Añil y Ceniza #4
Y durante ese instante insoportable… que tensó a Landion hasta volverlo una flecha a punto de abandonar la cuerda, y perderse en alguna dirección incierta…
su fiel compañero se volvió el ancla que necesitaba…
ya que para él no era una simple montura…
y en un impulso casi instintivo, el joven legionario se inclinó cuanto pudo hacia la cabeza emplumada de su Zancudo, para susurrarle:
—Zancas, ayúdame.
Dijo solo eso… de hecho, no hubiese podido decir más por más que lo intentara…
y las palabras brotaron de su boca en un murmullo de graznidos, que el ave logró comprender…
pero dentro de su mente las escuchó nítidas al pronunciarlas, al igual que sintió la respuesta cuando su montura levantó apenas la cabeza y graznó bajo sin perder velocidad…
y ese sonido, que cualquier otro oído habría ignorado sin darle significado alguno, alcanzó a Landion con la claridad exacta de un firme «sí», que no era solo una palabra… sino también una promesa.
Una promesa nacida de un intercambio mínimo, traducido por ese algo nuevo en su interior que la razón todavía no había conseguido explicar…
y aquello que no solo traía un miedo intenso…
sino algo más hondo y más incómodo que incluso el terror mismo…
porque desde aquella mañana en que el jarabe dejó de ser jarabe y reveló lo que había estado ocultando…
los pactos con animales dejaron de ser relatos que le ocurrían a otros, y terminaron convirtiéndose en una condena silenciosa que caminaba a su lado con cada zancada.
Entonces el ave ajustó el paso, y Landion lo notó más firme y deliberado, porque ahora ya no cargaba solamente a su jinete…
sino también aquel peso invisible que Landion sentía sobre los hombros, aplastándolo más que todos los equipos de marcha juntos…
y el joven legionario respiró hondo, dejando que el viento le inflara la capucha oscura igual que una vela en alta mar, y mantenía los ojos clavados en el pasaje desértico, atento a no repetir el mismo error…
porque allí cada fallo, tenía el tamaño exacto de una tumba abierta.
No podía deshacer el error, pero sí impedir que ocurriera de nuevo, y con esa única certeza tensó los pómulos firmes heredados de su madre, que en cada endurecimiento del gesto no evocaban solamente un parecido…
también despertaban la memoria antigua de un linaje…
y en lo profundo de su pecho… aunque el pánico le royera las entrañas con dientes fríos, y la torpeza le pesara como una carga mal distribuida…
los latidos le golpeaban el cuerpo repletos de un orgullo demasiado grande para ocultarlo, sostenido por ese honor inextinguible de saberse parte de las Legiones Imperiales de Nordaar…
de aquellas espadas que no conocían derrota capaz de recibir nombre alguno.
¡Eran tambores de guerra gritando al cielo!
, empujándole la sangre hacia las manos y enderezándole la espalda sobre la montura…
o al menos así prefería sentirlos… y desde que descubrió a aquel capitán legendario, había comenzado a soñar con cartografiar el Reino…
¡y el mundo entero!… tal como lo hacían los verdaderos legionarios en los relatos, que el tiempo jamás consigue borrar.
Y al fin, aquí en su primera expedición como poderoso Legionario Imperial, su sueño tenía forma, un compromiso inmenso sobre su dignidad…
y también un polvo áspero que se le metía bajo los párpados…
porque los cuentos siempre mencionan los coloridos estandartes y los melodiosos clarines…
pero rara vez mencionan el polvo que termina pegándose a los dientes.
Aunque por supuesto que nada de cuanto lo rodeaba en ese presente, se parecía a aquel escenario que sus fantasías erigieron por él.
Pues no se encontraba en una pradera primaveral, ni en un camino fragante escoltado por formaciones impecables de legionarios con uniformes de gala, cada uno ocupando su lugar exacto con la precisión inflexible de un mecanismo perfecto…
ni tampoco marchaba por los bulevares de una ciudad colosal, bajo estandartes estridentes flameando sobre su cabeza, mientras una orquesta hacía temblar las paredes…
a la vez que una multitud desbordada desde los balcones, coreaba su nombre…
porque sí… en su sueño no gritaban el genérico «¡Bravo los legionarios!
», sino que aullaban… «¡Bravo Landion!», y lo hacían con un fervor tan absoluto, que ya se veía erguido sobre la mismísima cima de la gloria.
¡No!
Durante ese Halo él se encontraba allí… en un páramo desolado donde el aire olía a muerte agria, atravesando un camino despoblado, sin formaciones ni fanfarrias a la vista…
¡y desde luego sin cima alguna donde erguirse!
