La Memoria 336 #3
Cuando los demás bajaron, Aren se quedó solo un momento más en la elevación.
El sol continuaba su descenso sobre el territorio al sur, tiñendo el horizonte con esos colores que el grupo había aprendido a leer como información y que Aren seguía leyendo aunque ya no necesitara la información para ninguna decisión urgente, porque algunas formas de mirar se vuelven parte de uno y ya no pueden separarse de lo que uno es.
Pensó en el hielo.
No lo recordaba —era demasiado bebé cuando lo cruzaron— pero tenía fragmentos de los que le dijo Nara: el frío que era distinto a cualquier otro frío, la forma en que el silencio sobre el hielo abierto era diferente al silencio de cualquier otro lugar, el sonido de los pasos de Kael al frente del grupo que él seguía con los ojos semicerrados cuando el cansancio hacía difícil mantenerlos abiertos.
El cuerpo de Nara delante de él, que era el horizonte más seguro que había conocido en esos años.
Den caminando con la quietud de quien lleva algo que no pesa porque sabe por qué lo carga.
Pensó en Nara diciéndole estoy completa, que es mejor que estar bien.
Pensó en Kane corriendo hacia el bisonte con el cuerpo que ya no debería haber corrido así y que corrió de todas formas porque era Kane y no había otra forma de ser Kane.
Pensó en el Pálido sentado frente a una palma abierta, eligiendo.
Todos esos momentos seguían ahí. No en los registros, aunque algunos lo estaban, sino en ese lugar interior donde las cosas que importan viven de una forma que no necesita soporte físico para durar.
Aren había aprendido que ese lugar era tan real como cualquier cuero grabado, y más resistente a los elementos, y que su única vulnerabilidad era que no podía sobrevivir a la persona que lo albergaba.
Por eso los registros.
Por eso Siku.
Por eso Ran y Yura y Daka y todos los que vendrían después y que no sabrían los nombres de las personas que habían caminado sobre el hielo pero que caminarían sobre la tierra que esas personas habían alcanzado, y construirían sobre lo que esas personas habían aprendido, y harían preguntas que esas personas habían sido los primeros en hacerse sin saber que estaban iniciando algo que no terminaría con ellos.
Quedaba solo un último gesto: dejar la piedra donde debía quedarse.
Tomó la piedra.
La sostuvo en la palma abierta durante un momento largo, con la figura grabada esa mañana mirando hacia arriba: el hombre entre la tierra y el cielo.
Los tres trazos que resumían todo lo que había aprendido en setenta y dos ciclos.
La figura más simple que su mano había producido en toda su vida y la más completa.
La giró. La observó desde el ángulo donde la luz del atardecer la tocaba con más intensidad, revelando la profundidad del surco que el buril había abierto en la piedra gris azulada.
La marca era limpia, precisa, con esa calidad de lo definitivo que tienen los trazos que no se corrigen porque no pueden corregirse y porque no necesitan corrección.
Pensó en Nara recogiendo esta piedra del suelo frente al muro de hielo, en el momento donde el pie de alguien la había desprendido y ella la había visto entre todos los fragmentos y había sentido algo que la hizo agacharse.
Pensó en lo que ella había visto en esa piedra que nadie más había visto.
Pensó en todos los lugares a los que había viajado esta piedra desde ese muro que ya no existía, en todas las manos que nunca la habían tocado pero que la habían rodeado durante décadas porque las manos de Nara y las de Aren siempre habían estado cerca de las manos de los demás.
La colocó sobre la roca plana del montículo.
Suavemente, sin apresuramiento, con el mismo cuidado con que se coloca algo que ha cargado el peso de varias vidas y que merece que el gesto final sea a la altura de ese peso.
La orientó para que la figura grabada mirara hacia el sur, hacia la dirección que el grupo siempre había seguido, hacia el territorio que ninguno de ellos vería completamente pero que los que vinieran después habitarían con todos los nombres y todas las historias que todavía no habían ocurrido.
No lo hizo como ofrenda. No lo hizo como señal para nadie en particular.
