Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) La Memoria 336 #2
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La Memoria 336 #2

El animal de la cueva de la tormenta, que recordaba con más claridad que la mayoría de los momentos reales de su vida: la niña con el carbón en la mano, el cazador que empezó por los colmillos, la mujer que puso la mano dos veces para verificar que seguía siendo la misma.

El eclipse del sol con las medias lunas invertidas sobre el suelo, el cielo que se convirtió en noche en pleno mediodía, las estrellas que aparecieron donde no debían.

El nacimiento de una herida en la tierra: la tierra que se abría, las capas de tiempo expuestas una sobre otra, el fragmento de tierra roja que había cargado durante décadas y que ahora descansaba con los demás objetos que Siku heredaría.

El Glyptodon y el patrón hexagonal, la lanza que rebotó, la pared que Kane dibujó debajo del patrón.

La represa de los castores y las piedras en ángulo junto a ella, el primer intento de imaginar lo que podría construirse con la lógica de lo que el agua hacía sola.

El dientes de sable que evaluó y eligió otra cosa.

El Pálido sentado frente a la palma abierta de Kane, eligiendo también.

Kael. Den. Teka. Nara. Kane. Todos los demás.

No como retratos sino como formas que cualquiera que los hubiera conocido habría reconocido: la postura de Kael de pie con el peso ligeramente hacia adelante, siempre listo, siempre orientado hacia lo que venía.

La figura de Den con la mano extendida sobre algo pequeño, en el gesto de enseñar que no imponía sino que ofrecía.

Teka y Nara mirando al sur con los brazos abiertos en la piedra de sus tumbas, que Aren había copiado de memoria en cuero antes de que el tiempo borrara lo que había grabado en la roca.

Kane corriendo. La única imagen de Kane en movimiento, que era la única manera honesta de representarlo.

Aren tenía setenta y dos ciclos, aunque no había forma de saber si ese cálculo era exacto.

Había empezado a contarlos después del eclipse, siguiendo la instrucción de Den que tardó años en entender completamente.

Los primeros años de su vida eran una estimación, y las estimaciones acumuladas durante décadas producen un número que podía tener un margen de error de varios ciclos en cualquier dirección.

No importaba. Lo que importaba era lo que esos ciclos contenían.

El cuerpo le informaba de otras maneras sobre el tiempo transcurrido: las manos que tardaban más en responder al frío, la espalda que pedía más tiempo por las mañanas antes de enderezarse del todo, los ojos que seguían siendo precisos para lo lejano pero que habían perdido parte de su claridad para lo cercano.

Lo que no había cambiado era lo que Den había cultivado en él: la atención.

La capacidad de quedarse en un momento hasta entenderlo.

La paciencia con la incertidumbre. La mirada que buscaba el principio detrás de la forma.

Eso no lo había perdido. Y mientras lo tuviera, el resto eran detalles.

Fue entonces cuando Siku subió a buscarlo, tal como Aren había anticipado que ocurriría.

Escuchó pasos detrás de él antes de que Siku llegara a la cima.

No se giró. Esperó.

Siku se sentó junto a él sin decir nada, mirando los registros extendidos sobre la roca con esa atención que Aren había aprendido a reconocer como su forma más honesta de estar presente.

No la atención del estudiante que quiere demostrar que estudia.

La de alguien que genuinamente quiere entender y que sabe que entender toma el tiempo que toma y que apresurarlo no es eficiencia sino pérdida.

Pasaron un momento en silencio.

—¿Los reconoces todos? —preguntó Aren.

Siku los recorrió uno por uno, con las yemas de los dedos además de los ojos, con esa forma suya de leer que trataba los registros como objetos con densidad propia y no solo como superficies con marcas.

—Este no —dijo, señalando uno de los más antiguos, un trazo que Aren había hecho décadas antes y que la edad del cuero había vuelto más difícil de leer.

—El primer asentamiento —dijo Aren—. Antes del río. Antes de todo lo que conoces.

Siku lo miró.

—¿Cómo era?

Aren pensó en eso. No buscó la descripción más precisa sino la más verdadera, que no siempre era la misma cosa.

—Era el primer lugar donde el grupo dejó de moverse por miedo y empezó a moverse por elección —dijo—. Esa es la diferencia entre huir y caminar. Y fue ahí donde la entendimos.

Siku asintió lentamente, con ese movimiento que Aren había aprendido a leer como confirmación de que algo había llegado al lugar correcto.

—¿Y antes de ese lugar? —preguntó Siku.

—El hielo —dijo Aren—. Un mundo que ya no existe. Del otro lado de algo que ninguno de nosotros volverá a ver, eso me dijeron.

Siku miró la piedra gris azulada que Aren sostenía en la mano. La había visto antes pero nunca la había preguntado. Hoy la preguntó con los ojos.

—Del hielo original —dijo Aren—. Mi madre la cargó toda su vida. Yo la he cargado toda la mía.

—¿Y ahora?

