Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Zancudos #5
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Zancudos #5

El alquitrán descendía viscoso filtrándose entre las maderas, y cuando terminó de humedecerlas devolvió el pote a su lugar sin perder tiempo, y sin detenerse tomó las piedras de centella apiladas a un lado, y las golpeó con esa destreza aprendida mucho antes de vestir el uniforme imperial…

y las chispas aparecieron de inmediato, con la forma de una pequeña constelación de brillos en la oscuridad, que prendió la primera pira en un estallido súbito de luz.

La leña crujió con un bramido seco, y las llamas se elevaron por encima del joven legionario, incluso más allá del techo de la Cabaña de Cedro y Pino, como si fueran luciérnagas intentando trepar hacia las estrellas invisibles.

Landion las miró arder y pensó inevitablemente en las otras llamas.

Las que aguardaban a los Bestiales.

¿Existiría realmente alguna diferencia?

¿O todo fuego terminaba devorando del mismo modo?

No era una noche fría, y aun así el calor comenzó a envolverlo con la densidad suave de una manta invernal, y durante un instante traicionero sintió el recuerdo de su hogar en Gevas…

con aquellas noches tranquilas donde el fuego crepitaba, mientras las voces familiares llenaban las habitaciones…

pero esa ilusión se quebró enseguida… porque allí el chasquido de las llamas, apenas conseguía aflojar la presión del silencio denso, y el resplandor vibrante les devolvía un movimiento espectral a los esqueletos inertes de los árboles resquebrajados, en los bordes del pueblo.

Las sombras bailaban entre el follaje muerto, y cuando por fin las cuatro piras quedaron encendidas…

la Cabaña de Cedro y Pino… pareció rodeada por centinelas de fuego, por vehementes llamaradas vivas que rugían contra la oscuridad…

mientras el crepitar furioso llenaba el aire con algo extrañamente cercano a la tranquilidad, como si la noche hubiera retrocedido apenas unos pasos.

Landion respiró aliviado.

Aunque persistía algo en el fondo de su mente que no lograba nombrar.

Un pensamiento pequeño.

Insistente.

¿Y si el fuego no bastaba?

La idea lo golpeó con la violencia súbita de una tormenta, pero la rechazó de inmediato.

Porque las piras siempre funcionaron.

¡Siempre!

Las piedras de centella cayeron junto al pote de alquitrán, con un chasquido seco cuando Landion las dejó caer, y después se restregó las manos, para quitarse el polvo oscuro adherido a la piel… al mismo tiempo que regresaba junto a los zancudos para una última inspección.

Las ataduras seguían firmes, sin embargo los animales permanecían inquietos… agitando sin parar las alas diminutas, con un nerviosismo insistente que parecía recorrerles el cuerpo entero.

—Temor —susurró, el de pico ancho como pala.

Y durante un instante espantoso, Landion sintió dentro de su propio pecho el miedo del Zancudo…

con la forma de un terror ciego que le trepó por las piernas sin palabras ni razones…

solo ese instinto animal que no entiende de guerras ni de dioses, pero reconoce perfectamente cuándo la oscuridad trae dientes…

y lo más perturbador no fue el miedo en sí, sino no saber si era suyo.

Porque hacía ya demasiados Halos que no conseguía distinguir dónde terminaba lo que él sentía…

y dónde comenzaba lo que le llegaba desde afuera, desde esas gargantas extrañas que ahora le hablaban con una claridad insoportable…

y la idea de que su propio cuerpo ya no le perteneciera del todo…

de que cualquier criatura asustada podía filtrársele dentro sin pedir permiso… lo heló mucho más que la noche.

Aun así el joven legionario les habló, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo apenas audible:

—Mientras el fuego siga ardiendo, ningún novivo se atreverá a acercarse. Ahora duerman tranquilos.

Y traicionado por el agotamiento y el miedo, de hecho, sin siquiera proponérselo… dejó escapar una oración:

—Dioses del Cielo… —Cerró los ojos con fuerza—. Si ya me abandonaron por lo que soy… al menos permitan que muera siendo un legionario. No como un novivo.

Abrió los ojos.

El cielo permanecía mudo.

Landion soltó un suspiro resignado, y comprobó con un tirón breve, la firmeza de los nudos una última vez.

Continuaban tensos.

Tal como habían estado apenas un respiro atrás… pero de igual modo volvió a revisarlos, incapaz de confiar del todo, y aplicando más fuerza sobre las cuerdas en busca de algún desliz mínimo… de alguna falla invisible capaz de condenarlos a todos mientras dormían.

Pero los nudos no cedieron.

Tal vez sí, haría falta una espada para desatarlos , pensó, y la imagen satisfecha de su abuelo pescador atravesó su memoria con una claridad inesperada… porque estos recuerdos siempre terminaban regresando a él.

Un poco más tranquilo tras cumplir finalmente con su tarea, recuperó su alforja abandonada que aún descansaba sobre el suelo… y se encaminó hacia ese interior que prometía refugio, donde lo aguardaban los otros legionarios.

Necesitaba descansar… y mucho.

Aunque solo fuera durante unos pocos Pulsos.

Pero mientras se acercaba a la puerta de la Cabaña de Cedro y Pino, una parte de él comprendió, con una incómoda claridad, que el sueño no llegaría fácilmente.

No con aquel susurro en el fondo de su mente, regresando una y otra vez, igual que una gota cayendo en la oscuridad…

¿Y si el fuego no bastaba?