchos del Capitán se mantenían erguidos con una rigidez excesiva, y también cómo cerraba y abría los dedos una y otra vez antes de aferrarse al borde de cada madero…

porque lo último que necesitaban allí dentro, era una superstición capaz de resquebrajar la moral que sostenía a los legionarios todavía en pie…

el Capitán lo sabía mejor que nadie… y aun así su cuerpo grande se tensó más de lo necesario, bajo una presión invisible que parecía golpearle el pecho desde sus entrañas.

Apretó la mandíbula y permaneció inmóvil unos instantes, y su quietud tenía la rigidez de quien se obliga a pensar con lógica… Si son saqueadores… ¿cómo carajos entraron en la Tierra Muerta?

Siguió observando durante un largo rato la oscuridad que oprimía el exterior, desplazando la mirada de rendija en rendija, y midiendo cada forma con paciencia obsesiva…

aguardando quizá algún movimiento, que terminara de darle sentido a todo aquello…

y entonces una sombra inusual pareció brotar del suelo mismo, alargándose sin forma definida, hasta devorar el fuego de una de las piras con rapidez antinatural… y el Capitán exclamó incrédulo:

—¿Acaso están dementes?

Manor permanecía a un costado de la puerta, con la espalda pegada a la madera, y giró el rostro con brusquedad:

—¿Qué ocurre, Capitán?

—¡Están apagando las piras! —gritó el Capitán, y su voz vibró en el borde mismo de la desesperación.

Todos quedaron desconcertados.

—¿Por qué unos Saqueadores harían eso? —preguntó Landion, con el pánico encajándosele entre las costillas—. ¿No les dan miedo los novivos?

El Capitán abrió la boca para responder, pero la sensación oscura que se acumulaba dentro de la cabaña pareció espesarse de pronto, y le apagó las palabras antes de que nacieran…

porque ningún Saqueador en su sano juicio apagaría las piras…

absolutamente ninguno… y esa certeza que había sostenido hasta hacía apenas un instante, blandiéndola frente a sus hombres igual que un escudo contra el miedo, comenzó a resquebrajarse ante los ojos de todos.

Porque intentó hablar…

Pero nada salió.

Ni una palabra.

Ni una mísera orden.

Sus dos hombres lo observaban, y entre ellos flotaba un mutismo impaciente, que parecía ganar peso con cada respiración encerrada dentro de la cabaña.

A un lado se encontraba Manor, el veterano explorador que lo acompañaba desde hacía Ciclos, y que sostenía el mango de la espada con tanta fuerza que los nudillos comenzaban a palidecerle…

y al otro lado estaba el más joven, el muchacho que apenas comenzaba a templar sus armas en la Tierra Muerta, y que mantenía los ojos clavados en el Capitán, aferrándose a su figura en busca de una respuesta que no llegaba.

Y Landion lo comprendió…

Fuera lo que fuese aquello que los acechaba en el exterior en penumbras, sin el fuego de las piras manteniendo a raya a los novivos, y sin los Zancudos para huir con la velocidad ciega del pánico, la esperanza comenzaba a escurrírseles entre los dedos…

y al contemplar ese mutismo distinto del Capitán, más hondo que cualquier otro silencio que le hubiera conocido hasta ese Halo, sintió que quizá ninguno de ellos volvería a salir con vida de ese lugar.

Pero de pronto el Capitán levantó el mentón, y recorrió a sus hombres con una mirada que ya no vacilaba… sostenida ahora por una negativa feroz, a aceptar el final que la oscuridad les insinuaba desde afuera.

No iban a rendirse así de fácil.

¡Eran guerreros!

Y allí mismo, templado por un vibrante acero invisible que parecía sostenerle el ánimo, aun cuando el miedo comenzaba a cercarlo por dentro… declaró:

—¡Somos Legionarios Imperiales! ¡Atacaremos!

Manor golpeó su espada contra el pecho con un estruendo metálico que trepó por las vigas de cedro, y durante un instante dejó la mano apoyada allí, presionando el uniforme grisáceo con una firmeza casi dolorosa…

como si necesitara comprobar que aquel pequeño símbolo todavía seguía latiendo debajo de la tela.

Fue entonces cuando Landion percibió esa ausencia… pero no como un simple silencio, sino como una presión que comenzaba a cerrarse lentamente sobre ellos, y asfixiado exclamó:

—¡Las piras, Capitán! ¡No se oyen!

—Lo sé —respondió el Capitán, desplazándose de rendija en rendija, e inclinando el rostro para arrancarle a cada grieta el último resto de visibilidad—. No queda ninguna encendida.

Por las rendijas ya no entraba ni el chisporroteo de las brasas, ni el olor denso al alquitrán quemándose… y el joven cartógrafo recogió su alforja con una torpeza apresurada, pero Manor se la arrancó de un tirón seco, que casi lo hizo trastabillar contra una columna de cedro.

—¡Déjala! No te sumes peso.

La orden cayó sin espacio para réplica… sostenida por la certeza brutal de un futuro inmediato que no admitía cargas inútiles.