Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Añil y Ceniza #2
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Añil y Ceniza #2

Mientras le extendía la mano con una quietud que nacía del incansable protocolo…

y el joven legionario entonces se quitó de los hombros su suave Capa de Campaña, con un movimiento lento que parecía resistirse a terminar, y contempló la tela extendida sobre sus brazos durante un respiro que le vació el pecho.

A un lado, el Capitán enrollaba la suya, con la precisión mecánica de quien ha ejecutado este abandono demasiadas veces, y lo hacía sin solemnidad alguna… pues el tiempo se había encargado de erosionar esta ceremonia hasta convertirla en costumbre, y alzó apenas la vista cuando le habló:

—¿Algún problema, muchacho?

—No, Capitán… es solo que… —las palabras tropezaron en su garganta—. ¿Por qué tenemos que quitarnos los…?

—¿Colores de Nordaar? —completó el Capitán, con una voz cansada—. Porque si no lo haces ahora, muchacho, ese brillo será lo último que luzcas en esta vida.

Uno de los veteranos dejó escapar un bufido seco mientras doblaba su propia capa, con ese cuidado meticuloso que ni el paso del tiempo había logrado arrancarle.

—Las primeras expediciones entraron con esa capa que tanto te cuesta soltar —continuó el Capitán, sin apartar la vista de la tela enrollada entre sus manos—. Y los novivos las distinguían desde millas. El brillo del escarlata y el añil les gritaban exactamente dónde estábamos.

El Costurero de Guerra escuchaba en silencio, y cuando el Capitán terminó, asintió una sola vez con la cabeza, sin necesidad de decir nada…

y entonces volvió los ojos hacia el joven legionario, presentándole la áspera Capa de Incursión con una presencia casi reverencial, y observándola con ese orgullo contenido propio de los artesanos cuya obra no aspira a la belleza…

sino a algo mucho más severo y más urgente…

algo tan brutal… como prolongar vidas para que alcancen el mañana.

Y esa tela era apagada.

Discreta…

Tejida en tonos que cualquier mirada apresurada tardaría en distinguir.

La Sangre y Ceniza… según la llamaban de una manera casi irrespetuosa.

Una capa creada precisamente para no reclamar ojos ajenos… por más muertos que estén.

Y Landion cerró con fuerza los dedos sobre su suave Capa de Campaña, que aún sostenía entre los brazos.

—Pero… —musitó, avergonzado por la confesión—. Es que siempre soñé con llevar los colores de Nordaar.

—Sangre y ceniza también son los colores sagrados de Nordaar, muchacho —lo corrigió el Capitán, a la vez que se echaba su áspera Capa de Incursión sobre la espalda—. Escarlata y añil son solo otra manera de decirlo.

El segundo veterano ajustó su tela apagada sobre el cuello, y por un breve instante, bajo el fulgor de un sol naciente que atravesaba el ventanal de la torre en que se encontraban…

las franjas sangre y ceniza destellaron al contacto de esa claridad, pareciendo responder con una voz muda a lo que acababa de decirse.

—Recuerda lo que dice esta estrofa de nuestro himno, muchacho —prosiguió el Capitán, con el orgullo desbordándole en cada sílaba—.

Da lo mismo si lucen apagados o si arden en toda su magnificencia.

Si ondean enteros o hechos jirones después de cien batallas.

Los tintes de Nordaar son la memoria viva de un poder forjado en sangre, entre conquistas y caída de dinastías.

Escarlata como la sangre que damos. Añil como el cielo que no nos será negado.

Entonces inspiró hondo, y la mirada se le deslizó hacia el ventanal de la torre hasta alcanzar la distante atalaya erigida junto a la compuerta del Anillo, donde en un altísimo mástil flameaba el estandarte de las Legiones Imperiales ante el cual el mundo sabía callar, con la tela partida en una mitad vertical escarlata a un lado de otra añil, y la espada plateada de cinco hojas atravesaba justo el centro, siendo un símbolo que cualquier nordaariano reconocía desde niño…

pues representaba las Provincias, que alguna vez se unieron para forjar un Reino bajo una sola bandera.

Y todo legionario que llegaba por primera vez al Anillo, entendía que este emblema no resultaba ser un simple adorno suspendido un poco más cerca del cielo…

sino aquel recordatorio constante de que Nordaar, cargaba sola con aquello que el resto del mundo prefería ignorar…

porque este infierno no tenía otro dueño ni otro guardián…

ni otra legión dispuesta a plantarle cara a lo que aullaba cada noche detrás de la niebla…

y no existía honor más pesado en la memoria viva…

ni más solitario, ni más necesario… que enfrentar toda cosa que intentara sobrepasar el Anillo.

—Escarlata como la sangre que damos. Añil como el cielo que no nos será negado —repitió el Capitán murmurando, y casi cayendo en un rezo—. Gritan que Nordaar no olvida a sus muertos.

—Y sobre todo —añadió el primer veterano, escupiendo hacia un costado—, no perdona a sus enemigos.

Landion apretó los dedos una última vez sobre el tejido brillante, y terminó entregándoselo al Costurero de Guerra, sintiendo que algo se desprendía de él durante aquel gesto.

Y el Oficial la recibió sin pronunciar palabra, y la dobló con esa eficiencia desprovista de afecto que aplicaba a todo cuanto tocaba, y en su lugar desplegó ante el joven legionario la áspera Capa de Incursión… en un destino frente al cual ya no existía arrepentimiento posible.

Sangre y ceniza.

Apagada… sí.

Pero apenas Landion se la echó sobre los hombros… ni bien el peso áspero de esa tela opaca le rozó la piel del cuello… comprendió algo, que las palabras del Capitán no habían logrado hacerle sentir hasta entonces.

No se vestía así por la gloria.

Se vestía así para sobrevivir.

Para conservar la posibilidad casi insolente, de regresar para volver a vestir los brillantes escarlata y añil, que ahora debía enterrar bajo la prudencia terrosa de esta nueva capa.

Y si regresaba, ¡si regresaba realmente!, sería gracias a todos los que no lo habían conseguido… a esos pioneros que cruzaron en las primeras expediciones envueltos en escarlata y añil, cuando todavía ignoraban que la invisibilidad allí dentro… valía mucho más que el esplendor.

—Bienvenido a las Incursiones Oscuras, muchacho —dijo el Capitán mientras se ajustaba la capucha con unos nudos precisos—. Ahora muévete. La Puerta de Luz nos espera.

Y no tuvo que esperar mucho.

Porque salieron temprano en esta jornada, cuando el sol apenas comenzaba a deslizarse sobre las almenas y el calor todavía llegaba débil…

apenas suficiente para arrancarle el frío nocturno a las piedras del Anillo…

y acompañados por cientos de legionarios reunidos por las murallas, para presenciar una nueva partida.

El muchacho sintió aquellas miradas clavándole un peso sobre la espalda, en una presión silenciosa que le endurecía los músculos entre los hombros.

Porque no hubo gritos.

No hubo vítores.

Los legionarios únicamente observaban en un mutismo más reverente que cualquier otra despedida, cargado de rezos apenas susurrados, y lleno de ese respeto profundo, que se reserva a quienes cruzan un umbral del que quizá no regresen…

o peor aún… del que regresen con los ojos cambiados, convertidos en algo que ya no pertenece del todo a la vida.

Algunos apoyaban la palma abierta contra la frente, en el saludo mudo de las Incursiones Oscuras…

otros simplemente se limitaban a mirar, con los ojos ardiéndoles por un orgullo que no encontraba cabida…

por ese orgullo desbordado, que nace de marchar bajo los mismos estandartes de unos hombres que parten a enfrentar un miedo tan profundo …

que pocas veces se puede siquiera nombrar en voz alta.

Porque sabían…

Todos sabían.

Que esos cuatro jinetes que allí mismo cruzaban la Puerta de Luz, avanzaban dispuestos a ofrendar sus vidas para sostener esa muralla en forma de anillo, que separaba al resto del mundo conocido de lo que respiraba muerto del otro lado…

y aun así no titubeaban, sino que espoleaban sus Zancudos con la firme determinación de quienes han aceptado que el deber no espera… ni admite excusas.

El Capitán no miró atrás.

Los veteranos tampoco lo hicieron.

Porque habían aprendido a fuerza de entierros sin nombre, y tumbas sin un mísero trozo de cuerpo…

que la nostalgia pesa mucho más que la armadura, y que el recuerdo de aquello que queda atrás afloja los músculos…

volviendo el cuerpo una vasija demasiado frágil, para poder plantarse con firmeza frente a la muerte.

Pero Landion sí miró…

Pues aún no sabía endurecerse hasta ese punto… todavía no sabía convertirse en esa clase de legionario, que aprende a despedirse de todo antes de cruzar cualquier puerta.

Y giró la cabeza, para contemplar aquella masa muda de legionarios con sus piezas de armadura negra sobre el uniforme de Nordaar, con las franjas escarlata y añil asomando entre las piezas, que los despedía desde lo alto del Anillo, con las manos elevadas, y sus imponentes perfiles recortados contra la luz del sol, que ganaba fuerza roca a roca…

y se sorprendió al sentir que algo se le quebraba dentro del pecho, formando una fisura íntima, que ninguna coraza habría podido esconder.

Ese era el verdadero significado de la capa que acababa de dejar atrás.

No era el fulgor…

No era aquel esplendor que había imaginado durante sus juegos de niño, cuando fingía ser legionario por las calles de Gevas, con una sábana anudada al cuello y la convicción intacta de que los héroes siempre brillaban.

Sino el sacrificio.

Y la memoria viva de quienes murieron por el Reino, sin que la intensidad del brillo de sus capas, cambiara en nada la manera en que el destino vino a reclamarlos.

Esos nombres heroicos, grabados a cuchillo en las vigas resinosas de cedro de aquel maldito infierno, por manos que quizá temblaban mientras trazaban cada letra.

—Ojos al frente, muchacho —gruñó el Capitán sin siquiera voltear, pues no necesitaba girar la cabeza para saberlo.

Landion obedeció.