Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Añil y Ceniza #3
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Añil y Ceniza #3

Entonces, cuando la Puerta de Luz se cerró detrás de ellos con el golpeteo grave de pesadas cadenas, el mundo quedó sellado del otro lado, y el silencio denso de la Tierra Muerta los tragó de inmediato…

con una voracidad insaciable que no distinguía juramentos ni linajes, y devoraba por igual a cualquiera que se atreviera a cruzar.

Y ahora, tras unos largos Pulsos desde aquella despedida en el Anillo…

y ya aprenderemos que aquí el tiempo no se mide en Horas sino en Pulsos…

el atardecer les trajo la frescura otoñal de la Fase de Saleno, y bajo las anchas capuchas de los cuatro jinetes, asomaban inconfundibles los rasgos Nender con sus ojos y cabellos profundamente negros…

productos de esa sangre antigua que corría por sus venas, cargada de una herencia salvaje que los condenaba.

En esta expedición ningún Numian marchaba con ellos, y no resultaba ser lo habitual…

porque a diferencia de otras Incursiones Oscuras en la Tierra Muerta…

unas tan célebres que todavía se narraban entre sidras de pera en las tabernas, y otras tan infames que apenas sobrevivían convertidas en murmullos en los cuarteles…

esta vez el Comandante del Anillo dispuso con una sequedad que cerró cualquier discusión, que ningún Noble integrara este cuarteto.

Sin explicaciones.

Sin justificaciones.

Solo esa orden breve y definitiva, que llegó desde arriba con la misma naturalidad con que llegan las cosas que no admiten preguntas… y que dejó esa incomodidad de entender que había razones… pero que esas razones no eran para ellos.

El Capitán no se quejó, por supuesto, porque en el fondo se sentía más cómodo sin tener Numians cerca…

sin tener que cargar con su arrogancia mientras atravesaban el yermo, y sin verse obligado a fingir camaradería con aquellos hombres de cabellos ámbar, que solían observarlo de soslayo con una mirada fría, que no necesitaba palabras para insinuar que él valía un poco menos…

pues ciertos ojos Numians reparaban en el uniforme, y respetaban solo los galones…

pero jamás al Nender que los portaba… y sus bocas pronunciaban el rango con una cortesía tan impecable, que resultaba imposible señalar el desprecio…

aunque estuviera allí… afilado detrás de cada sílaba.

Sin embargo, reconocer la comodidad de esa ausencia, era algo que jamás habría anunciado en voz alta, ya que había visto suficientes gargantas abiertas por escupir frases mal calculadas.

La septingentésima quincuagésima tercera Incursión Oscura había cumplido sus objetivos, y ahora solo quedaba sobrevivir…

llegar al refugio y después de pasar una noche tensa rodeados de piedras malditas, comenzar a regresar hacia el Anillo atravesando el yermo hostil, y sí…

elevar plegarias… rezarlas con todo el fervor posible…

pidiendo que la muerte siguiera ocupada en cualquier otro rincón de esta tierra agonizante, y que no volviera todavía sus ojos hacia ellos.

Cada uno llevaba sus cargas, unas atadas al equipo, y otras enterradas en un lugar profundo donde ninguna correa alcanzaba jamás…

pero sobre el Capitán pesaba además, una carga que no figuraba en ningún equipo de marcha…

porque mientras los otros tres únicamente aguardaban señales y escrutaban las sombras, él era el que debía elegir…

el que debía soportar el peso de encontrar la decisión correcta, de enfrentarse a cada endemoniada bifurcación del camino, y esto le mordía la espalda desde dentro con una frialdad que no abandonaba jamás sus huesos…

pues allí el error más pequeño, bastaba para condenarlos a una existencia eterna vagando sin descanso entre la podredumbre…

o como solían decir con la crudeza fría del Anillo…

te reducía a ser apenas un maldito novivo.

Solo unos pocos caminos persistían en aquella vasta desolación, y gran parte de la Ruta Silente avanzaba encajonada entre matorrales secos que crujían al menor roce y árboles quebradizos que se alzaban esqueléticos…

una vida sin vida, que nació en el mismo momento en que el Evento extirpó el latir de los corazones.

Los legionarios escrutaban cualquier indicio capaz de ocultar lo imposible, mientras las largas pisadas de los Zancudos se deslizaban con una precisión inquietante, que no rompía la armonía de la marcha, ni arrancaba ruido alguno al suelo…

y mucho menos despertaba a esa muerte, que por ahora prefería seguir estando dormida.

Pero cuando el sendero se convertía de tanto en tanto en una maraña de raíces retorcidas y rocas sueltas que cedían bajo el peso más leve, Landion sentía hundírsele algo en la boca del estómago, que le susurraba punzante que tan solo un pequeño traspié bastaría para… bueno… mejor no pensarlo.

