Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Zancudos #4
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Zancudos #4

Entonces el Capitán se llevó ambas manos a la cabeza, intentando bloquear ese martilleo insoportable, y regresó a la Cabaña de Cedro y Pino, cerrando la puerta con un portazo tan brutal que sobresaltó al joven legionario, e incluso habría hecho vacilar a la muerte misma, de haber estado allí para escucharlo.

Dentro ya descansaban los otros dos legionarios, atrapados en ese reposo incompleto, que no suele abandonar del todo la tensión en los hombros…

ni permite que una mano se aleje demasiado del arma…

después de descargar a toda prisa las maderas destinadas a futuras reparaciones, transportadas desde aquel Anillo distante, al que sin necesidad de pronunciarlo en voz alta… ansiaban regresar cuanto antes.

—Hambre. Ham… —insistieron los Zancudos, como si nada hubiera ocurrido.

—¡Basta! —susurró Landion—. ¡No quiero hablarles!

—bajó todavía más la voz, casi hasta deshacerla entre los dientes—.

Si me descubren. Si alguien me oye —miró a ambos lados, temiendo por un instante que hasta el aire mismo tuviera oídos—.

No hay más comida, ¿entienden? Ni frutas, ni verduras, ni raíces.

Nada —tiró de las riendas con firmeza—. Deben resistir hasta llegar mañana al Anillo —dio otra sacudida—. ¡Hagan silencio, por favor!

La furia le hervía dentro de las manos, aunque la simple idea de castigarlos le comprimía el pecho bajo el peso de la culpa…

pero allí no existía espacio para indulgencias…

¡no en la mismísima Tierra Muerta!… y empujado por ese impulso primario de supervivencia, terminó lanzando una amenaza, que la supo falsa desde el instante mismo en que abandonó su boca:

—¡No me obliguen a buscar el látigo!

Sabía con una nitidez que dolía, que no debía hablarles.

Sabía que cada palabra pronunciada de aquella manera, representaba un paso más cerca de la hoguera.

Pero cuando estaba solo, el riesgo adquiría un peso casi tolerable.

Aunque bastaba un único testigo.

Solo uno… y ardería como los demás Bestiales.

Y entonces los animales callaron.

Incluso bajaron la cabeza.

¿Pero fue por sus palabras?

¿O por la violencia de las riendas tensándose una vez más contra sus cuellos?

Fuera cual fuese la razón, uno de ellos hundió aún más su pico de marfil, como si recordara el dolor reciente que le había cruzado el lomo… y esa quietud forzada, sugería que al fin habían entendido.

Era obedecer… o el escarmiento.

Silencio absoluto… o dolor absoluto.

No tenían demasiadas opciones en la Tierra Muerta.

—Hermoso silencio —murmuró Landion, dejando escapar el aire contenido.

Pero dentro de su mente no encontró mutismo alguno… y el recuerdo regresó sin pedir permiso, arrastrándolo de nuevo hacia aquella mañana en que un simple olvido, sacudió los cimientos de su cordura, y dejó al descubierto eso que el jarabe había mantenido cuidadosamente oculto.

Y así sin preludio irrumpieron las voces de golpe… junto con el terror.

Sí.

Terror puro.

Un terror profundo, aplastándole los pensamientos.

Pero también… algo más.

Algo que no se atrevía siquiera a nombrar dentro de sí.

Porque cuando Zancas lo comprendió durante la marcha, en medio de ese pedido desesperado nacido de la necesidad extrema…

No sintió únicamente miedo.

Sintió… conexión.

Y eso lo aterraba aún más.

Porque una parte de sí mismo lo sentía como un don…

Pero pensar de esa manera era herejía.

Porque los Sacerdotes enseñaban que era una maldición…

Y dudar de los Sacerdotes, equivalía a dudar de los Dioses.

Y dudar de los Dioses…

No.

Sin dudas, era una maldición.

Tenía que serlo.

Y sabía exactamente lo que esto significaba…

Era un Bestial.

Y la ironía resultaba casi cruel.

Porque Landion nunca fue un amante de los animales.

No los odiaba.

Tampoco les temía.

Simplemente los evitaba con una disciplina casi ritual.

Porque, bueno… le molestaban.

Simplemente eso.

Le incomodaban sus olores fuertes… el calor húmedo de los cuerpos demasiado cerca… los sonidos que emiten constantemente… la manera en que invadían el espacio ajeno, sin comprender límites.

