La Montaña que Arde 296
Capítulo XVIII
La Montaña que Arde
La montaña llevaba días hablando antes de que el grupo supiera escucharla.
Primero fue el suelo. No un temblor completo sino algo más sutil: una vibración que llegaba en intervalos irregulares, demasiado breve para ser evaluada antes de desaparecer, pero suficientemente real para que los lobos la registraran cada vez con el mismo movimiento involuntario de las patas, como si el suelo bajo ellos cambiara de naturaleza por un instante y luego decidiera volver a ser lo que siempre había sido.
El Pálido lo comunicaba a Kane con esa economía corporal que habían desarrollado entre los dos durante años de convivencia: las orejas ligeramente orientadas hacia el oeste, la cabeza más baja que de costumbre, los ojos que buscaban el suelo antes de buscar el horizonte, como si la información viniera de abajo y no de adelante.
Kane lo leía con la misma atención con que leía el terreno o el cielo antes de una tormenta: sin urgencia todavía, pero sin descartarlo.
Kane lo registraba. Pero el grupo llevaba semanas instalado junto al gran río y el trabajo era constante y las razones para quedarse eran más visibles que las razones para moverse.
El suelo que tiembla brevemente puede tener muchas explicaciones que no implican peligro inmediato, y esa era la trampa de lo estable: produce una atención distribuida, no concentrada en un punto, y esa distribución tiene un costo que solo se hace visible cuando ya es tarde para que no lo sea.
Luego llegó el olor.
No de inmediato. Primero como una nota al fondo del aire que el cuerpo percibía antes de que la mente encontrara una categoría donde colocarlo, ese tipo de olor que no tiene referente en ninguna experiencia anterior y que por eso el cuerpo registra con una incomodidad vaga, sin nombre, que se parece al peligro sin ser exactamente peligro.
Tierra quemada desde adentro. Roca que ha alcanzado una temperatura que la roca no debería alcanzar.
El olor de algo que arde sin que haya fuente visible, como si el fuego tuviera aquí origen en un lugar que ningún ojo humano podría ver aunque caminara hacia él durante días.
Llegaba cuando el viento venía del oeste y desaparecía cuando el viento cambiaba, con esa intermitencia que hace que uno dude de si lo ha percibido realmente o si lo ha imaginado, que hace que la señal parezca menos urgente de lo que sería si llegara de forma continua.
El olor intermitente es más difícil de sostener como preocupación que el olor constante, porque la mente lo descarta cada vez que desaparece y tiene que reconocerlo de nuevo cada vez que vuelve, y ese reconocimiento repetido se desgasta.
Aren lo registró en cuero la segunda vez que lo percibió.
No porque supiera qué era sino precisamente porque no lo sabía: las cosas que no tienen categoría son exactamente las que más necesitan ser registradas antes de que la memoria las simplifique hasta hacerlas irreconocibles, antes de que el recuerdo las convierta en la versión más sencilla de sí mismas.
Tres noches después, el horizonte al oeste mostró una luz que no correspondía al atardecer.
Una luminosidad anaranjada y oscilante que se elevaba sobre la línea de las montañas lejanas que el grupo había visto durante semanas sin acercarse a ellas.
La luz permanecía constante, sin la intermitencia de un incendio ordinario que respira y vacila con el viento, con esa cualidad de algo que no se apaga porque tiene una fuente que no se agota.
Y luego, antes del amanecer, un sonido que llegó primero al suelo y después al oído: una detonación que hizo que el terreno respondiera de una manera que los temblores anteriores no habían producido, con la profundidad de algo que viene de muy abajo y que al llegar a la superficie ha viajado ya más distancia de la que puede imaginarse.
—¿Qué es? —preguntó Daka, el hijo mayor de Kane, que tenía la edad suficiente para hacer preguntas y la suficiente curiosidad para no esperar que alguien las respondiera por iniciativa propia.
Aren miró la luz durante un momento.
—La montaña está ardiendo por dentro —dijo.
Daka procesó eso con la atención seria que tenían los niños del grupo cuando recibían información que no podían verificar por sí solos pero que llegaba de alguien cuya verificación habían aprendido a confiar.
—¿Las montañas pueden arder?
—Estas sí.
Las montañas al oeste tenían esa roca de tono particular entre el ocre y el carmesí que ningún otro suelo de los que habían cruzado tenía, como si la tierra en esa zona hubiera sido cocida desde adentro en algún momento anterior a cualquier memoria.
Estaban vivas de una manera que las montañas del norte no lo habían estado.
No con la vida del bosque ni del río, que son vidas que crecen hacia afuera, que se expresan en la superficie.
Con la vida de algo más antiguo y más indiferente: el calor original de la tierra misma buscando una salida después de un tiempo sin medida, después de haber esperado bajo el peso de toda la roca que había por encima hasta que el peso ya no alcanzaba para retenerlo.
El grupo que había visto nacer el Gran Cañón y había presenciado el eclipse oscurecer el mediodía encontraba ahora la tercera cosa que el mundo mostraba sin pedir permiso y sin esperar que alguien estuviera listo para recibirla.
No necesitaban nombre para ella. Era la única montaña que ardía. Eso era suficiente.
Durante dos días esa luz se mantuvo lo bastante estable como para no forzar todavía una decisión.
Durante dos días la luz anaranjada en el horizonte fue lo suficientemente estable como para no generar alarma inmediata.
Perturbadora, sí. Imposible de ignorar cuando el viento traía el olor y cuando las noches la volvían visible con más claridad que el día.
Pero estable. Y lo estable, en la experiencia acumulada de ese grupo, era siempre preferible a cualquier alternativa, porque lo estable permitía el tiempo para evaluar y prepararse que lo que cambia de forma rápida no permite.
El tercer día la montaña dejó de ser estable.
Aren despertó antes del amanecer con una certeza que no venía de ningún sonido específico ni de ninguna señal visible sino de esa parte de él que Den había cultivado durante años: la que recibe información antes de que el cuerpo consciente pueda procesarla, la que se activa en los umbrales de las cosas antes de que los umbrales sean visibles para los ojos.
Se incorporó en la oscuridad y miró hacia el oeste.
El horizonte no era anaranjado.
Era rojo. Un rojo profundo y activo que se elevaba en columnas visibles incluso a esa distancia, columnas de luz y humo que subían hasta una altura que la oscuridad no permitía ver completamente pero que la imaginación completaba sin dificultad porque el ojo ya tenía suficiente para entender la escala de lo que ocurría.
Y sobre esas columnas, extendiéndose en dirección al grupo llevada por el viento del oeste, una nube que no era nube: demasiado baja, demasiado densa, con un borde inferior que reflejaba la luz del fuego de abajo con una cualidad que el cielo no debería tener, que el cielo no había tenido nunca en toda la experiencia del grupo.
Aren caminó hasta donde Kane dormía. