Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1) Añil y Ceniza
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Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1)

Nenders y Fango (Los Reinos de Albynia 1)

Por H Juan M Silvetti

© inepub.com

Añil y Ceniza

La Tierra Muerta

Tierra Muerta

Y todo comenzó con un aullido que nació en algún punto de la Tierra Muerta…

aunque no surgió como un sonido destinado a atravesar el aire, sino como una presencia que simplemente permanecía suspendida allí, y el Capitán alzó el puño hasta dejarlo inmóvil sobre su cabeza…

mientras afinaba los sentidos, intentando percibir la forma exacta de aquella cosa que seguía hambrienta incluso después de muerta.

De inmediato los tres jinetes que cabalgaban tras él detuvieron sus enormes pájaros, y lo hicieron casi antes de que el puño del Capitán terminara de elevarse…

porque en la Tierra Muerta el músculo aprende más rápido que la mente, que cuando un novivo ruge…

lo único sensato es que el mismísimo aliento se vuelva discreto.

Al final de la marcha iba Landion, y el cuero de las riendas crujió al tirar de ellas, apenas sintió a Zancas encabritarse bajo sus piernas…

sacudido por ese terror antiguo que dormía en la sangre de las bestias, y que los Ciclos de entrenamiento habían erosionado lentamente, hasta transformarlo en una cautela vigilante.

Porque el ave no huyó según lo haría una criatura dominada por ese pánico desbocado, que arrastra a los Zancudos salvajes hacia una fuga sin rumbo…

y clavó la mirada en las sombras del Bosque Petrificado a la vez que las plumas pardas de su cola se erizaban igual que agujas vivas, intentando percibir aquello que los ojos jamás podrían ver…

pero que el instinto ya había comenzado a presentir.

Las manos del joven legionario temblaban.

Y tiró de las riendas otra vez…

Luego una más.

A Landion le costó tres Fases de adiestramiento aprender a dominar un ave del tamaño de un caballo, a leer la tensión escondida en los tendones, a reconocer el momento exacto en que el cuerpo entero se endurece y toma una decisión un latido antes de que las patas se muevan…

sin embargo esta no era la tensión de siempre…

sino la de un animal que había olido algo más allá de la ceniza, y esperaba la orden para estallar en cualquier dirección que le prometiera alejarse de allí.

Nadie respiraba…

Ni siquiera las monturas.

Y el joven legionario apretó las riendas con más firmeza, dejando que la presión hablara por él, y poco a poco Zancas bajó la cabeza…

aunque sin relajarse del todo, ni abandonar esa vigilancia obstinada sobre los huecos oscuros que se abrían entre los árboles secos y que la obligaban a mantener el largo cuello rígido, atenta a esa cosa que parecía esperar el instante preciso para mostrarse.

Uno de los veteranos giró apenas el rostro para no delatar el movimiento, y su mirada barrió por completo los matorrales secos de la izquierda… con una atención metódica forjada a golpe de tumba… pues enterró demasiados compañeros, que habían mirado una sola vez hacia el lugar equivocado.

El otro veterano cerró la mano sobre la empuñadura de su espada, y comenzó a vigilar el largo flanco derecho, contando cada sombra que alcanzaba a distinguir entre las formas…

con esa capacidad prodigiosa de quien ha aprendido a memorizar un paisaje hasta detectar de inmediato, aquello que no estaba allí un instante antes.

Por delante, el Capitán permanecía inmóvil, con el puño aún suspendido en lo alto.

Su rostro no mostraba tensión, tampoco duda, y menos un rasgo de urgencia…

pero sus ojos escudriñaban los lados, con una precisión inquietante…

trazando líneas invisibles que medían distancias entre los troncos, y calculando posibles ángulos de ataque entre las rocas, como si estuviera clasificando un entramado completo de decisiones… que todavía no habían sido tomadas.

Por detrás Landion contuvo el aliento, hasta que los pulmones comenzaron a arderle, y a su alrededor incluso el polvo pareció quedarse inmóvil… bajo aquella orden silenciosa que exigía quietud.

Es que en ese páramo de piedra y ceniza, nada obedecía las reglas que el mundo conocido creía inobjetables, y resultaba imposible saber si un aullido había nacido a cientos de lejanos pasos…

o tan cerca, que solo bastaría girar apenas la cabeza, para descubrir unos ojos inmóviles observándolos desde la oscuridad.

Porque aquí los ecos murieron hace muchos Legados.

Y sin ecos… los sonidos mentían.

Por supuesto, que esto no le era ajeno al joven legionario…

Pues era indispensable saberlo todo antes de poner un pie en los adoquines del Anillo.

Pero allí, con el aire clavado en los pulmones y ningún eco devolviéndole respuesta alguna, comprendió que una cosa era escuchar estas historias bajo el techo seguro de una cabaña… y otra cosa muy distinta… era quedar atrapado en la mentira obscena de unos sonidos vacíos de dirección.

Sin embargo, hubo una época en que los ecos cantaron libremente por estas tierras… susurrando melodías entre las flores, devolviendo risas desde los arroyos, amplificando las voces de los niños… y recogiendo cada palabra lanzada al aire, para sostenerla dentro del paisaje.

