La Cabaña de cedro y pino #3
Pero no habrá necesidad de correr… quiso convencerse, aferrándose a esa esperanza frágil, igual que quien abraza un talismán incapaz de proteger realmente a nadie.
De pie pareciendo una sombra gigante, el veterano Castio le sostenía la mirada, con esos ojos que parecían haber contado demasiados cuerpos tendidos sobre la tierra… y en ese mutismo que era su verdadera manera de hablar, Landion terminó aceptando la cantimplora.
Entonces el corpulento legionario asintió cerrando los párpados apenas, y satisfecho empujó la puerta, para salir de la Cabaña de Cedro y Pino, con su larga espada columpiándose contra el muslo, marcando un ritmo lento y metálico a cada paso.
Pero antes de cerrarla, el joven cartógrafo alcanzó a ver cómo el corpulento Castio alzaba la mano, y golpeaba el marco con los nudillos.
Fueron tres golpes secos.
Nada más.
Y Manor dibujó una sonrisa, al escuchar ese trío de clásicos golpes…
pero Landion no supo si aquello respondía a una costumbre nacida en alguna aldea olvidada, a una superstición aprendida durante los Viajes, o algo peor…
a una despedida definitiva… lanzada contra esas maderas, que algún Halo quizá sostendrían su nombre tallado a cuchillo junto al de los otros muertos.
De pronto Landion se sintió solo.
Terriblemente solo.
Y eso que aún permanecía rodeado de otros legionarios… pero esta presencia, no conseguía atravesar la distancia que acababa de abrirse en su interior.
Es que el silencio pesaba distinto desde que la voz del veterano Manor se había extinguido, y las palabras del Capitán continuaban resonándole en la cabeza…
llenas de aspereza, y pronunciadas con esa sequedad que nunca concede caricias…
aunque cargadas también de un peso que importaba más que cualquier elogio florido, porque significaban que cumplió, y esto…
en medio de un lugar donde tantos fallaban, era más de lo que cualquier aplauso amable habría podido darle.
Sin embargo, otra inquietud seguía oprimiéndole el ánimo, y era ese desconsuelo suspendido todavía en el aire, igual que un polvo fino flotando bajo la luz de los Luminares, removiendo lentamente su tristeza…
y allí… atrapado en ese vacío incierto, donde el orgullo junto con la melancolía giraban desordenados sin encontrar reposo, acomodó la alforja casi sin pensarlo, y con la voz gastada de Manor aún resonándole adentro, sus manos comenzaron a moverse solas…
con una diligencia muda, que se ocupaba de tareas pequeñas, para evitar mirar de frente aquello que realmente lo atormentaba…
y terminaron abriendo la alforja con un gesto mecánico.
Y cuando se encontró cercado por los nervios y el cansancio insoportable, su pensamiento fue deslizándose hacia otro temor.
Hacia uno más íntimo…
El frasco dentro de la alforja.
Allí estaba su medicina, ese jarabe espeso de fresas que le preparaba su madre, expuesto ante sus ojos no solo como un recuerdo mudo, sino como la prueba tangible de aquello que su mente reprimió por quién sabe cuánto tiempo.
Landion lo miró, lo tomó con dedos vacilantes y lo sostuvo un instante… el vidrio se sentía tibio al contacto… impregnado todavía de un calor tenue que podía pertenecer al día o quizá a su propio cuerpo, y había dejado de beberlo apenas llegó a la célebre Puerta de Luz… varias fases atrás.
El sabor era agradable, demasiado rico incluso, con ese gusto intenso a fresas maduras que se deshacían en la lengua, y lo bebió cada noche sin faltar una sola vez, desde que sus padres comenzaron a dárselo al cumplir la Llama Diez…
cuando ingresó en la Segunda Edad… y el mundo empezó a perder aquella cordialidad engañosa, con la cual se lo contempla desde la infancia.
Y desde entonces el jarabe fue parte de su vida, y beberlo se convirtió primero en un gesto de obediencia, luego en una forma torpe de corresponder al cuidado de las manos que se lo ofrecían, y con el paso de los Ciclos…
simplemente terminó adherido a él igual que una costumbre antigua…
de esas que el cuerpo ejecuta incluso antes de que la mente recuerde por qué comenzaron.
Siempre le dijeron que el jarabe de fresas servía para contener una dolencia que aquejaba su mente, aunque sus padres jamás le pusieron nombre a esa penumbra que debía mantenerse a raya, y él tampoco reunió nunca el valor suficiente para exigir respuestas.
Tal vez por respeto…
Tal vez por miedo…
Tal vez por ambas cosas entrelazadas.
Y el recuerdo de aquella primera noche en el Castillo del Anillo regresó de golpe, irrumpiendo en su pecho con la violencia de una puerta derribada, que le dejó los pulmones vacíos…
Esa jornada después de la cena estaba exhausto, quebrado por la disciplina inflexible del entrenamiento, y terminó quedándose dormido sin beber el jarabe de fresas…
fue un olvido inocente, sin desafío ni rebeldía alguna…
apenas el descuido de un cuerpo rendido hasta el límite…
pero aquella omisión terminó abriendo algo que ya no volvería a cerrarse.
