Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Zancudos #3
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Zancudos #3

Los Zancudos se chocaron entre sí, antes de comenzar a olfatear todo con desesperación…

hurgando a ciegas con las fosas nasales bien abiertas, a la vez que levantaban polvo con sus picos, al escrutar cada migaja rancia que aún sobrevivía en esa alforja…

pero no hallaron rastro alguno de otro vegetal…

y solo permanecía el aroma pesado de la carne y el oloroso queso.

—¡Hambre! ¡Hambre! —sonó el coro, cargado de frustración cruda.

—¡No hablen, he dicho! —insistió Landion, sintiendo la garganta tensarse hasta dolerle, pero no por haber alzado demasiado la voz, ya que no llegaban a ser gritos los sonidos que expulsaba… ¡sería una locura hacerlo ahí dentro!… sino por ese esfuerzo extraño y agotador que le exigía cada graznido.

—Verdura. Fruta.

—Hambre. Comida.

Las voces no paraban.

Y el joven legionario apretó los dientes, porque cada chillido caía sobre la noche, igual que el golpe de una campana maldita, convocando a los novivos escondidos entre aquellas sombras, donde el silencio nunca era completo del todo.

—Fruta. Hambre.

—¡Cállense! —exclamó—. ¡Por favor, cállense!

Pero de nuevo las palabras le salieron desnudas… astilladas por el pánico… e incapaces de transformarse en aquello que debían ser.

—¡Por favor, cállense! —suplicaba, ya.

Sin embargo, su boca no lograba encontrar los chillidos correctos, y la lengua parecía tropezar consigo misma, dentro de una garganta cada vez más seca.

Y las voces de los Zancudos viajaban sin freno por la oscuridad, desgarrando alocadas el silencio de la Tierra Muerta… y aunque no existían ecos capaces de sostenerlas en este mundo roto, siempre surgía algo en la distancia que terminaba oyéndolas.

Algo que siempre esperaba.

Hasta que un largo zumbido silbó peligrosamente cerca del oído del joven legionario, cortando el aire con la velocidad de una guadaña…

¡CHAZZ!

¡CHAZZ!

¡CHAZZ!

Los latigazos rasgaron el aire con una precisión brutal, aunque no fueron golpes nacidos de una crueldad entregada a la tortura… sino golpes destinados a imponer silencio.

Porque en la Tierra Muerta el látigo no representaba castigo…

Representaba supervivencia.

—¡Dolor! ¡Dolor! —chilló uno de los zancudos, apenas sintió el cuero golpearle el lomo tres veces seguidas, haciéndolo retorcer en un lamento descompuesto.

Y Landion se estremeció como si el ardor del cuero le hubiera atravesado la piel a él mismo, y giró la cabeza para encontrar al Capitán de pie a su lado, con el látigo todavía vibrándole en la mano derecha, y el brazo endurecido por la tensión…

mirándolo fijo a los ojos, con una mueca dura clavada en ese rostro curtido.

—Prefiero que sufran a que nos maten a todos —gruñó entre dientes.

Lanzando el cálculo frío de quien ya había sobrevivido demasiadas noches rodeadas de peligro, y aprendiendo a fuerza de cadáveres, qué concesiones jamás podían hacerse… menos aún dentro de la denigrante Tierra Muerta.

Los chillidos volvieron y le erizaron la piel a Landion, quien intentaba contener desesperado a los animales, que se removían violentamente sacudiendo las cabezas, tensando las riendas hasta el límite, y nerviosos golpeando el suelo con esas patas largas que tanto debían proteger…

y ya no parecían monturas entrenadas… sino criaturas empujadas al borde mismo del terror…

sostenidas apenas por unas cuerdas que el miedo volvía peligrosamente delgadas.

—¡Controla a los animales, muchacho! —escupió el Capitán—. ¿No eres capaz de atar en silencio a unos simples pájaros?

¡CHAZZ!

El látigo volvió a silbar en el aire, pero esta vez no para golpear… sino para dejar suspendida en el ambiente la amenaza de dolor del próximo impacto.

—¡Nos vas a enterrar a los cuatro, Landion! ¿Quieres que todos los novivos de la Tierra Muerta vengan por nosotros?

Landion no respondió.

Las disculpas ya no tenían peso alguno.

Siempre había soñado con impresionar a un superior.

Con escuchar a un oficial pronunciar su nombre con orgullo, frente a los demás legionarios.

«Landion hizo un buen trabajo».

«Landion tiene futuro».

Pero en cambio, su nombre sonaba como una condena en la boca del Capitán… escupido entre dientes, con una ira que no admitía matices.

Y lo peor… lo peor, era que se lo merecía.

—¿Quieres morir aquí? —la voz del Capitán parecía destilar veneno—. ¿Quieres pudrirte caminando como esas cosas?

—¡No, claro que no, Señor! —respondió Landion, con una voz más rendida que aterrada.

La mano del Capitán volvió a agitarse irascible… golpeando solo la oscuridad.

¡CHAZZ!

¡CHAZZ!

¡CHAZZ!

Pero los animales seguían sin callar… y el caos continuaba cerrándose alrededor de ellos, igual que una trampa invisible… como si la noche misma estuviera empujándolos poco a poco, hacia el centro inevitable del desastre.

Landion cerró los puños con fuerza.

Porque la rabia le ardía en las venas…

Y sí, realmente no podía sentirse de otra manera.

