Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Zancudos
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Zancudos

La Tierra Muerta

Tierra Muerta

Entonces Landion se quedó solo…

Porque su mente seguía aturdida, y cada intento por ordenarla, se estrellaba contra esa sacudida brutal que lo embistió unos cuantos Halos atrás… cuando apenas transitaba los primeros amaneceres de su estadía en el Anillo.

Y ajeno a ese torbellino, aunque en cierto modo formando parte del mismo pulso que le agitaba el cráneo al joven legionario…

Zancas se aproximó resoplando suavemente, a la vez que inclinaba su enorme cuello cubierto de plumas pardas en busca de unas caricias…

y Landion… todavía extraviado dentro de su desconcierto, permitió que la mano se le hundiera lentamente en ese plumaje tibio y áspero, sintiendo bajo los dedos el calor animal que seguía latiendo firme, con una simpleza por completo ajena al temor que le devoraba la mente…

y reconoció entonces, en este gesto sencillo y casi mecánico, la lealtad que estas bestias ofrecían desde el instante mismo en que rompían el cascarón, y abrían los ojos a la luz por primera vez, en una obediencia ciega que no nacía de la inteligencia ni del afecto, sino de algo más hondo y más puro, como si hubiesen sido creadas únicamente para avanzar junto a sus jinetes hasta el final…

y el contacto lo arrastró de vuelta a los patios de entrenamiento, a los suelos cubiertos de barro endurecido y paja húmeda, y a las voces ásperas de los instructores, que hablaban de la fuerza monstruosa de los machos adultos, con esos lomos capaces de sostener a tres jinetes armados sin doblarse siquiera…

y en medio de todo esto, le llegó la nostalgia de su mejor amigo Perdeo…

que alzaba cuatro barriles apilados sobre los hombros con una facilidad insultante, y que aun así encontraba aliento para discutir con el tonelero gruñón, a la vez que los demás terminaban riendo hasta doblarse de dolor.

—¡La columna ambulante! —le gritaban por todas las calles de Gevas.

Las manos del joven legionario recorrieron despacio el lomo de Zancas y ascendieron por el cuello hasta encontrar el pico marfil, que se mantenía tibio allí donde todavía conservaba el calor de la respiración, y al descender otra vez por el costado del cuerpo rozaron las escamas perladas de las patas, que apenas devolvían destellos bajo la luz menguante…

reacias a traicionar su presencia en la noche que comenzaba a cerrar su mandíbula sobre ellos.

Ese contacto le recordó que algo seguía vivo y cálido junto a él, y eso le bastó para que volviera a respirar hondo, y agradeció en silencio que Zancas no fuera uno de esos machos de plumas verdosas, que solían incendiarse bajo el sol del mediodía…

pero no en un fuego verdadero, por supuesto, esto es una simple metáfora…

sino en ese resplandor aceitado, que le recorría el plumaje cada vez que la luz los golpeaba de frente, y las crestas turquesas en sus cabezas se balanceaban dando destellos al caminar en un despliegue casi circense…

sin dudas, demasiado llamativo para estas tierras.

Pues como ya aprendieron con las capas… en territorio de novivos, cualquier brillo excesivo resultaba ser una forma infalible de morir entre la podredumbre de esas ruinas…

aunque esto también terminaba siendo una metáfora…

porque si bien era cierto que aquí uno moría en esa frontera impía, donde el corazón se detenía…

no era menos cierto que el cuerpo continuaba erguido por la eternidad… perteneciéndole a la Tierra Muerta.

Y además Landion conocía bien a estos machos, por visitar seguido los Corrales del Anillo durante el transcurso de su instrucción…

en donde tuvo la suerte de presenciar la famosa y desmedida Danza del Zancudo, que arribaba puntual con la época del celo, cubierta de aquella fiebre feroz que transformaba a los machos en acróbatas delirantes y bufones engreídos, frente a unas hembras que parecían no terminarse de decidir si debían sentirse impresionadas, o huir despavoridas…

y todavía recordaba a uno de esos machos enormes, intentando inflar el pecho frente a una hembra particularmente desinteresada, y comenzar a agitar sus alas diminutas con un frenesí tan ridículo, que levantó una nube de polvo…

para de pronto, ejecutar una reverencia tan exagerada y torpe, que le hizo perder el equilibrio de una manera miserable, para terminar rodando de costado entre los bebederos, lanzando graznidos ofendidos, mientras sus patas se agitaban sin dignidad alguna…

a un lado de los otros machos, quienes continuaban consumidos por sus propias demostraciones grotescas, sin molestarse en mirar al caído…

y la escena resultó tan absurda… tan inesperadamente cómica, en medio de aquel entorno áspero y saturado de formalidad militar…

que el joven legionario no consiguió contener unas carcajadas por un buen rato, por más que lo intentó…

y sin proponérselo, ese estallido de risa le quedó guardado en su memoria no solo como una rareza entrañable, sino como una prueba fiel de que incluso allí…

rodeado de corrales hediondos, con los oídos constantemente golpeados por gritos de órdenes castrenses, y sobre todo con las espadas latentes ante la amenaza de esa muerte en vida, que parecía no terminar jamás de decidir si atravesar o no el infame muro rocoso… podía esconderse algo realmente bello.

