Añil y Ceniza #6
Pues la historia misma comenzaba a revelarse ante él…
y al fin avanzaba hacia ese punto en el mundo, con el viento golpeándole el rostro, y las patas de Zancas devorando la distancia que los separaba de ese inusual refugio…
que su héroe había establecido con sus propias manos, luchando contra un cielo que ya no prometía esperanzas ni regresos.
Es que la historia de Coole y su grupo… simplemente… desbordaba cualquier medida de lo excepcional.
Ya que fueron hombres colmados de un coraje que solo ostenta quien ya no espera regresar, y allí…
en medio de la nada… rodeados por cenizas que se adherían a las botas y que el viento se negaba a barrer del todo…
levantaron las columnas de cedro usando únicamente sus manos callosas, sogas endurecidas por la sal y una fe testaruda que les marcaba el pulso…
mientras dejaban una huella imborrable en cada rincón de esa sólida estructura de pino, donde cada clavo fue hundido a golpes de piedra…
porque transportar martillos hasta el reino de la muerte, representaba un lujo demasiado pesado incluso para los más obstinados.
En el presente… Landion apretó los dientes, mientras el Capitán mantenía el ritmo unos largos pasos por delante.
Y en ese otro tiempo… la fortuna: esa presencia esquiva que en esta historia contada al fuego, no se terminará de nombrar en esta noche…
dispuso que ninguno de estos guerreros regresara de aquel último Viaje, y sin embargo, jamás fueron borrados de los volúmenes de páginas amarillentas, donde todavía sobreviven las memorables crónicas de sus gestas y sacrificios, trazadas con tinta espesa y letra firme…
para que ningún legionario olvide el elevado precio que otros pagaron, mucho antes de que su propia voz se atreviera siquiera a pronunciar el juramento frente al estandarte del rey.
Por eso la Cabaña de Cedro y Pino, continúa honrando una bravura que no se extingue con el paso de los Legados…
y cada nueva expedición la preserva con una devoción casi religiosa, reparando las vigas agrietadas, reemplazando las viejas tablas podridas, y retirando las capas interminables de ceniza, que el viento acumula noche tras noche sin descanso…
como una ofrenda silenciosa de trabajo y sudor hacia quienes los precedieron…
ya que el tiempo siempre termina regresando al punto de partida en donde todo comenzó…
a ese sitio exacto donde por primera vez, la valentía decidió plantar los pies sobre aquella tierra maldita… y negarse a retroceder.
Y ahora Landion avanzaba hacia ese techo, con la certeza íntima de que su vida dependía de alcanzarlo.
Porque así lo era.
Entonces, cuando por fin los jinetes quedaron frente a la Cabaña de Cedro y Pino, desmontaron de sus inmensos pájaros con una rapidez contenida, y el suelo firme bajo las botas, les devolvió un alivio que llevaban persiguiendo desde el primer resplandor del día…
cuando aún conservaban la ingenua esperanza de que la distancia sería menos cruel con ellos.
Los legionarios se encontraban exhaustos, con los uniformes teñidos por el polvo y el cansancio incrustado en los huesos, con ese agotamiento espeso que no se disuelve con una sola noche de sueño…
y anhelaban una cena reparadora y un descanso verdadero, antes de que sus músculos doloridos, que habían pasado Pulsos enteros aferrados a plumas tensas y riendas tirantes, terminaran por abandonar toda obediencia para convertirse en un peso muerto sobre sus propios cuerpos.
Landion dejó escapar un suspiro largo, que ni siquiera sabía que había estado reteniendo.
—Gracias a los Dioses del Cielo —murmuró al soltar el aire, casi sin darse cuenta.
—No agradezcas todavía, muchacho —le contradijo el Capitán, con una aspereza inmediata—.
Y ponte ahora mismo a atar los Zancudos y a encender las piras.
Los demás, entren —ordenó con voz firme, mientras sus ojos tensos recorrían los alrededores sin descanso, escrutando cada rincón oscuro, igual que si aguardara que algo decidiera desprenderse de las sombras… y mostrar por fin su forma.
—¡A la orden, Capitán! —respondió el más joven del grupo, con una firmeza que apenas disimulaba el pánico, y ansioso por sepultar el recuerdo de aquel estruendo que había provocado durante la marcha, y que todavía le ardía en las mejillas con una vergüenza abrasadora.
—Recuerda, muchacho —añadió el Capitán con un riguroso susurro—. En la Tierra Muerta el silencio te mantiene vivo. El ruido, en cambio, te convierte en comida.
Landion clavó la mirada en las ramas entrelazadas de los matorrales secos, que flanqueaban el camino… allí donde cualquier sombra podía albergar no solo a la oscuridad misma… sino algo que aún no tenía nombre, aguardando paciente el instante preciso para revelarse…
—Los novivos, Capitán… ¿Nos persiguen?
Durante varios latidos el Capitán permaneció inmóvil, escrutando el entorno con una alerta, que luego de demasiadas incursiones, ya no nacía del pensamiento… sino de la carne misma… y respondió únicamente cuando la quietud le devolvió la mirada:
—Siempre que llega la noche —escupió a un costado—. Pero dentro del Anillo también existen cosas peores.
Y sin agregar nada más… cruzó el umbral de la Cabaña de Cedro y Pino, sin volver la mirada atrás.