La Cabaña de cedro y pino
La Tierra Muerta
Tierra Muerta
Y apenas entró a ese lugar que las leyendas mencionaban con una reverencia casi supersticiosa…
la madera crujió bajo su bota con un lamento que sonó resignado…
como si las tablas parecieran llevar la cuenta amarga de todos los que habían entrado alguna vez allí, en un recuento donde las muertes superaban por mucho a los regresos…
y un único ambiente amplio se extendió ante el joven legionario, sostenido por gruesas vigas de cedro que atravesaban el techo y por sólidas paredes de pino, todavía impregnadas de un olor resinoso…
incluso después de soportar tantos Legados.
Landion respiró hondo.
Estaba dentro de ese sitio.
De esa historia absoluta…
El mismo lugar donde Coole había dormido, donde había planeado expediciones con la paciencia sombría de los condenados, y donde quizá escribió su última carta antes de emprender aquel Viaje del que jamás regresó…
cuando aún podía permitirse creer, que las palabras servían para levantar refugios contra lo inevitable.
El joven legionario sintió que el aire pesaba de un modo distinto allí dentro, y que cada respiración ya no le pertenecía por completo… sino que debía abrirse paso entre presencias invisibles, que no necesitaban emitir sonido alguno para ocupar espacio.
¿Coole habrá rezado allí?
¿En esa misma cabaña, antes de emprender el último Viaje?
Landion quiso creer que sí.
Que el legendario capitán también se arrodilló sobre estas tablas gastadas, con la pequeña estatua de algún dios apretada entre las manos, y murmurando plegarias tensas, en una tierra maldita que no concedía misericordia a quienes rogaban sin verdadera desesperación.
Pero tal vez no lo hizo, porque Coole ya había comprendido aquello que Landion apenas comenzaba a entrever… que en la Tierra Muerta uno estaba solo.
Incluso de los dioses.
Y quizás… por eso nunca regresó.
Entonces alzó la vista hacia las vigas de cedro más bajas, y sobre la madera, apenas visibles bajo capas de resina oscurecida, descubrió marcas talladas a cuchillo.
Se leían nombres.
Se descubrían fechas.
Algunos estaban tachados con furia, atravesados por surcos tan profundos que parecían intentar arrancar el dolor junto con las letras…
otros en cambio, conservaban unas líneas cuidadosas, casi reverentes…
como despedidas murmuradas directamente a la madera, porque ya no quedaba nadie más dispuesto a escuchar.
Ni siquiera se llamaban Incursiones Oscuras , le dijo el Maestro en una de aquellas clases que parecían triviales… hasta que dejaban de serlo.
Solo se les decía… el Viaje.
Recordó el joven legionario mientras observaba los nombres tallados, deteniéndose en algunos con una atención casi devocional y dejando que la mirada resbalara sobre otros…
comprendió que cada uno de esos nombres fue alguien creyendo en sus sueños igual que él…
y que cada uno sintió alguna vez, que escribiría su propia leyenda.
Aunque… ¿cuántos de ellos cometieron errores idiotas?
¿Cuántos rompieron una rama en el momento equivocado?
¿Cuántos provocaron que los Zancudos gritaran como dementes?
¿Y cuántos murieron por eso?
La culpa comenzó a roerle el estómago, y Landion cerró los ojos e inclinó la cabeza en un silencio respetuoso… porque eran demasiados para recordarlos uno a uno, demasiados incluso para contarlos.
Y durante un instante, el niño que había soñado con esto en la seguridad de su pueblo de montaña, tembló de miedo al sentir a la Tierra Muerta apoyársele contra la espalda, igual que una mano inmensa que no necesitaba apretar… para recordarle con precisión brutal dónde se encontraba.
En el centro de la Cabaña de Cedro y Pino, el Capitán permanecía hundido en su silla encorvado sobre la única mesa, con la tupida barba negra cayéndole de punta sobre el pecho…
a la vez que revisaba documentos junto a uno de los veteranos de rostro anguloso y ojos atentos, y ambos trabajaban inclinados bajo la cálida luz de dos Cristales de Energía Dorados, conocidos como Luminares, cuya claridad amarillenta y densa, se derramaba en cada rincón de esa intimidad de madera resinosa.
—Ve a aquel rincón— le asignó el Capitán sin alzar la mirada de los papeles.
Landion obedeció en silencio, aún incapaz de habituarse del todo a esa luz extraña que lo envolvía, y avanzó hacia la esquina señalada con pasos contenidos…
allí, con las manos entumecidas por el cansancio acumulado, forcejeó un instante con el cinturón que sostenía su espada, hasta conseguir desprenderla y apoyarla contra la pared mohosa…
con el cuidado reverente que el arma parecía exigir.
Luego se bajó la capucha, liberando el cabello negro empapado de sudor, y se dejó caer sobre el lecho de paja, desplomándose allí donde la vigilancia podía aflojar apenas lo suficiente para no desmoronarse por completo.
