La Cabaña de cedro y pino #4
Pero en apenas un parpadeo, en apenas un latido que ni siquiera alcanzó a completarse…
el desorden comenzó a acomodarse, igual que piezas arrastradas por un hilo invisible hasta encajar cada sonido en su lugar, revelando una estructura que siempre había estado allí… aguardando paciente a ser comprendida.
Era lenguaje.
Era pensamiento.
Y durante ese instante lo comprendió…
Los animales hablaban.
Tal vez no del modo en que lo hacían las personas, no mediante frases delineadas ni oraciones completas, pero hablaban…
el Zancudo murmuraba de agua, de luz, de peligro inminente, y él lo comprendía entero…
no sabía cómo… no sabía por qué… solo sabía que aquellas voces se abrían paso dentro de él con una certeza instintiva que no necesitaba traducción alguna, y con una sacudida profunda comprendió algo todavía más profundo…
¡Que ellos también lo entendían a él!
Fue como si dentro de su cabeza se abriera una puerta sellada durante toda su vida…
quizá clausurada por aquel jarabe… quizá bloqueada por él mismo…
por ese instinto antiguo que obliga a apartar la mirada cuando uno intuye demasiado…
o quizá, por el simple miedo de descubrir qué aguardaba del otro lado.
Pero al cruzarla… el mundo dejó de ser mudo.
Y todo empezó a tener voz.
A tener conciencia.
A existir de otra manera.
Entonces su vida quedó partida en dos mitades irreconciliables.
Antes del jarabe… después del jarabe.
Antes de las voces… después de las voces.
Y en medio de ese mismo suspiro, con una certeza fría recorriéndole la sangre, supo que jamás volvería a tomar aquella medicina.
¡Jamás!
Landion abrió los ojos dentro de la Cabaña de Cedro y Pino.
Y el frasco seguía entre sus manos.
Cálido.
Pesado.
El interior de madera se sentía irreal en su quietud, un refugio frágil suspendido en el corazón mismo del terror, y con un gesto decidido guardó el frasco de jarabe de fresas en el fondo de la alforja, igual que quien entierra un pasado sin intención alguna de señalar dónde quedó la tumba…
luego, casi sin pensarlo, sacó lo que le quedaba de comida, y junto a esto la estatua de Aneara… la Diosa de la Vida.
Era una figura hermosa, tallada en madera de roble primigenio, y de tan pequeña que era, cabía sin esfuerzo en la palma…
poseía esa suavidad particular que solo conceden los Ciclos de contacto constante…
de aquellas manos que rezan en silencio…
de esos dedos que buscan consuelo en mitad de la oscuridad…
y aunque la superficie blanca se había desgastado con los Ciclos, aún conservaba un brillo obstinado en cada veta y en cada raspón, como si el uso no la hubiese erosionado sino consagrado…
del mismo modo en que ciertas reliquias, parecen fortalecerse bajo el roce insistente de la fe.
El joven cartógrafo la sostuvo un instante, sintiendo bajo las yemas no solo la delicadeza pulida de la madera, sino también el peso de una devoción heredada…
pues fue su padre quien se la entregó ni bien cumplió la Llama Cinco, y desde entonces…
al igual que tantos fieles de Nordaar, y de otras regiones dispersas del mundo conocido…
la llevaba siempre consigo, pero no como un simple adorno…
sino como un amparo silencioso, contra todo aquello que podía acecharlo.
Landion había crecido devoto de los Dioses del Cielo, con una fe que alguna vez le pareció tan sólida como una muralla recién erigida… aunque allí, en la Tierra Muerta… ese fervor empezó a agrietársele lentamente, primero con fisuras apenas visibles… y luego con fracturas cada vez más profundas.
