Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Zancudos #2
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Zancudos #2

Luego de unas últimas palmadas a Zancas para tranquilizarlo, el joven legionario se ocupó primero de amarrar al Zancudo del Capitán, cuya cresta mostraba un matiz más oscuro que las del resto…

después tomó las riendas del más inquieto de los cuatro, que no dejaba de sacudir el cuello ni de raspar la tierra con movimientos nerviosos…

para continuar con el más corpulento de todos, con ese pico ancho como pala…

y al final llegó el turno del suyo, que bajo esa luz moribunda, las plumas pardas le parecían más claras que las de los demás, aunque tal vez no fuera más que una ilusión nacida del afecto.

Y en este mismo orden, los fue asegurando con nudos triples a los ganchos de hierro incrustados en un poste, que estoico, se mantenía clavado a pocos pasos de la entrada de la Cabaña de Cedro y Pino, apretando cada lazada, con la firmeza que aprendió a fuerza de gruñidos impacientes de instructores, que repetían que un mal nudo podía condenar a toda una expedición…

y si bien no era el enredo legendario de los cuentos que le narraba su abuelo pescador…

aquel nudo imposible que solo el gran héroe conseguía desatar usando el filo de una espada…

se lo veía lo bastante sólido para mantener sujetos a los animales durante la noche.

—Hambre. Hambre —se oyó el chillido agudo de Zancas, y el sonido rasgó el silencio denso que los envolvía.

Landion miró hacia los lados con cautela, y una sensación fría se le clavó en el estómago, y tardó un instante en comprender que no nacía solamente del temor a ser oído…

sino de la impresión perturbadora de sentir que ese reclamo le brotaba desde el mismo hueco oscuro que exigía alimento dentro de Zancas…

y como si ambos compartieran la misma ansiedad bajo aquella noche enferma.

—Hambre. Hambre —volvió a oírse, quebrando ese silencio denso, que intentaba recomponerse alrededor de ellos.

No parecía haber nadie más allí afuera, así que Landion se inclinó hacia el zancudo y le susurró casi pegando los labios a las plumas tibias del cuello:

—¡No hables! ¡No hagas ruido!

¿Qué le pasa a este animal?… pensó Landion, el legionario más joven apostado en esta tierra maldita, que según le había enseñado el Maestro Elonio, ni los propios dioses se dignaban a decir su nombre…

pues gracias a todo lo aprendido sobre los Zancudos en los Corrales del Anillo, sabía perfectamente que siendo de regiones agrestes, estas criaturas no precisaban alimentarse en cada amanecer, sino apenas una vez cada varias salidas del sol…

y ya antes de partir, los habían alimentado en abundancia con las primeras luces de ese mismo Halo…

justamente para asegurarles la resistencia necesaria durante la expedición…

por lo tanto, era evidente que este clamor nocturno no nacía de un estómago vacío, y precisamente por eso se le erizaba la piel.

Porque los sentidos de Zancas se encontraban demasiado inquietos… muy lejos de esa calma casi indiferente, que mantenía por costumbre.

—Hambre. Hambre —se escuchaba, con una terquedad que ya no sonaba caprichosa.

Y que dejaba bien en claro que el Zancudo buscaba energía…

Pero… ¿energía para qué?

¿Para alimentarse?

¿Aun cuando el buche debía de seguir lleno de drunas?

¿O para resistir?

¿Para tener todavía más energía para escapar a toda prisa si la noche decidía mostrar finalmente los dientes?

La idea lo atravesó como una brasa helada descendiendo por la espalda, porque si algo había aprendido desde su llegada al Anillo, era que muchas veces la lógica no ofrecía refugio alguno…

y allí donde el silencio denso parecía siempre estar escuchando…

y donde incluso las sombras daban la impresión de acercarse cada vez un poco más, cuando nadie las miraba directamente… todo se hacía posible.

Todo.

Absolutamente todo.

Incluso aquello que jamás se pronunciaba en voz alta, aguardaba su turno bajo ese suelo muerto extendido hasta el horizonte, en un territorio que los Dioses del Cielo habían abandonado hacía Dominios enteros, dejando reinar en su lugar a un silencio denso que no era una ausencia verdadera… sino renuncia.

En su alforja quedaba una manzana, también media hogaza de pan algo endurecida, y un generoso trozo de carne seca cuyo aroma persistía entre las telas, junto a un triángulo de un delicioso queso darinio, que deseaba disfrutar despacio al final de la jornada.

La ración era modesta, pero suficiente para lo que restaba de la Incursión Oscura, porque apenas despuntara el nuevo amanecer… los cuatro expedicionarios espolearían a sus Zancudos, y se lanzarían al galope tendido por el Camino Silente hacia la Puerta de Luz.

Pensar en ese retorno, en dejar atrás este reino enfermo de cenizas y ruinas, y volver a ver el perfil inmenso del Anillo recortándose contra un cielo claro, consiguió aquietarle un poco el pulso a Landion…

así que decidió reducir su propia cena, renunciar al pequeño lujo de un dulce postre, por así decirlo…

con tal de apaciguar a su montura inquieta, y comprar con ese sacrificio mínimo, una noche abrigada por la mudez de su pájaro.