La tensión que se respiraba dentro, resultaba tan punzante como la que aguardaba afuera entre los árboles…
y el Capitán aspiró hondo varias veces… aceptando que había llegado el momento de mover la primera pieza…
y enderezó la espalda con una lentitud medida, a la vez que comenzó a organizar los documentos con una prolijidad cercana a la obsesión…
primero los dobló… luego los alineó con cuidado…
después los apiló uno encima de otro… y finalmente volvió a atarlos con la misma cinta que los había contenido antes, para una vez listos, acomodarlos dentro de la alforja con una paciencia minuciosa…
después tomó su cantimplora de la mesa gastada y bebió un largo sorbo…
y cuando la garganta quedó humedecida, la dejó de nuevo en su lugar…
luego escogió uno de los muchos trozos de carne seca, que descansaban dentro de la envoltura de tela que los contenía, y que se encontraba acomodada a un lado de la cantimplora…
pero apenas sostuvo ese bocado entre los dedos, lo devolvió junto a los demás…
y sus ojos recorrieron los restantes con una atención extraña, pareciendo que estuviera sopesando algo más que el hambre…
y solo entonces agarró otro trozo con un aspecto más oscuro y de fibras marcadas, para comenzar a masticarlo despacio en cuanto lo tuvo entre los dientes…
y durante un instante… un instante minúsculo…
su mirada se deslizó hacia una estatuilla sobre un cajón de madera raída apoyado contra una de las paredes…
como si el sabor, hubiese removido un recuerdo que prefería mantener enterrado.
Y volvió a beber…
Con una parsimonia tan deliberada, que el silencio denso alcanzó a estirarse todavía más dentro de la estancia.
Landion sentía toda esa tensión prendida a la piel… en el estómago contraído que apenas le permitía respirar… y en el impulso torpe y reiterado de acomodarse sobre la paja aplastada bajo su peso, incapaz de encontrar postura alguna que le concediera alivio.
Sentado en la mesa el Capitán volvió a llevar la cantimplora a los labios y bebió con un ritmo medido…
y después permaneció inmóvil un parpadeo…
con la boca apenas húmeda, y con los ojos fijos en una de las paredes de pino, como si buscara algo allí que en realidad no le interesaba…
entonces frunció apenas el ceño y con una calma metódica, se dedicó a separar un poco los Luminares…
desplazándolos apenas unos dedos entre sí…
hasta que la luz amarillenta repartió mejor las sombras sobre las vigas de cedro.
Y recién en ese momento se incorporó por completo, y su altura era mayor que la de cualquier legionario que Landion hubiese visto entrenar en los patios del Anillo, y se impuso en la estrechez de la estancia, mientras avanzaba hacia este sin hacer crujir el suelo más de lo estrictamente necesario…
con sus implacables ojos negros clavados en el joven legionario con una fijeza escrutadora, que parecía medir en silencio cuánto podía el novato resistir, antes de que sus manos terminaran por delatar el quiebre.
—Casi nos matas allá afuera con tu incompetencia —dijo al fin, sin rodeos—. Pero lograste silenciar a esos malditos animales —mordió el pedazo de carne—. Y esto es lo único que importa.
Landion no supo si el aire que le entraba al pecho le traía alivio, o si por el contrario… le tensaba aún más ese puño que tenía hundido en el esternón.
—Escucha bien, muchacho —el Capitán se inclinó hacia él—. No me importa si tiemblas, si dudas, si tienes miedo. Me importa si cumples. Y esta noche, a pesar de ser un desastre ambulante, cumpliste.
Mascaba con decisión, triturando la carne sin prisa y con la boca ocupada, continuó su juicio enderezando la espalda hasta recuperar su estatura, y clavó en Landion una mirada tan fija… que este sintió las costillas comprimírsele bajo esa atención implacable.
—Nos guiaste bien hacia el Lenolito —el Capitán señaló hacia afuera con el mentón—. Ese viejo bastardo del Maestro de la Ciencia nunca está conforme. Pero ahora que confirmamos la ubicación, lo estará.
Seguía masticando… y no apartaba los ojos del muchacho… como si cada movimiento mínimo de Landion, fuese una respuesta muda que él registraba y clasificaba hasta memorizarla.
—Tienes ojo para leer la tierra —añadió antes de beber sin prisa otra vez de la cantimplora—. Eso vale más que toda tu torpeza junta.
Tragó al fin la carne, y el sonido seco del bocado descendiendo por su garganta acompañó el silencio muerto de la estancia… mientras sus ojos negros continuaban atravesando al joven legionario, sin concederle siquiera el alivio de un parpadeo… y así continuó:
—No voy a mentirte, muchacho. Cuando dijeron que vendría un cartógrafo novato pensé que serías una carga —escupió al costado, desprendiéndose de la saliva y de aquella idea con el mismo gesto áspero—. Pero resultaste útil. Si sigues así, quizás no mueras en tu segunda expedición.