¡Por momentos le resultaban insoportables!

Y ahora podía entenderlos.

Ahora sus voces lo perseguían igual que ecos imposibles de expulsar de la cabeza… y todo por un poder que nunca había deseado, ejercido precisamente sobre criaturas que jamás le interesaron, y llenándolo de una certeza insoportable que solo tenía un final imaginable… la hoguera.

Había presenciado el Carromato del Juicio atravesar las calles de Gevas, avanzando con aquella lentitud solemne, que anunciaba funerales antes incluso de que aparecieran los condenados, mientras los Custodios de la Fe arrastraban a hombres y mujeres por el polvo de las calles de ese pueblo de montaña, bajo una lluvia de insultos y saliva…

a la vez que la multitud gritaba al unísono…

¡Quémenlo!… ¡Bestial!… con voces que repicaban como campanas de muerte.

Incluso conocía una historia que todos murmuraban en voz baja sobre un poblado cercano, donde la turba se adelantó a los mismísimos Custodios de la Fe…

y ataron a un niño Bestial de brazos y piernas contra un poste clavado en mitad de la calle, y encendieron la leña allí mismo…

frente a familias enteras, que observaban cómo el fuego devoraba lentamente la carne viva.

El humo negro elevándose despacio.

El olor espeso de la carne quemada.

Y la gente… la gente bailando alrededor.

Y ahora él era uno de esos condenados.

¿Pero condenado por quién?

¿Por los hombres… o por los Dioses?

Landion había rezado cada noche desde niño, había aprendido las oraciones antes incluso que muchas otras palabras, e inclinado la cabeza obedientemente frente a los altares… aun cuando no comprendía del todo quién escuchaba desde el otro lado del silencio.

¿Y ahora?

¿Ahora era una abominación?

¿Acaso los Dioses lo habían abandonado?

O peor todavía… ¿jamás habían estado allí?

Entonces, como si la oscuridad misma quisiera recordarle cuán insignificante y prescindible era dentro de aquel reino sin misericordia, percibió la negrura cerrándose a su alrededor con una quietud aplastante…

y así… con un golpe definitivo, el mutismo sepulcral terminó filtrándosele hasta los órganos, llenándolos de un horror sin nombre.

Y lo dejó temblando.

Inmóvil frente a la puerta de la Cabaña de Cedro y Pino.

Frente a esa tremenda oscuridad que temía y desafiaba al mismo tiempo.

Solo con los Zancudos como testigos.

Solo entre bestias.

Y entonces recordó dónde estaba realmente.

Tomó conciencia del suelo bajo sus botas.

De la ceniza.

Del frío.

De la inmensidad vacía.

Era ni más ni menos que la mortífera Tierra Muerta.

Y la ausencia lo golpeó con una violencia abrumadora.

Le vació los pulmones…

Porque incluso el viento parecía haberlos abandonado.

Los chirridos de puertas y ventanas se extinguieron.

Junto con aquellos otros ruidos que ya no existían ahí, desde que el Evento trajo consigo esos millones de soles.

No había insectos.

Ni lobos aullando en la distancia.

Ni serpientes voladoras girando sobre un cielo estrellado en busca de presas jugosas.

Ni siquiera el crujido seco de hojas muertas desplazándose sobre la tierra.

Nada.

Absolutamente nada rompía la mudez tenebrosa.

Porque el silencio denso ya no era algo que simplemente los rodeaba…

Era algo que los comprimía.

Este era el reino que los Dioses del Cielo le habían entregado a la fortuna.

O eso decían los Sacerdotes.

Y Landion siempre lo había creído.

Además, estando aquí…

Resultaba demasiado fácil sentir que ningún Dios seguía pisando este suelo.

Tierra Muerta…

Tenía bien ganado su nombre.

A Landion le temblaban las manos, ¡pero aún debía encender las piras!

, y esa obligación se le impuso con una urgencia casi brutal…

así que se movió con rapidez para recoger el cubo rebosante de alquitrán dispuesto por allí y comenzó a empapar una a una las cuatro piras de leña levantadas en cada esquina del refugio…

mientras el aire se saturaba poco a poco con el olor ácido del combustible, en un hedor penetrante que le irritó los ojos, y terminó arrancándole unas lágrimas involuntarias.