Ya la caída del sol comenzaba a cernirse sobre ellos, y alcanzaba con observar las miradas tensas de los jinetes barriendo el horizonte sin pestañear, para entender el peso del temor que traía la noche inminente…

una noche incapaz de conceder segundas oportunidades…

una noche en la cual se movían hambrientas, aquellas cosas que durante el día fingían dormir bajo una luz a veces piadosa.

No encontrarían otros legionarios en millas a la redonda, y solo los acompañaba la encarnación caprichosa de un silencio denso, que parecía contener el aliento con el ritmo de cada zancada…

tal vez semejante a un novivo respirando sin pulmón…

o mejor aún… quizá como una cuerda vieja tensándose poco a poco, aguardando el instante preciso en que terminaría de romperse…

Y aguardó…

Y siguió aguardando…

Y entonces, en un momento donde nada parecía dispuesto a cambiar…

cuando incluso el viento sostenía una promesa engañosa de calma…

la cuerda vieja terminó rompiéndose con el crujido seco de una rama muerta al quebrarse, y el estallido fue tan brutal…

que Landion tuvo la impresión de que el horizonte entero acababa de desgarrarse de lado a lado.

Fue un estruendo que atravesó la comitiva con la frialdad súbita de un témpano hundiéndose en el pecho… decapitando el mutismo de la marcha, con la precisión cruel de una burla que había aguardado demasiado tiempo, y que eligió justo ese latido para revelarse…

Y mientras aceleraban las zancadas, porque detenerse habría sido ofrecer el cuello a la condena, el Capitán estalló…

pero no lo hizo con ese grito desordenado atrapado por el miedo, sino con esa furia convencida de quien ha aprendido con una certeza amarga, que en lugares como este el silencio no era ausencia…

sino refugio… y ese frágil refugio separaba el seguir existiendo… del dejar de hacerlo para siempre.

—¡Qué fue eso! —rugió, con la lengua reseca por el polvo y los nervios— ¿Acaso quieren que cada novivo sepa que estamos aquí?

Landion quiso desaparecer…

Hundirse en la tierra hasta que ni siquiera su sombra volviera a asomar.

Volver al Anillo y no salir jamás.

Cualquier cosa… cualquier cosa, antes que sentir las miradas desconfiadas de los veteranos clavándose sobre la torpeza de sus manos, a la vez que ellos guardaban un preciso silencio, que parecía preguntarse si alguien así de incompetente como él…

bastaría para arrastrarlos a una aniquilación absurda en mitad de la Ruta Silente.

—Lo siento, Capitán —murmuró el más joven del grupo, con la voz hecha un puño tembloroso, que apenas consiguió atravesar el aire.

Landion no supo si el Capitán logró oírlo allá adelante, ni tampoco quiso detenerse a pensar en los oídos atentos de los dos veteranos…

pero si algo no admitía duda, era que la vergüenza le trepó por el rostro con el carmesí brutal de esos Cristales de Energía, que arden sin tregua…

y una rabia humillante contra sí mismo le prendió fuego por dentro, aunque por fuera nadie pudiera ver llama alguna.

Las tres Fases de instrucción le habían enseñado lo básico…

como sostenerse sobre la montura sin salir despedido al primer sacudón, y leer el terreno con prudencia…

pero fueron unos ejercicios aprendidos en patios seguros, donde la muerte jamás aguardaba agazapada detrás de una roca…

y dejaban en evidencia que eso no bastaba para convertirlo en un jinete experto, capaz de maniobrar a alta velocidad entre la casi interminable sucesión de obstáculos que el terreno sembraba sin previo aviso…

y el Capitán y los dos veteranos lo sabían…

¡por eso no lo entendían!… porque era claro que el Comandante no eligió a Landion por su destreza…

y esa claridad era precisamente lo que no dejaba de molestar al Capitán…

pues si no era por eso… entonces era por algo que él no sabía…

y en la experiencia del Capitán, las cosas que un Comandante decide sin explicar, raramente terminaban siendo inocentes…

y esa ausencia de palabras fue lo que en definitiva depositó a Landion en pleno corazón de la Tierra Muerta, y allí, con toda su ineptitud a cuestas, jaló mal de la rienda…

sin estar siquiera seguro de si había tironeado más del lado izquierdo que del derecho…

pero fuera lo que fuese… bastó para que el poderoso animal trastabillara contra una rama seca, que los tres de adelante habían logrado esquivar con notable destreza, y entonces la fortuna…

que en esta tierra fallecida parecía disfrutar de los juegos con maliciosa diversión…

con precisión fría, eligió ese instante para mover la ficha de la suerte lejos de ellos, dejándolos sin amparo sobre el cruel tablero del destino…

porque el chasquido que surgió de esa rama quebrándose, no tenía derecho a ser tan brutal… y sin embargo rozó la obscenidad.