Aren no respondió de inmediato. Miró la piedra con la figura grabada esa mañana: el hombre entre la tierra y el cielo.

—Ahora se queda —dijo.

Después de ese momento entre los dos, llegó la hora de reunir a todos los que necesitaban escuchar lo que seguía.

Más tarde, cuando el sol estaba alto y la luz ya no alargaba las sombras sino que las reducía, Aren reunió a los jóvenes.

No a todos. A los que necesitaban estar: Siku, Ran, los hijos mayores de Daka que ya tenían la edad donde el conocimiento puede sostenerse sin derramarse, dos mujeres jóvenes que Yura había señalado con esa discreción que era su forma de hacer las cosas importantes sin que nadie pudiera señalar el momento exacto en que las había hecho.

Se sentaron en círculo sobre la elevación. El viento venía del norte, suave, sin la carga de frío que había tenido en el pasado y que a veces todavía llegaba como un recuerdo físico de lo que el grupo había sido.

Aren extendió los registros entre ellos.

—Esto no es mío —dijo—. Nunca lo fue. Lo produje yo, pero pertenece a lo que somos. Y lo que somos no termina cuando mi vida se termine.

Los jóvenes lo escucharon con la atención que él reconocía porque había sido la misma que había puesto cuando Den hablaba: la de alguien que sabe que lo que escucha importa y que por tanto no puede permitirse perder ninguna parte.

—Hay cosas aquí que no comprenderán todavía —continuó—.

Está bien. La comprensión no siempre llega en el momento en que uno quisiera.

A veces llega después, cuando la experiencia propia finalmente alcanza a la información que estaba esperando.

Den me enseñó eso. Me dijo cosas que entendí años después de que él ya no estuviera para saber que las había entendido.

Hizo una pausa.

—Cuando llegue ese momento para ustedes, no busquen la explicación afuera. Ya está aquí.

Tocó los registros con la yema de los dedos.

—Solo hay que saber leerlos.

Ran habló por primera vez en ese círculo, con la voz de alguien que pesa sus palabras antes de soltarlas, que había aprendido en pocas semanas junto a Aren que las palabras que se dicen demasiado rápido llegan incompletas:

—¿Cómo sabremos que los estamos leyendo bien?

Aren lo miró con esa mirada: la que no juzga la pregunta sino que la sostiene para ver de qué está hecha.

—Cuando lo que leen cambie lo que hacen —dijo—. No antes.

Con esa pregunta respondida, solo quedaba un gesto más por hacer: poner los registros, formalmente, en otras manos.

La entrega no fue ceremonial.

No hubo palabras solemnes ni gestos formales ni ninguno de los rituales que los grupos suelen construir alrededor de las transiciones importantes para que la transición parezca más grande de lo que ya es.

Aren no era Den y Den no había sido ceremonial: había sido directo, preciso, generoso con el tiempo pero no con las palabras que no servían. Esa forma también se transmitía.

Simplemente enrolló los registros con el cuidado con que los había enrollado siempre —el mismo gesto de miles de veces, las manos que sabían la presión exacta para que el cuero no se doblara donde no debía— y los colocó frente a Siku.

—Continuarás tú —dijo.

Siku puso las manos sobre los registros. No de inmediato: primero los miró, luego los tocó con la misma suavidad con que Aren los había visto tocar siempre las cosas que importaban, con ese tacto que no agarra sino que reconoce, que no posee sino que recibe.

—¿Qué voy a agregar? —preguntó.

—Lo que veas —dijo Aren—. Lo que el grupo viva. Lo que el mundo muestre que no ha mostrado antes.

—¿Y si no sé cómo representarlo?

—Entonces inventa tu manera. Eso también es parte del trabajo. Den inventó la suya. Yo inventé la mía. La tuya será diferente de ambas y será la correcta para lo que te toque ver.

Siku asintió.

Aren se puso de pie. Los jóvenes se pusieron de pie también, no por protocolo sino porque el cuerpo responde a ciertos momentos de cierta manera sin que nadie lo indique, con esa sabiduría colectiva que el grupo había desarrollado durante generaciones de vivir suficientemente juntos como para que los momentos importantes se reconocieran antes de nombrarse.

Aren los miró a todos, uno por uno, con esa mirada que había cultivado durante setenta y dos ciclos y que era lo más parecido a un legado que podía dejar sin que se deteriorara con el tiempo.

Ran sostuvo esa mirada con los pies plantados y los ojos directos, como siempre. Ese muchacho siempre tendría los pies plantados, pensó Aren. Era lo primero que había visto en él y era lo que seguiría siendo cuando Aren ya no estuviera para verlo.

Yura tenía la expresión de quien ya está organizando lo que sigue. Eso también era correcto.

Daka miraba el sur con los ojos de Kane, y eso llenó a Aren de algo que no era tristeza aunque se le parecía: la emoción específica de ver en alguien la continuación de alguien que ya no está, el reconocimiento de que ciertas cosas no se pierden sino que se transmiten de formas que ningún registro puede capturar completamente.