Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) La Montaña que Arde 296 #2
86%

La Montaña que Arde 296 #2

Los animales respondieron antes que el grupo.

Los pájaros buscaron la vegetación más densa disponible y no salieron de ella con esa determinación de lo que ha encontrado su lugar seguro y no tiene intención de dejarlo.

Los lobos permanecían más cerca de los humanos que de costumbre, con esa reducción del espacio personal que exhiben cuando el entorno produce algo que sus instintos no saben cómo clasificar: cuando el peligro no tiene dirección ni origen identificable y el instinto de huir no sabe hacia dónde apuntar, el cuerpo se aproxima a lo que conoce como seguro.

El Pálido caminaba literalmente bajo los pies de Kane con una insistencia que no era su costumbre y que Kane toleraba sin comentarlo porque entendía que en ese momento la necesidad del animal era más importante que la incomodidad propia.

—El agua —dijo Aren.

Kane lo miró.

—La ceniza contamina el agua que está expuesta. Los recipientes abiertos. Los arroyos pequeños perderán su uso antes de que podamos llegar a los siguientes.

Kane buscó con los ojos a Yura, que ya había entendido lo mismo sin que nadie se lo dijera y estaba cubriendo los recipientes de piel con trozos de cuero adicional, atándolos con rapidez, protegiéndolos del polvo que seguía cayendo con esa constancia de lo que no tiene intención pero tampoco tiene pausa.

—También necesitamos llenar lo que tengamos antes de continuar —dijo Aren—. El río seguirá siendo usable más tiempo que los tributarios. Pero no podemos depender de un único punto cuando nos movemos.

El grupo cargó más agua de lo habitual antes de continuar. En el momento parecía excesivo. Dos horas después resultó exacto.

Fue precisamente en esa marcha, bajo un cielo que no mostraba la hora, cuando se topraron con algo que detuvo por completo su avance.

Fue durante esa marcha forzada, con la ceniza cayendo sobre sus pieles y el cielo que no mostraba la hora, cuando llegaron al punto del río donde los castores vivían.

El grupo lo olió antes de verlo: vegetación acuática densa, el olor específico del agua que no corre sino que se acumula, esa mezcla de materia orgánica que se descompone lentamente bajo el agua y que produce el sustrato donde ciertas plantas crecen con una densidad que en aguas corrientes no lograrían.

Y luego lo escucharon: una actividad constante, golpes rítmicos sobre el agua, un chapoteo que no tenía la irregularidad del movimiento libre sino la cadencia de algo que trabaja con propósito, que sabe lo que hace y lo hace sin variación porque la variación sería un error y el error en ese trabajo tiene consecuencias que el animal conoce desde antes de nacer.

El primero que lo vio se detuvo y extendió el brazo hacia los lados con el gesto que significaba detenerse.

En la orilla del río, a unos cien pasos, había una forma que el cerebro identificó primero como oso: la silueta era comparable en masa, oscura, voluminosa.

Pero la postura era diferente. No el perfil del oso sino algo horizontal, bajo, orientado hacia el agua con una atención completa, con movimientos que no eran los de un depredador evaluando su entorno sino los de algo completamente distinto. Algo que trabajaba.

Luego vieron los dientes.

Incisivos de un color entre el naranja y el rojo oscuro, tan largos como el antebrazo de un hombre, que el animal usaba para cortar la vegetación acuática con una eficiencia que resultaba casi mecánica.

Trozos de tallo y raíz caían al agua con cada movimiento, y el animal los recogía y los transportaba hacia un punto específico de la orilla con la determinación de quien sabe exactamente lo que está haciendo y cuándo habrá terminado, lo cual era exactamente la determinación que hacía que mirarlo fuera tan difícil de dejar de hacer.

No era uno. Eran cuatro.

Y lo que construían detuvo completamente al grupo.

La represa se extendía de orilla a orilla en un tramo donde el río se estrechaba naturalmente, formada por capas acumuladas de vegetación acuática compactada, raíces entrelazadas, barro depositado sobre barro anterior, tierra que el agua había traído y que la estructura retenía antes de que siguiera su curso.

No era una barrera perfecta: el agua la cruzaba en múltiples puntos, filtrada a través de la masa densa de material que interponía entre el flujo libre y lo que quedaba detrás.

Pero esa imperfección tenía un propósito.

El agua que cruzaba lo hacía lentamente, con la velocidad reducida de algo que ha encontrado resistencia suficiente para que ya no pueda avanzar como avanzaba antes.

Y detrás de esa barrera, el río había formado una extensión tranquila de agua más profunda de lo que el cauce normal habría producido, donde la vegetación acuática crecía con una abundancia que el río libre no habría sostenido, donde los peces se movían con la lentitud de los que no necesitan escapar de corrientes que los empujarían.