Y al evocar ese instante en que sus ojos se abrieron desmesurados aquella mañana, aquí y ahora los cerró con fuerza, deslumbrado todavía por la memoria de aquel despertar.
Porque cuando llegó el amanecer que siguió a esa noche de agotamiento, y la luz comenzó a filtrarse lentamente por las rendijas del ventanal, hasta derramarse sobre la habitación y alcanzar el centro mismo de su mirada… ¡el mundo entero estalló ante sus ojos!
¡Los colores eran desgarradoramente vivos… igual a carbones avivados de golpe frente a sus ojos!
¡Los sonidos le llegaban más nítidos… puros como el golpe seco de una copa de cristal quebrándose en medio del silencio!
¡Los olores descendían espesos sobre él, con una intensidad tan abrumadora que parecían ocuparle la nariz entera!
Entonces sintió que todo cuanto existía, había sido encendido de golpe…
sin transición ni la mínima clemencia… y se encontró frente a una realidad distinta…
más cruda y mucho más vasta, que lo asfixiaba mientras ocupaba cada rincón de su cuerpo al mismo tiempo…
y por supuesto que también era más peligrosa…
porque en ese preciso instante, comprendió que algo dentro de él había despertado y respiraba siguiendo un ritmo ajeno a su voluntad.
Y fue en medio de ese vértigo, de ese sacudón que le desordenó la respiración y le tensó cada músculo del cuerpo, cuando comprendió al fin la transformación de su mente con una claridad imposible de negar…
el jarabe de fresas le había aplacado sus sentidos, y se los mantuvo amortiguados durante…
¡prácticamente toda su vida!… cubriéndolos bajo una bruma espesa que se desgarró sin aviso ni ceremonia.
Y al rasgarse, dejó un espacio vacío…
Un hueco enorme para que aquello que llevaba dentro, agazapado como un animal en un silencio inmóvil… y quizá aguardando desde siempre, el instante exacto para erguirse y reclamar su lugar, emergiera por fin sin pedir permiso alguno.
Ese poder inmenso… que escapaba por completo a su entendimiento, y al que llamarlo únicamente «extraño» era peor que una ofensa… era escupirle en la cara, y una forma miserable de reducir a una palabra su magnitud absoluta… porque era algo simplemente aterrador.
Algo cuya existencia conocía solo a través de otros.
Algo que había visto consumirse en hogueras.
Algo maldecido por los Sacerdotes desde los púlpitos…
Pero jamás… jamás imaginó que habitara dentro de él.
Y sin embargo allí estaba, latiendo con fuerza.
¿Pero desde cuándo?
¿Desde que dejó el jarabe?
¿Desde antes?
¿Desde siempre?
Y un terror denso le heló la sangre hasta las extremidades…
¿Sus padres le dieron medicina… o le dieron cadenas?
Y entonces, igual que un fogonazo desgarrando la oscuridad, recordó a Perdeo.
Su mejor amigo.
El muchacho capaz de levantar cuatro barriles apilados sin que los brazos le temblaran siquiera.
La columna ambulante de Gevas.
Porque Perdeo también tomaba un jarabe.
Y también lo hacía desde la Llama Diez.
«Para fortalecer los músculos», le habían dicho a su amigo.
«Para contener una dolencia de la mente», le habían dicho a él.
Pero… ¿y si ese jarabe también mantenía algo dormido?
¿Y si Perdeo también ocultaba algo bajo la piel sin saberlo?
No.
Era imposible.
¿O no?
¿Y si en Gevas, otros también tomaban «medicinas» desde la Llama Diez?
¿Y en el Anillo?
¿Y en Nordaar?
¿Y en Albynia entera?
¿Cuántos más escondían algo que ni siquiera sabían que escondían?
¿Cuánto más le ocultaban sus padres?
¿Pero… y si pese a todo, ellos tenían razón?
¿Y si lo que despertó en él no era un don… sino una enfermedad?
¿Y si provenía de los Dioses del Cielo?
O peor todavía… ¿y si era algo profano que jamás debió existir bajo ningún cielo?
¿Algo que los Sacerdotes juraron borrar de la faz de Albynia?
¿Y si estaba perdiendo la cordura, sin ser capaz siquiera de reconocer el instante exacto, en que su mente comenzaba a quebrarse?
Pues aquella mañana en la Puerta de Luz, con el rocío aún fresco aferrado a las piedras del Anillo, y la noche retirándose despacio hacia las hondonadas del valle… Landion se estremeció apenas llegó a los corrales del Anillo.
Pero no por el frío.
Tampoco por el hambre.
Sino por lo que oyó de repente…
Porque escuchó lo que decía un Zancudo…
Y con una claridad imposible, como nunca lo había oído antes…
ya que no fue ese zumbido habitual… ese chillido errático, que cualquiera apartaría con un manotazo impaciente…
sino que fue una avalancha de voces informes precipitándose dentro de su cabeza…
todas y cada una irrumpiendo al mismo tiempo, y multiplicándose por cientos con cada respiro, ¡superpuestas de a miles dentro de sus oídos!
… mientras sacudían las paredes mismas de su pensamiento, hasta hacerle sentir que la mente entera iba a partírsele en dos.
Lo impactaban… tremendamente confusas.
Las enfrentaba… imposiblemente enredadas.
¡Absolutamente ilógicas!