Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) Epílogo 356
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Epílogo 356

Epílogo

La piedra permaneció sobre la roca durante el tiempo que permanecen las cosas que nadie mueve.

El grupo que la había dejado continuó hacia el sur, como siempre había continuado, llevando consigo los registros y los lobos y el conocimiento acumulado de todo lo que habían visto.

Sus hijos tuvieron hijos. Los hijos de sus hijos tuvieron hijos también.

Y en cada generación, alguien recibía los registros de quien los había llevado antes, y los estudiaba con las manos además de los ojos, y añadía lo que su tiempo tenía para añadir, y los pasaba al siguiente con la misma instrucción que Aren había dado a Siku: continúa tú.

Los siglos pasaron de la única manera en que los siglos pasan: uno después del otro, sin aviso y sin pausa.

El territorio que el grupo había cruzado fue conociéndose a sí mismo de formas que ninguno de los que lo cruzaron primero habría podido anticipar.

Los que vivieron en él aprendieron sus ríos, sus estaciones, sus animales, sus cielos.

Construyeron en él con una profundidad que crece cuando el tiempo es suficientemente largo y la atención suficientemente sostenida.

Desarrollaron lenguas que nombraban lo que el mundo mostraba, calendarios que registraban el tiempo con una precisión que Aren habría reconocido como la continuación de lo que Den le había enseñado sobre la necesidad de contar, de registrar, de no dejar que el tiempo se perdiera sin marca.

Y en algún punto, en algún lugar de ese vasto territorio que se extendía desde el hielo hasta los mares del sur, alguien tomó una piedra en la mano y trazó en ella un símbolo.

No sabía de dónde venía ese impulso. No sabía que miles de años antes alguien había trazado sobre otra piedra la figura de un hombre entre la tierra y el cielo, y que ese trazo había sido el primero de una cadena larga e invisible que llegaba hasta sus manos sin que ningún eslabón de esa cadena supiera que era parte de ella.

Solo sabía que el trazo que producía su mano decía algo que las palabras no podían decir de la misma manera, que la marca sobre la superficie era más duradera que la voz y más precisa que el gesto, que lo que se graba permanece cuando lo que se dice desaparece.

Eso también lo había aprendido de alguien.

Quien lo había aprendido de alguien más.

Desde el principio.

Las culturas que florecieron en este continente durante los milenios que siguieron construyeron sistemas de conocimiento de una complejidad que todavía no ha sido completamente comprendida.

Sus calendarios midieron el tiempo con una precisión que ninguna otra civilización contemporánea alcanzó.

Sus sistemas de escritura registraron no solo hechos sino significados, no solo eventos sino la relación entre los eventos y el cosmos que los contenía.

Su comprensión de la astronomía, la matemática, la medicina y la arquitectura revela una mente humana en su expresión más plena.

Todo eso tuvo un origen.

Como todo tiene un origen.

Alguien fue el primero en mirar el cielo con la pregunta correcta.

Alguien fue el primero en entender que lo que no se registra desaparece.

Alguien fue el primero en comprender que la tierra puede enseñar a quien sabe mirarla, que los animales pueden ser interlocutores, que el tiempo tiene una estructura que puede leerse si se aprende el lenguaje en que está escrita.

No sabemos sus nombres.

Pero caminaron sobre esta tierra antes que cualquiera de los que vinieron después.

Y lo que dejaron no siempre fue visible.

A veces fue una piedra sobre una roca que miraba al sur.

A veces fue una manera de mirar el mundo que pasó de mano en mano sin que nadie pudiera señalar el momento exacto en que pasó.

Esta saga comienza quince mil años antes de la conquista porque la conquista no se entiende si no se entiende primero lo que encontró.

Y lo que encontró no era el vacío que sus crónicas quisieron describir: era un mundo habitado desde hacía milenios por pueblos que habían aprendido a leer el cielo con una precisión que Europa tardaría siglos en igualar, que habían construido ciudades con sistemas de agua y organización social que sus invasores no supieron nombrar porque nombrarlos habría exigido reconocerlos.

Pueblos con su propio concepto del honor, sus propias formas de justicia, su propia comprensión de lo sagrado y de la responsabilidad que el ser humano tiene con el tiempo y con los que vienen después.

Pueblos que cometieron los mismos errores que todos los pueblos cometen, y que alcanzaron las mismas cumbres que cualquier civilización humana puede alcanzar, porque eran exactamente eso: civilizaciones humanas, con todo lo que esa palabra contiene.

Lo que ocurrió cuando dos mundos colisionaron no fue el encuentro de lo desarrollado con lo primitivo.

Fue el encuentro de dos maneras distintas de haber resuelto la misma pregunta: cómo vivir, cómo honrar lo que se tiene, cómo transmitirlo.

Que uno de los dos no entendiera lo que encontraba no hace que lo encontrado fuera menor.

Solo hace que la pérdida fuera más grande.

Eso también es historia.

La más larga de todas.