Pero su rabia no iba dirigida contra los Zancudos, que únicamente reclamaban aquello que sus cuerpos le exigían bajo el agotamiento del terror… sino contra su propia torpeza, contra esa incapacidad reciente que nuevamente parecía palpitarle en los dedos.

Ellos tenían hambre.

Tenían miedo.

La culpa había sido suya… y peor aún, también lo había sido la estupidez.

Y todo por la maldita manzana.

Por no haber pensado más allá de ese gesto mínimo…

Por creer que un acto de bondad, podía no tener consecuencias en la Tierra Muerta.

Él siempre había imaginado su bautismo imperial envuelto en elogios, en palmadas firmes sobre la espalda, y en miradas de orgullo de sus superiores… que lo señalaran como uno de los legionarios jóvenes más prometedores de la Legión Imperial.

En cambio… ¡en cambio!… la vergüenza le ceñía la frente igual a una corona de espinas, imposible de arrancar sin llevarse piel y sangre detrás.

Y la noche… la noche todavía no había dicho su última palabra.

El Capitán seguía encendido de furia, y no dejaba de agitar el látigo en el aire, pareciendo una serpiente incapaz de encontrar reposo… y sus ojos negros se clavaron en Landion con una ira tan concentrada, que parecía capaz de desgarrarlo allí mismo sin necesidad de descargar un solo golpe.

—¡Y deja de graznar con ellos, maldición!

—rugió en medio de aquella anarquía animal—.

¿Estás perdiendo la cabeza? ¡Por los Dioses del Cielo!

¿Acaso eres un… Bestial? —la última palabra le había salido distinta, mucho más baja, como si la hubiera mordido para que no entrara en la Cabaña de Cedro y Pino.

¿Graznar?

La palabra cruzó la mente de Landion como un relámpago fulminante.

Porque comprendió de inmediato, con una claridad que le heló la sangre dentro de las venas, que el Capitán no había escuchado palabras en su boca… solo graznidos.

Idéntico a los de los zancudos…

¿Y lo de nombrarlo un Bestial…?

La voz del Capitán sonó diferente al decirlo… mucho más baja… pareciendo contener un secreto… como si… como si…

Pero no.

No podía ser eso.

Seguramente, la había escupido al aire con la misma brutalidad descuidada, con que un soldado llama cobarde a otro que tiembla antes de entrar a una batalla, sin pensar demasiado en el peso verdadero de lo que acababa de pronunciar.

O al menos así quiso convencerse.

Pero un escalofrío glacial atravesó a Landion…

Porque en definitiva, el insulto impulsivo del Capitán no terminaba siendo solo una provocación nacida de la rabia… era su verdad rozando algo prohibido.

La hoguera.

Esta palabra le ardió dentro de su mente, igual que una brasa enterrada entre las costillas, que se niega a consumirse.

—¡Hazlos obedecer con fuerza, es lo único que entienden, o te juro que el siguiente azote será para ti! —gritó el Capitán, elevando el brazo con el impulso contenido de un golpe todavía no descargado.

—¡Claro que no hablaba con ellos! ¡Intento controlarlos, Capitán! —replicó Landion, en una desesperada defensa tardía y con el terror apretándole el cuello.

Y fue precisamente el miedo quien lo traicionó.

Porque le arrancó la palabra antes de poder contenerla…

Hablaba… dijo sin más.

Cuando debía haber dicho… graznaba.

Y al mentir, sintió algo quebrarse en su interior.

Pues no estaba engañando solamente al Capitán.

Sino también les mentía a los Dioses.

Perdónenme , suplicó en un hondo silencio, apretando los puños… Yo no quiero ser esto. Yo no elegí ser esto.

Pero los Dioses del Cielo no le respondieron.

Nunca lo hacían.

Y Landion sabía perfectamente que si el Capitán llegaba a descubrirlo…

No importaría cuántos juramentos hubiera pronunciado frente al estandarte imperial, ni cuánto sudor hubiera derramado durante la instrucción.

Porque los Bestiales ardían sin excepción.

Esa era la ley.

Esa era la fe.

El Capitán bajó el brazo con una lentitud pesada, cargada de ese desprecio desabrido que reservaba para quienes consideraba inútiles.

—¡Hablabas, dices! ¡Graznabas como un loco!

¡Así que déjate de tonterías! —tiró las palabras, mientras alzaba la vista hacia el cielo ya despojado del último reflejo de luz—.

El sol ya se ha ido. ¡Termina con los Zancudos y prende las piras!

Quiero creer que sabes lo que la oscuridad significa en estas tierras, ¿no?

—gruñó, arrastrando la pregunta igual que una amenaza—. ¡Es cuando los novivos salen a cazar!

—¡Sí, Capitán! ¡Enseguida encenderé las piras!

El látigo regresó al cinturón con un movimiento corto y preciso, quedando colgado inmóvil, aguardando paciente su próximo uso.

—Hambre. Hambre —no dejaba de oír Landion, como súplicas acumulándose sin descanso.

—Cruaaa. Cruaaa —era todo lo que escuchaba el Capitán.

—¡Cállalos, carajo! ¡Esos graznidos me destrozan la cabeza!

Landion suponía que el Capitán no podía entenderlos.

Más aún, estaba completamente seguro de ello…

porque esa furia ciega, solo podía pertenecer a alguien incapaz de percibir significado alguno detrás de esos sonidos…

al margen de que… claro… nadie en su sano juicio admitiría nunca el poder comprenderlos…

y esto era algo que tenía perfectamente claro para sí mismo.