Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) La Cabaña de cedro y pino #2
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La Cabaña de cedro y pino #2

Landion no se atrevió a responder… solo se limitó a observar al Capitán mientras este regresaba a su lugar en la mesa, para retomar los papeles, con la misma calma meticulosa con que había dispuesto los Luminares…

y cerró el asunto con la sobriedad parca, de quien dicta una orden que no admite réplica:

—Partiremos al alba. Ahora come y duerme un rato. Castio te despertará cuando llegue tu turno de relevarlo en la guardia.

El corpulento Castio descansaba sobre la paja en el rincón opuesto, con la espalda apoyada contra la pared de tablas gastadas, y las piernas estiradas con esa soltura que solo concede la costumbre del peligro…

y alzando apenas la cabeza, le dedicó a Landion una mueca mínima en la comisura de los labios…

fue apenas un gesto tranquilo… pero suficiente para que el joven cartógrafo leyera el mensaje sin necesidad de palabras…

El Capitán nunca elogia a nadie, así que tómalo como una victoria.

El Capitán ya estaba de nuevo en su silla, inclinado hacia la mesa junto al veterano explorador de rostro anguloso, mientras las sombras de ambos se proyectaban deformes sobre la pared del fondo…

y entre los papeles cubiertos de anotaciones varias, reposaban los dos Luminares, dispersando su luminosidad amarillenta por la cabaña…

y por la manera en que los desplazaban —para leer mejor las palabras escritas sobre los documentos—, parecían livianos…

de apariencia frágil, aunque Landion sabía que no lo eran, y ninguno superaba el tamaño de una mano cerrada…

y al joven de aquel pueblo de montaña, todavía le asombraba la naturalidad con que estos cristales imponían su claridad sobre la oscuridad…

aunque no como si la vencieran en combate, sino como una bestia domesticada que retrocede dócil ante una señal precisa de su amo.

Su fulgor era tan intenso, que costaba sostener la mirada sobre ellos durante demasiado tiempo, y así terminaron siendo llamados Luminares…

una designación que no brotó de metáforas de poetas ni de cantos antiguos, sino de una constatación áspera y repetida, de haber cegado a demasiadas personas como para merecer un bautismo más amable…

y al igual que ocurría con todo Cristal de Energía, su valor era descomunal…

y fue recién en el Anillo, cuando Landion pudo contemplar por primera vez uno de estos Cristales de Energía Dorados…

donde incluso allí… los legionarios novatos que venían de regiones alejadas, los sostenían con manos enguantadas, y el joven cartógrafo los observaba tratándolos con aquella superstición que llevan consigo las mentes criadas lejos de toda ciencia, que se parecía demasiado al miedo…

como si un movimiento descuidado, bastara para despertar algo dormido dentro de esa intensidad, que no terminaba de caber en lo que entendían del mundo.

Pues en infinidad de lugares, también en el pueblo de pescadores de montaña donde Landion había crecido, la noche continuaba siendo combatida con lámparas de aceite que humeaban hasta ennegrecer los techos, con velas que lloraban cera espesa sobre las mesas, y con antorchas cuyo olor agrio se impregnaba en la ropa…

pero no por un apego romántico a las costumbres antiguas…

sino porque encender algo más, era un lujo que los bolsillos no podían permitirse.

Y mientras el joven cartógrafo permanecía suspendido, entre el asombro por la luz domesticada y la nostalgia amarga de las sombras pobres de su infancia, nació en el aire un murmullo tenue…

apenas un aliento deslizándose entre los documentos de la mesa, que fue adquiriendo forma poco a poco, hasta transformarse en un tarareo reconocible…

cuando la voz gastada del veterano Manor, comenzó suavemente a entonar La dulce Llama de tu Nombre…

aquella canción que siempre regresaba con la proximidad del triste aniversario, como si el propio calendario le exigiera pagar su tributo.

El Capitán no alzó la vista de los papeles… pero su mano dejó de moverse sobre ellos… y Castio, desde su rincón, cerró los ojos un instante con esa calma respetuosa, de quien ya ha acompañado este momento otras veces.

Entonces la melodía comenzó a evocar, la frágil llama que llega después de tanta espera…

esa chispa diminuta que aparece entre dedos que tiemblan de asombro, para luego arder con fiereza luminosa a lo largo de la vida…

moldeando así el carácter… endureciendo la voluntad del que la porta, y calentando todo cuanto alcanza…

hasta que al final… cuando lo inevitable se aproxima con esos pasos sigilosos que nadie consigue escuchar a tiempo…

la luz empieza a debilitarse… y se consume lentamente…

hasta extinguirse ante los ojos impotentes de quienes permanecen alrededor…

El veterano explorador cantaba con la voz baja y pareja, de quien ha aprendido a sostener el peso sin derrumbarse…

pero al llegar a este verso… precisamente a este compás en particular…

la voz le tropezó un instante, en el que incluso el silencio denso se detuvo expectante…

y luego de posar una mano sobre su pecho y cerrar los ojos durante un respiro breve, se obligó a terminar la melodía ante la mirada atenta de todos.

