Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Añil y Ceniza #5
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Añil y Ceniza #5

Que el joven legionario vio emergiendo de la tierra pálida igual que lápidas torcidas, que la cercanía iba desenterrando una a una, y el aire que antes olía a nada comenzó a recuperar un rastro tenue…

que primero fue húmedo… para luego sentirse estancado…

y lo que antaño fue un concurrido asentamiento de leñadores, al que los viejos registros llamaban con una literalidad sin poesía: «El Pueblo de los Troncos»…

se alzaba ahora ante sus ojos convertido en un cementerio de madera podrida, donde toda esperanza que alguna vez se construyó entre hachazos y jornadas interminables, había terminado reducida a un polvo gris, indistinguible del mismo suelo que vino a reclamarla.

Landion observó las carpinterías vacías, donde ya no quedaban troncos ni manos curtidas para dominarlos, y las paredes de madera, que alguna vez conservaron el calor de las cabañas contra la lluvia fría, habían cedido ya mucho tiempo atrás…

mientras los techos que protegieron inagotables sueños, discusiones domésticas y conversaciones nacidas junto al fuego, no eran ahora más que astillas desparramadas.

Solo los inmutables cimientos de piedra, seguían ofreciendo testimonio de que en ese suelo se habían levantado hogares entre risas y disputas cotidianas…

de que en otra historia… en otro tiempo…

allí durmieron personas colmadas de esperanza, fantaseando con vidas largas que les fueron arrancadas, antes de siquiera comprender que la estaban perdiendo.

Y de todo cuanto alguna vez existió en este pueblo, apenas el viento persistía hasta estos Halos, y con su terquedad inalterable, hacía crujir puertas y ventanas destartaladas que todavía colgaban de muros demasiado porfiados para caer, llenando el aire de chirridos que erizaban la piel, y que por momentos se retorcían hasta parecer carcajadas demenciales…

aunque no porque hubiera un mínimo de alegría alguna en ellas, sino porque la ausencia de eco deformaba todo cuanto tocaba…

como si esto fuera la única cosecha, que esta tierra exhausta todavía supiera ofrecer.

—Dioses… —murmuró Landion, y un frío penetrante le trepó por la espalda que no tenía nada que ver con el viento.

Un frío parecido al que sintió la única vez que el Maestro Elonio dejó de hablar a mitad de una lección sobre la Tierra Muerta y se quedó mirando el fuego sin decir nada durante un tiempo que pareció no tener medida…

y en ese entonces Landion entendió, que hay cosas que los libros no pueden describir porque ni siquiera quien las vivió… pudo encontrarles palabras.

Los jinetes redujeron un poco más la marcha, tras una señal escueta del Capitán, con ese lenguaje silencioso que se aprende en las Legiones y que no necesita voz…

y al internarse en el corazón del pueblo, Landion percibió un aroma persistente a madera recién cortada…

pero no era un olor fresco, sino uno caprichoso…

que se aferraba al aire, con la memoria desesperada de algo que se negaba a olvidar lo que fue alguna vez…

y allí… emergiendo de aquella niebla inmóvil que parecía esperar a quienes siempre terminaban regresando, apareció en la distancia la única cabaña que todavía resistía frente al abandono…

con esa terquedad obscena de las cosas que no aceptan pudrirse.

Ese era el destino que ansiaban.

El refugio de las Incursiones Oscuras.

Y de inmediato el pulso del grupo pareció acelerarse al unísono, y sin necesidad de palabras apretaron el ritmo, mientras las monturas respondían con resoplidos breves… porque cada Eco que todavía los separaba de aquella cabaña… era un Eco más que la muerte podía utilizar para cerrar distancia.

Landion clavó los talones contra los flancos de Zancas, y el cosquilleo del pánico, le recorrió el cuerpo hasta erizarle la piel bajo el Uniforme de Incursión.

La cabaña , pensaba.

Esa fortaleza imposible levantada en medio de la desolación…

la misma que había estudiado en los libros hasta aprenderse de memoria cada línea, cada advertencia sobre lo que la rodeaba, y cada descripción minuciosa que repetía una y otra vez durante las lecciones junto al fuego, en aquel hogar sobre la colina a las afueras de su pueblo, donde el aire siempre olía a hierbas resecas…

porque si el conocimiento era la espada más poderosa, entonces también podía convertirse en su escudo…

pero los libros jamás lograban darle cuerpo al miedo, por más monstruos terroríficos o desgracias sangrientas que arrastrasen sus palabras…

por eso todo lo aprendido… todas aquellas advertencias acumuladas durante Fases enteras…

no conseguían transmitir la verdadera magnitud de que verla con los propios ojos, significaba apenas haber sobrevivido a la mitad del trayecto…

ni que esa supervivencia pendía de un frágil hilo…

que eternamente se tensaba justo antes de la llegada de la oscuridad.