Era un ecosistema creado.

Creado por esos animales enormes con los incisivos del color de la tierra quemada, que trabajaban sin pausa durante la ceniza y el cielo oscuro con la misma eficiencia con que habrían trabajado en un día ordinario, porque su tarea no dependía de lo que el cielo hiciera sino de lo que la represa necesitara y la represa necesitaba lo que necesitaba independientemente del cielo.

Kane se quedó mirando durante un tiempo largo. Aren se colocó a su lado. Ninguno habló de inmediato porque ninguno había terminado de procesar lo que veía, y ambos sabían que hablar antes de terminar de ver es interrumpir algo que merece todo el tiempo disponible.

Uno de los animales emergió del agua a unos cincuenta pasos y los vio.

Evaluó con esa calma de quien sabe que tiene el río detrás y la represa abajo y que su lugar en ese ecosistema no está en disputa por ninguna de las criaturas que tenía frente a él en ese momento.

Su cuerpo era tan grande como el de dos hombres adultos juntos, con esas patas que lo hacían impreciso en tierra y exacto en el agua, con la cola que se arrastraba parcialmente sobre el suelo con una pesadez que hablaba de herramienta más que de apéndice.

Los incisivos, vistos de frente, tenían una tonalidad que Aren asoció de inmediato con la piedra volcánica de las montañas al oeste, como si el animal mismo llevara en sus herramientas el color de la tierra de fuego, como si hubiera absorbido algo de ese paisaje en la materia de lo que usaba para transformarlo.

El animal decidió que el grupo no era su problema en ese momento, con esa indiferencia de quien tiene una tarea y esa tarea es más importante que los curiosos. Giró y volvió al agua con una rapidez que contradecía su masa en tierra.

—No son osos —dijo finalmente uno de los cazadores más jóvenes, con esa mezcla de alivio y decepción que produce descubrir que algo intimidante no es lo que parecía.

—No —confirmó Kane.

—¿Qué son?

Kane no tenía respuesta. Miró a Aren.

Aren tampoco la tenía. Pero tenía el carbón y el cuero, y mientras el grupo observaba desde la distancia que les parecía adecuada, trazó la silueta del animal con la precisión que le había costado años desarrollar: el perfil bajo y robusto, los incisivos desproporcionados en relación al cuerpo, la cola que no terminaba de definirse en su memoria con la claridad que habrían merecido porque la cola era el elemento más extraño, el más difícil de clasificar en ninguna categoría conocida.

Y luego, debajo del animal, trazó la represa: las capas de material compactado, el agua retenida detrás con su nivel diferente al del frente, el efecto de una barrera bien colocada sobre lo que fluye.

Dos imágenes en el mismo cuero, el animal y lo que el animal producía, porque las dos juntas eran la cosa y ninguna sola era suficiente.

Pronto, sin embargo, el grupo tuvo que dejar la represa atrás: la ceniza no daba tregua.

El grupo no podía quedarse. La ceniza seguía cayendo y el agua de los arroyos menores tenía ya la capa visible de polvo gris en la superficie y el sabor que los que los probaron describieron como tierra quemada concentrada en el agua hasta volverse imposible de beber sin consecuencias.

El río principal seguía siendo usable, pero el grupo no podía vivir solo del río principal cuando necesitaba moverse, cuando cada día en el mismo punto era un día que la montaña usaba para acercarse, o para extender su influencia más lejos, o simplemente para recordarles que los términos del territorio habían cambiado sin pedirles opinión.

La lava, aunque lejana, había alterado el terreno al oeste de formas que llegaban hasta ellos en forma de humo y olor y el calor anómalo del suelo en ciertos puntos donde antes no había ninguna razón para que la tierra estuviera tibia bajo los pies, como si algo que ardía muy abajo buscara salidas secundarias mientras la salida principal seguía ardiendo.

—Al sur —dijo Kane.

Antes de partir, Aren se quedó un momento más mirando la represa.

La ceniza caía sobre el agua retenida detrás de ella con esa pausa que produce la superficie quieta: los copos se posaban y flotaban antes de saturarse y hundirse lentamente, cubriendo el agua con una capa delgada que la volvía de ese color entre gris y blanco que el cielo tenía desde horas antes.

Los animales seguían trabajando. La ceniza no los detenía.

Su lógica era más simple y más persistente que el miedo o la distracción: había una tarea, la tarea continuaba, el entorno era el entorno y se trabajaba dentro de él independientemente de lo que el cielo decidiera hacer porque el cielo era irrelevante para lo que la represa necesitaba.