Mientras las manos de Landion seguían acariciándole el pelaje pardo, Zancas estiró una de sus largas patas en un reflejo jubiloso que le brotó al sentir el cosquilleo, el aire se cortó con el silbido veloz de esa extremidad poderosa de la que tomaban el nombre…

y por fortuna, esta vez claramente de su lado, el joven legionario se apartó con una agilidad instintiva…

y el golpe pasó rozándolo apenas… aunque lo bastante cerca, como para devolverle el recuerdo de los huesos rotos que había visto más de una vez en los Corrales del Anillo, pues aquellas patas podían quebrar costillas, con la misma facilidad con que una bota parte una rama seca sobre la tierra endurecida.

¡Cuidado!… se advirtió, pensando en esas musculosas patas que eran al mismo tiempo la mejor arma, y la aliada más valiosa de los Zancudos…

pues eran capaces de transformar a Zancas en un fantasma veloz sobre la Tierra Muerta, gracias a las almohadillas mullidas bajo sus talones que devoraban todo sonido, sin dejar marcas visibles sobre el camino…

y que Landion, de la misma manera que cualquier Jinete de Zancudos lo hacía, cuidaba con la atención meticulosa de un legionario limpiando su espada antes de la batalla, ya que sin esas largas lanzas de huesos, alcanzar la Puerta de Luz al amanecer, se volvía una promesa peligrosa.

Lástima que no vuelen… la idea le nació despacio y terminó asentándosele en el centro del pecho, cuando sin querer puso un ojo en una de las alas de Zancas, que de tan pequeña rozaba lo absurdo…

y daba la impresión de que el aire mismo, los hubiera olvidado al repartir sus dones…

porque eran aves, sí, ¡lo eran en cada pluma y en cada hueso hueco de su cuerpo!

… y aun así los cielos les habían negado su reino.

¿Soñarían con volar?… se preguntó Landion, recordando la primera vez que vio a uno en los Corrales del Anillo, agitar esas alas mínimas, en un sacudón terco que solo levantó polvo y algunas hebras de paja, y apenas un poco más que un gesto obstinado…

tal vez una resignada búsqueda de un impulso torpe, hacia un destino que jamás les perteneció.

Eres de sangre nordaara igual que yo…, se dijo, cuando volvió a pasar suavemente la mano por el cuello cálido del animal, y claro… nadie elige dónde nace… y a ustedes les ha tocado hacerlo en esa inmunda Provincia de Dameris.

La rabia le trepó por la garganta con el sabor agrio de la bilis, al desenterrar a la Casa gobernante de aquella extensa franja desértica, que nunca pisó…

pero que los relatos de los cuidadores en los Corrales del Anillo, le habían pintado con una claridad que no necesitaba ninguna visita para saber que el calor allí cuarteaba la piel hasta tajearla, y que las bandadas de Zancudos descendían sobre los campos de drunas dejando plantaciones desnudas…

reducidas a ramas mordidas y semillas rotas sobre las dunas, que renacerían con la siguiente primavera…

mientras los enormes pájaros hundían el pico con desesperación, una y otra vez en la pulpa reventada, haciendo que el jugo se les escurriera por el cuello, hasta mezclarse con la arena caliente del suelo…

y cuando ya no quedaba una sola druna sobre los cactus, ni caídas sobre esa superficie, los Zancudos continuaban picoteando entre las piedras, en busca de cualquier resto vegetal…

arrancando raíces secas, líquenes endurecidos o brotes miserables que apenas lograban sobrevivir entre las grietas…

porque el hambre no conoce las estaciones fértiles y siempre avanza con esa paciencia devastadora, sobre todo lo que encuentra a su paso.

No encontrarás nada por aquí… pensó Landion, y la certeza se le asentó dentro con una tristeza espesa, cuando vio a Zancas olfatear el aire una y otra vez, emitiendo pequeños resoplidos nerviosos, mientras el cuello se le tensaba bajo las plumas pardas…

porque la Tierra Muerta había olvidado lo que era un brote verde hacía largos Legados, y sobre su superficie agrietada ya no quedaba memoria alguna de una humedad verdadera.