Lo hizo porque en el silencio de esa mañana, en el centro del pecho donde las respuestas llegan antes de que la mente las busque, había entendido que esta piedra no era suya para quedársela.
Que había cosas que se transmiten de mano en mano durante generaciones y que hay otras que se transmiten de manera diferente, a través del tiempo que no tiene forma de mano, hacia personas que todavía no han nacido y que no sabrán que lo que encuentran viene de alguien que existió antes de que ellos fueran posibles.
La piedra permanecería.
Las piedras permanecen.
El sol llegó al horizonte y lo tocó con esa precisión que tiene siempre, sin tardanza y sin apuro, con la regularidad de lo que no tiene otra forma de ser. Aren lo observó hasta que la última franja de luz desapareció detrás de la línea del mundo.
Luego miró la piedra una vez más.
La figura era pequeña, casi invisible desde la distancia, pero él la conocía con la precisión de quien la había producido esa mañana con las manos y la había visto producirse: el hombre entre la tierra y el cielo, los tres trazos que eran todo lo que había aprendido, la primera marca que había dejado en el mundo que no podría llevarse consigo.
Algo en él sabía, sin poder decirlo con palabras, que esa figura no terminaría aquí.
Que los trazos que él había desarrollado durante décadas, perfeccionados en cuero y en roca, transmitidos a Siku que los transmitiría a otros, encontrarían con el tiempo la forma que necesitaban para convertirse en algo que él no podía imaginar todavía.
Que los pueblos que vivirían en esta tierra después de ellos, que construirían en ella con una profundidad y una complejidad que superaría todo lo que el grupo había logrado, encontrarían en los trazos simples que él había iniciado la semilla de algo que necesitarían para ser completamente lo que serían.
Que el hombre entre la tierra y el cielo sería reconocido, de formas que él no viviría para ver, por manos que llevarían su sangre sin saberlo y que mirarían ese trazo simple como si lo recordaran desde antes de haberlo aprendido.
No lo sabía. No podía saberlo.
Pero lo sentía con la certeza de las cosas que llegan desde el centro del pecho cuando el centro del pecho está suficientemente quieto para recibir lo que hay que recibir.
Se puso de pie.
Bajó del montículo hacia su familia con el paso lento y firme de quien ha completado lo que tenía que completar y que camina ahora hacia lo que queda, que era suficiente, que era más que suficiente, que era todo.
Abajo, el fuego de la noche comenzaba a encenderse.
Las voces del grupo llegaban mezcladas: los niños, los cazadores volviendo, las mujeres con el trabajo de la tarde.
El nieto del Pálido trotaba junto a Daka en el perímetro, con esa fidelidad heredada que ya no necesitaba ser construida.
Siku tenía los registros en las manos junto al fuego, inclinado sobre ellos con su atención particular, aprendiendo todavía, siempre aprendiendo, que era la única postura honesta ante un mundo que nunca terminaba de mostrar todo lo que tenía.
Ran estaba al margen, con los pies plantados, mirando el sur.
Aren llegó hasta él y se detuvo a su lado durante un momento sin decir nada, mirando también el sur, la extensión abierta de lo que vendría después de ellos.
—¿Qué ves? —preguntó.
Ran tardó en responder, con esa lentitud que no era duda sino honestidad, la de alguien que no quiere decir lo que no ha terminado de ver.
—Mucho —dijo finalmente—. Más de lo que sé todavía cómo nombrar.
Aren asintió.
—Bien —dijo—. Eso es exactamente lo correcto.
Y se fue hacia el fuego, hacia su familia, hacia lo que quedaba de la noche, dejando a Ran con el sur y con todo lo que el sur todavía contenía, que era más de lo que cualquiera de los dos podría ver en una sola vida pero que existía de todas formas, esperando con la paciencia de lo que tiene todo el tiempo que existe.
Sobre el montículo, en la roca plana que miraba al sur, la piedra gris azulada esperaba también.
El hombre entre la tierra y el cielo.
Tres trazos. El principio de todo lo que vendría.
Continúa en: Neltia: El Largo Camino del Ticitl.