—Ten, Zancas. Come y cállate de una vez —le ordenó, acercándole la manzana a su hermoso pico de marfil.

El animal la atrapó con rapidez, como si comprendiera que necesitaría cada gramo de aquella pulpa dulce más pronto que tarde… y comenzó a desgarrarla con el pico, arrancando trozos húmedos que desaparecían de inmediato en su garganta.

Y sin aviso, o mejor dicho, como era enteramente predecible… ocurrió aquello que debía ocurrir.

—Verdura. Fruta —el Zancudo del Capitán comenzó a exigir su parte, alzando la cresta oscura y tensando el cuello hacia la alforja.

Y Landion miró hacia esa voz.

—Hambre. Comida —otro se acopló enseguida, olfateando el aire con el ancho pico entreabierto, igual que una criatura desesperada por arrancarle nutrientes al vacío mismo.

Y Landion giró hacia esa voz.

—Fruta. Hambre —y entonces el más inquieto se sumó con un chillido distinto, cerrando el trío que resonaba como cencerros rotos sacudidos sin compasión.

Y Landion… por supuesto… volteó hacia esa voz.

Los tres animales tiraban de sus amarras como si hubiesen pactado ese instante exacto, y sus reclamos comenzaron a cercarlo desde el poste, que vibraba bajo la tensión de cuerdas viejas y cuerpos impacientes.

Hasta que todo estalló en una algarabía pura.

Llena de aleteos inútiles que no conducirían a ningún cielo.

Abarrotada de un repiqueteo de patas, golpeando la polvorienta tierra con una impaciencia casi ofensiva.

Y colmada de chillidos entrelazados en un coro frenético, que desgarraba el silencio denso.

Hacía demasiado tiempo que no se oía tanta vida en este lugar.

Desde los remotos «Viejos Tiempos», cuando hasta los charcos rebosaban de criaturas diminutas, que llenaban las noches de un zumbido persistente, bajo un cielo todavía intacto, cruzado por bandadas innumerables, y por vientos que arrastraban el olor a tierra mojada y a flores silvestres, y donde cada rincón parecía cantar al ritmo de su propia melodía…

entre sombras que solo eran sombras proyectadas por los vivos y no escondites para algo hambriento sin aliento.

Los «Viejos Tiempos», dirían suspirando en el Anillo…

al recordar aquellos Halos anteriores al Evento que arrasó las almas en un solo parpadeo, antes de que alcanzaran siquiera a comprender qué estaba descendiendo sobre ellos…

y dejó al silencio denso gobernando sobre ruinas impúdicas, donde el viento hacía sonar las puertas igual que campanas funerarias…

mientras las sombras se volvían escalofriantes refugios, para algo hambriento que aprendió a respirar dentro de la muerte…

y los caminos reducidos a senderos de polvo gris, quedaron entregados a esa muerte que caminaba sin descanso, ya dueña absoluta de una eternidad podrida.

Pero ahora, en estos tiempos malditos…

Ese coro frenético.

Ese aleteo inútil.

Ese repiqueteo inquieto que no hacía más que levantar polvo y arrojarlo contra los ojos abiertos.

Ya no era alegría.

Era una llamada…

Una mismísima invocación a la tragedia.

—¡Silencio! ¡Callarse! —ordenó Landion, mientras el pavor le trepaba por el pecho como una marea fría.

Pero esta vez las palabras no se transformaron.

Salieron desnudas.

Inútiles.

Los Zancudos no las comprendieron, y el coro frenético continuó desatado, porque el pánico le había cercenado aquella capacidad nueva que ahora llevaba dentro, y sus órdenes no eran más que sonidos huecos, disolviéndose en el aire espeso de la noche.

Mientras tanto, Zancas devoraba la manzana con una lentitud desesperante, arrancando pequeños trozos de pulpa y masticándolos con una parsimonia irritante, en un lujo insoportable para los demás animales, que seguían lanzando gritos y aleteos que no los llevaban a ningún lado… y mucho menos al cielo.

¿Pero eran realmente voces?

¿O simples chillidos sin significado?

Landion apretó los ojos con fuerza, intentando recuperar un control, que se le escurría entre los dedos sin que pudiera aferrarlo.

Solo le quedaba respirar hondo… y lo hizo una vez.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Entonces volvió a intentarlo:

—¡Basta! ¡No tengo más para darles! ¡No hablen! —les exigió, con una irritación que le raspaba la garganta.

Y esta vez sí, los graznidos brotaron correctos desde su boca, bien ásperos y moldeados tal como debían sonar…

pero los hambrientos Zancudos ya se encontraban demasiado alterados, y lejos de calmarse…

intentaron hundir sus enormes picos dentro de la alforja del joven legionario, tironeando con torpeza insistente hasta que la correa cedió y terminó deslizándose de ese hombro para caer al suelo con un golpe seco.

El pan rodó sobre la tierra, el queso asomó apenas su blancura tentadora entre la tela abierta, y la carne seca, gracias a una fortuna que esta vez se mantuvo piadosa, permaneció al abrigo de la tela.