Hasta que aquel fatídico fragmento, engendrado por esa guerra que estalló donde el cielo mismo termina y comienza algo que este mundo jamás supo nombrar…

se precipitó con esa fuerza de millones de soles, y trajo consigo el Evento junto con su cruel sentencia de destrucción, que no solo le extirpó hasta el último eco a todo cuanto permanecía sobre estas tierras…

sino que dejó un territorio entero aferrado a un bosque moribundo, incapaz de aceptar que todo lo que alguna vez respiró allí…

dejó de existir de la misma manera en que había nacido.

Y todo eso… era exactamente lo que Landion tenía bajo los pies en ese momento…

mientras el cielo del atardecer cubría de rojo las copas de los árboles secos, y el Capitán comenzaba a bajar el puño tan despacio…

que el descenso pareció extenderse una eternidad…

y desde su lugar, el joven legionario comprendió que no se trataba de un simple movimiento…

sino de un anzuelo silencioso que el Capitán arrojaba con paciencia, para tentar cualquier amenaza que pudiera estar acechándolos desde la espesura marchita.

Aunque nada cambió.

Y los ojos de todos continuaron moviéndose…

rastreando cada sombra que la retirada del sol iba estirando, cada tronco que podía ser roca o bien podía no serlo, y cada abertura sospechosa entre los matorrales resecos…

donde algo podía permanecer agazapado, aguardando el instante justo para desprenderse de su disfraz de ausencia.

Seis respiraciones pasaron…

Doce.

Nada se movía.

Pero aun así… la quietud no significaba ausencia.

Entonces el Capitán agitó su puño hacia adelante, y clavó con fuerza los talones en los flancos de su Zancudo, consciente de que cada paso, los arrastraba un poco más hacia las garras de esa nada, que no acostumbraba a soltar aquello que alcanzaba a sujetar.

Los tres que lo seguían lo imitaron de inmediato, y sus monturas aceleraron con ese manejo tenso que solo concede el entrenamiento verdadero…

a la vez que los oscuros Uniformes de Incursión se disolvían con las sombras del sendero, y las capas que los completaban, con sus opacas franjas en tonos sangre y ceniza, ondeaban a sus espaldas…

aunque no flameaban con la arrogancia inútil de un adorno protocolar…

sino con la sobriedad de un emblema nacido para una guerra sin cuartel, que no buscaba ser visto.

Landion tragó saliva y pensó en las lecciones sobre la Tierra Muerta…

en los mapas estudiados hasta desgastar sus bordes, en las advertencias repetidas tantas veces que terminaron convirtiéndose en ruido…

y comprendió entonces, que nada de eso lo había preparado para el momento preciso en donde algo te está vigilando, pero no sabes qué es, ni dónde se oculta…

ni si ya ha tomado la decisión de matarte.

Había soñado con ser legionario desde niño, llevando la espada al cinto y el orgullo latiéndole en el pecho bajo un uniforme impecable… pero jamás imaginó, que podía morir en un lugar donde sus gritos jamás encontrarían un eco que los devolviera.

Los cuatro jinetes llevaban una acompasada carrera… y a pesar de que Landion sentía el corazón agitándole las venas… la fricción áspera de la Capa de Incursión contra su cuello, le regresó de pronto el recuerdo nítido de cuando tuvo que desprenderse de su suave Capa de Campaña.

De la verdadera…

La Escarlata y Añil… según la llamaban de una manera casi irrespetuosa.

Y aquella fastuosa prenda que recibió en su largamente soñada investidura de Legionario Imperial…

de la que aún conservaba intacta la imagen de las manos solemnes del Maestro de Investiduras, desplegando frente suyo esa prestigiosa tela…

y cuando al fin pasó a pertenecerle… la sostuvo entre los dedos con la sensación de estar acariciando una reliquia, porque en sus fibras no descansaban solamente hilo y tintes…

sino la sangre de todos aquellos que la habían vestido mucho antes que él.

Y era brillante…

Pero no un brillo ceremonial igual a cualquier otro, sino un fulgor pleno, que parecía atrapar la luz y devolverla multiplicada… y que también se comportaba igual que una voz orgullosa incapaz de mantener el silencio, gritando hasta desgastarse la garganta en cada pliegue de la tela…

¡AQUÍ NORDAAAAAAAR!

Es decir… era demasiado radiante para la Tierra Muerta.

Pues en este territorio podrido, la gloria resultaba ser un lujo peligroso…

una llamarada arrogante encumbrándose demasiado alto, en un lugar donde cualquier cosa capaz de brillar…

terminaba atrayendo rostros deformes por entre las sombras…

y fue precisamente por esto, que esa mañana antes de internarse en esta región sin alma, el joven legionario no tuvo más alternativa que renunciar a toda esa gloria, y desprenderse con una punzada amarga, de aquel símbolo resplandeciente que descansaba en su espalda.

—Entrégala —le dijo en ese momento, el Costurero de Guerra.