… sino un yermo árido que le tragaba las botas sin contemplaciones, y donde apenas cuatro austeros jinetes se desplazaban envueltos en un silencio asfixiante…
porque hablar era tentar a lo que aguardaba escondido entre las sombras…
y claro que tampoco existían balcones abarrotados de gente con flores coloridas en sus manos, coreando su nombre, arrojándole pétalos perfumados a su paso…
no… por supuesto que no… ya que aquí solo lo acompañaba el viento arrastrando polvo sobre unos huesos olvidados…
y ni la mínima pizca, de aquel escenario levantado en sus fantasías podía cumplirse, en medio de una vastedad que no toleraba celebraciones.
Y aun así… para este joven legionario que ocho Fases atrás encendió la Llama Veinte, y cruzó el umbral de la adultez, ganándose el derecho sagrado a servir en la Legión Imperial…
ese anhelo que lo había conducido hasta allí, ese fuego que le ardía desde la primera vez que escuchó hablar de aquel capitán legendario, no solo se negaba a extinguirse bajo el olor a muerte que saturaba el aire…
Sino que lo empujaba hacia lo alto…
Lo elevaba hasta más allá del mismísimo cielo.
Pero nada permanece demasiado tiempo en las alturas…
Porque la realidad siempre termina devolviéndote al suelo, y el silencio denso volvió a tensarse alrededor de ellos, estirando hasta el límite otra cuerda vieja que vibraba en lo invisible…
quizá preparando una nueva burla entre las penumbras…
y los cuatro jinetes continuaron avanzando a grandes zancadas, con esa presencia incómoda pegada a los talones sin necesidad de tener cuerpo.
Hasta que el aire comenzó a espesarse.
Y un olor extraño los alcanzó.
Pero no era podredumbre.
Ni olor a hierro…
Ni a humo…
Simplemente… olía a nada.
A una ausencia más perturbadora que cualquier hedor, porque la tierra misma parecía haber olvidado cómo debía oler.
Y de pronto, el paisaje adelante se abrió ante sus ojos con la brusquedad de una herida antigua, que jamás terminó de cerrar… y allí… clavado en mitad del camino, igual que un recuerdo incapaz de pronunciar palabra, se alzaba un árbol que no debería permitirse existir en ningún territorio conocido.
Estaba completamente petrificado.
Convertido en piedra gris lo que madera viva fue, y sus ramas retorcidas conservaban la forma precisa del instante en que la muerte lo alcanzó, congeladas en esa mueca exacta de quien muere sin terminar de gritar…
y con el aspecto de algo detenido en un único latido…
justo antes de convertirse en lo que estaba destinado a ser.
Y lo más escalofriante era que de una de sus ramas, colgaba un pedazo deshilachado de tela escarlata y añil, tan castigado por incontables estaciones… que su palidez casi blanca, apenas permitía adivinar los colores que alguna vez reclamaron la mirada de todos.
Había sido una capa de legionario.
De cuántos Nexos atrás, nadie podría decirlo.
Pero el Capitán no desvió la mirada…
Ni tampoco lo hicieron los otros tres jinetes.
Porque esta era la ley silenciosa de las Incursiones Oscuras… una ley que ningún manual consignó jamás, y que sin embargo, todos la entendían la primera vez que cabalgaban más allá de la Puerta de Luz…
Los muertos te miraban para que los recuerdes…
Y apartar los ojos era olvidarlos.
Landion no pudo evitar bajar la vista hacia sus propios hombros…
hacia la tela apagada de la áspera Capa de Incursión que le rozaba el cuello…
y allí tuvo esa certeza que no admite discusión, de que el legionario que había vestido esa capa escarlata y añil también había mirado los suyos alguna vez…
y comenzó a murmurar la Oración de los Caídos con los labios resecos, apenas moviéndolos para no romper el aire, aunque no estaba seguro de si la pronunciaba por el dueño de aquella capa que ya no tenía ningún cuerpo al que aferrarse…
o por sí mismo… o peor aún… si siquiera los Dioses, todavía seguían inclinándose a escuchar las súplicas que salían de la boca de un Bestial… en mitad de la nada misma.
Entonces avanzaron en un trote lento, bordeando el árbol muerto como si temieran despertarlo de su quietud mineral, y el pueblo comenzó a revelarse a su alrededor…
pero no apareció con un gran estruendo ni irrumpió ante ellos reclamando atención…
sino que lo hizo con esa lentitud obstinada de las cosas que siempre estuvieron allí…
aguardando con paciencia el instante preciso…
en que alguien reuniera el valor suficiente para mirarlas de frente.
Ruinas…
Ruinas por todas partes.