Sin embargo, las grietas no habían alcanzado aún el fondo… y sentado sobre el lecho de paja, inclinó la cabeza y murmuró una plegaria, antes de entregarse al placer de la cena que aguardaba entre sus manos…
Aneara, Diosa de la Vida, protégeme de la muerte que no muere. Protege mi mente de la locura, y si este don que llevo dentro viene de ti, ayúdame a comprenderlo. Pero si es una maldición…
Aquí se detuvo…
Porque no se atrevió a concluir la oración…
Porque temía pronunciar la palabra que lo acechaba…
Porque temía admitir… que estaba enfermo.
Y que él…
Él era un Bestial…
Y que el jarabe era la cura.
Y aceptar eso significaba regresar a la jaula.
¡Y él no quería volver a esa jaula!
Y abrió los ojos.
Dejando la plegaria inconclusa.
La estatua seguía entre sus dedos… y la sostuvo un instante más…
sin rezar ya… sin pedirle nada… solo sintiendo bajo las yemas ese desgaste suave que dejaban los Ciclos colmados de fe…
y no supo si lo que sentía en ese momento era devoción o despedida…
así que simplemente la guardó en el bolsillo derecho de la capa, asegurándose de que la madera descansara protegida contra la tela, y luego le dio una mordida generosa al queso Darinio, que llevaba Pulsos enteros deseando probar de nuevo.
¡Y se sentía delicioso!
Entonces el sabor de ese primer mordisco, le acercó la imagen de su abuelo Pauro…
quien jamás dejaba que faltara un trozo de Darinio, descansando en aquella fuente de cerámica roja, que ocupaba el centro de la mesa de su cabaña de Gevas…
y esa mezcla salada y apenas picante que le llenó la boca, terminó convirtiéndose en un placer minúsculo en medio del cansancio acumulado de la jornada…
y bebió de la cantimplora alternando el frescor del agua, con tiras de carne seca que desgarraba con los dientes, hasta terminar devorando el resto del pan con un apetito que dejó de pedirle moderación alguna…
ya no tenía la manzana… eso era cierto… y por lo tanto su cena improvisada se quedó sin postre, pero no hubo arrepentimiento alguno por habérsela dado a Zancas.
Luego bebió un poco más de agua… midiendo cada trago para reservar lo suficiente de cara al regreso, y después se acomodó la capucha hasta cubrirse los ojos…
dejando la intensidad amarillenta de los Luminares, por detrás de esa áspera tela que le rozaba la frente…
y como pudo se arropó con la capa sangre y ceniza, buscando que retuviera el calor de su cuerpo…
y al final deslizó la mano derecha dentro del bolsillo, para comenzar a acariciar suavemente las vetas desgastadas de la estatua de Aneara…
mientras se dejaba caer de costado sobre el lecho de paja en busca del sueño.
Y la madera de pino le devolvió un calor tenue desde la pared…
ese calor quieto con esa amabilidad vieja, que no prometía nada, pero que tampoco abandonaba a nadie…
y el olor resinoso de las vigas de cedro le llegó más profundo en esa posición…
con ese aroma espeso que tranquilizaba, igual que si la madera todavía guardara algo de todo cuanto había respirado dentro de ella…
y por primera vez en todo el Halo… el frío no lo alcanzaba del todo.
Los párpados le pesaban como lodo adherido a la bota, y el descanso terminó alcanzándolo tras unos pocos bostezos suaves, igual que quien se entrega sin resistencia, a la protección silenciosa de un dios antiguo.
Y en los últimos pensamientos antes de dormirse por completo, Landion se vio regresando al Anillo.
Cruzando la Puerta de Luz.
Quitándose la capa sangre y ceniza.
Recuperando la escarlata y añil.
Caminando por las calles de Gevas con el uniforme Imperial ajustado al cuerpo.
Su madre con lágrimas de orgullo desbordándole por las mejillas.
Su padre apretándole el hombro en silencio, porque no harían falta palabras.
Sabía que solo tenía que sobrevivir una noche más.
Solo eso…
Pero afuera, en la oscuridad cerrada de la Tierra Muerta, algo se movió.
Algo que no hacía ruido al caminar.
Algo que el fuego no mantenía a raya.
Y entonces… los gritos.