Y su voz volvió a extenderse por la Cabaña de Cedro y Pino, trepando despacio por las vigas…

mientras la letra insistía en que esa llama jamás desaparece del todo, y que incluso después de extinguirse termina encontrando refugio en quienes supieron sostenerla…

y su melancolía espesa terminó entrelazándose con el resplandor sereno de los Luminares, hasta dar la impresión de que esa luz respiraba al compás de la voz cansada de este Nender…

una voz que no se alzaba realmente para los presentes…

sino para ese dulce ser, que apenas alcanzó a rozar el mundo antes de abandonarlo.

La melodía llegó a su fin, diluyéndose igual que una brasa apagándose desde el centro hacia los bordes, y el silencio que quedó detrás resultó tan profundo y tan compacto…

que incluso Landion se encogió sobre sí mismo, como si ese pesar hubiese descendido junto con el aire y ahora descansara entero sobre sus hombros.

Manor llevó la mano al pecho, y bajo el uniforme gris, aferró aquello que colgaba oculto contra su piel, como la única forma posible de sostener eso que hace mucho dejó de existir… y con una devoción tan concentrada que dolía contemplarla.

Desde su rincón el corpulento Castio, Nender de pocas palabras, se incorporó con torpeza, arrastrando su cuerpo ancho que parecía exigirle siempre un esfuerzo mayor del que jamás admitiría, y apoyó la mano sobre el hombro de Manor…

quien sintió el peso de esa comprensión muda, y cerró los ojos un instante…

reteniendo la lágrima en el borde, antes de que alcanzara a descender por su mejilla.

El Capitán observó a los dos veteranos durante un momento, y en su rostro apareció una rigidez breve… una contracción casi imperceptible en la mandíbula, que Landion alcanzó a advertir sin comprender del todo.

—Muchos perdimos algo —dijo enderezando la espalda, con una voz cortante que atravesó la estancia—. Pero no todos nos revolcamos en ello.

La mudez que siguió no fue una simple ausencia de sonido, sino una capa fría que se asentó entre los cuatro.

Y Manor abrió los ojos aún húmedos, pero no respondió.

Castio le apretó el hombro con mayor firmeza, transmitiéndole sin necesidad de abrir la boca… No le hagas caso.

El Capitán volvió a los documentos, inclinando nuevamente el cuerpo sobre la mesa, con los hombros presos de una tensión extraña…

como si intentara contener algo que amenazaba con desbordarse desde su centro mismo…

y desde su esquina, Landion creyó percibir la contención de una herida antigua que jamás se nombraba…

pero que seguía tensándole el pulso bajo cada latido.

El silencio pesaba en ese interior, igual que una piedra de molino olvidada en su lugar por demasiado tiempo, y el corpulento Castio se acercó hasta la puerta, con esos pasos cansinos, que apenas arrastraban las suelas contra el suelo de madera, y tomó el picaporte…

Pero no lo giró…

Lo soltó.

Para volver la mirada hacia el joven cartógrafo, ofreciéndole un leve asentimiento, apenas una inclinación contenida del mentón… un gesto austero, que parecía concentrar todo aquello que podía decir… y también aquello que prefería no decir.

Entonces de pie junto al umbral, el veterano legionario comenzó a arroparse con la capucha de su capa de franjas desteñidas, que le caía pesada hasta las pantorrillas…

mientras aspiraba hondo y dejaba escapar la respiración muy despacio…

y Landion creyó percibir una quietud demasiado profunda en esos ojos cansados…

esa paz tan propia, que solo poseen quienes han dejado de hacerse preguntas sobre el final.

Y movido por ese impulso que lo detuvo, el corpulento Castio se acercó hasta su lugar.

No dijo nada…

Porque casi nunca lo hacía.

Simplemente le extendió su cantimplora.

Landion la observó confundido… la suya aún conservaba líquido… y hasta pesaba lo suficiente, como para prometerle un retorno sin sed hasta el Anillo.

Por eso el veterano insistió, acercando la cantimplora hasta casi rozarle el pecho…

—Yo… ya tengo agua, Castio —atinó a explicar el joven cartógrafo, y desde la mesa, el Capitán y Manor alzaron la vista al mismo tiempo, distraídos por la inesperada voz… antes de regresar casi de inmediato a lo suyo—.

El corpulento legionario negó con la cabeza, y señalando su propia cantimplora, extendió el brazo hacia el noroeste… hacia esa línea invisible, donde el Anillo se levantaba más allá del Bosque Petrificado.

Landion siguió el gesto y comprendió esas palabras que no habían sido pronunciadas… Si algo sale mal y hay que correr, el más rápido debe llegar… y ese eres tú…