La famosa cabaña…

Giraba y giraba dentro de su cabeza en una obsesiva lentitud, y en ese instante otro aullido desgarró el silencio…

lejano al principio, luego más próximo, y después desplazado hacia un costado imposible, dando la impresión de caminar entre callejones vacíos…

porque sin ecos los sonidos mentían en todas las direcciones, y los Zancudos se encabritaron alzando el cuello y batiendo el aire con un temblor salvaje…

hasta que las riendas tensas y las voces bajas, consiguieron devolverles otra vez esa calma tirante que nunca llegaba a convertirse en sosiego.

—¡Adelante! —gruñó el Capitán.

El polvo se alzó detrás de ellos en una nube densa que se pegaba a la lengua, y Landion sintió el corazón golpearle las costillas con una insistencia dolorosa…

porque cada zancada los empujaba más cerca del refugio…

pero el tiempo no aminoraba su marcha junto a ellos, y mientras avanzaban hacia esa cabaña, la luz comenzaba a adelgazar sobre los cimientos derruidos, arrastrándolos columna tras columna hacia esa noche que insistía en completarse.

Tenían que llegar a la cabaña , se martillaba el joven legionario, una y mil veces.

Y mientras galopaban hacia ella, la voz del Maestro Elonio le regresó a Landion sin previo aviso, deslizándose desde aquellas tardes interminables en el interior de ese hogar colmado de conocimiento, cuando el anciano lograba que el pasado respirara frente a él con un detalle tan minucioso…

que casi podía escuchar la madera crujiendo y percibir el olor de la resina,  de la cabaña a la que se dirigían.

Así aprendió que los Constructores de Guerra, buscaron árboles capaces de resistir todo lo que la Tierra Muerta decidiera arrojar contra ellos, y cuando finalmente encontraron esa resistencia en el cedro y el pino, los expedicionarios transportaron aquellas maderas tabla a tabla y viga a viga, sobre sus propias monturas…

avanzando bajo un sol que jamás concedía tregua y les descascaraba la piel, mientras cada milla les cobraba tributo en aliento y túnicas empapadas…

atravesando el yermo durante esas primeras expediciones, que ya se habían vuelto una bruma difusa dentro de los relatos, y que apenas la memoria fatigada de unos pocos Archivistas ancianos…

todavía podía enumerar nombres y fechas sin vacilar.

Zancas seguía achicando la distancia… y aquellos… eran periplos que olían a exterminio.

Travesías con mapas tan desnudos que producían vértigo al desplegarlos, y por entonces ni siquiera se las llamaba Incursiones Oscuras, tan solo se les decía…

el Viaje … recordó Landion aquella vez que el anciano le pronunció esas palabras despacio, colmándolas de un cuidado solemne, y con la atención reverente de quien nombra un pasado que todavía le duele.

Y este nombre… por simple que sonara… era más que suficiente en aquellos tiempos, para esos pioneros Numians demasiado obstinados para retroceder… que avanzaban sin la mínima garantía de regreso, pero con la frente bien alta… bajo el mando del legendario Capitán Coole.

—¿Capitán Coole? —había interrumpido Landion con los ojos encendidos, en aquellos tiempos donde apenas contaba con doce Llamas… al escuchar por primera vez ese nombre convertido en leyenda, brotando de la voz paciente del Maestro Elonio, igual que una brasa encontrando hierba seca.

Y desde entonces… el viejo se vio obligado a narrar la historia de la cabaña cientos de veces a lo largo de las clases…

desgranando fechas, nombres de los legionarios muertos hacía generaciones, y distancias imposibles de los Viajes más trascendentales, mientras Landion escuchaba sin un parpadeo de por medio…

y desde ese primer Halo en que el nombre Coole se instaló en su mente…

una honda admiración lo golpeó con la brutalidad ciega de un relámpago, grabándole a fuego en los huesos, la figura de un héroe que jamás volvería a abandonar del todo sus pensamientos…

porque mientras otros Aprendices soñaban con medallas, ascensos reflejados en impecables uniformes, o mesas rebosantes de comida tras el retiro, Landion terminó convenciéndose, tan solo estando en la Llama Doce, de que ese era el tipo de Legionario Imperial en el que debía convertirse, y que no existía gloria más digna…

que dejar atrás un rastro capaz de sobrevivirle, incluso cuando la muerte viniera a reclamar lo que consideraba suyo.

¡La Cabaña de Cedro y Pino! , se dijo al tenerla allí, con la ansiedad royéndole por dentro sin tregua… y el miedo apretándole la nuca.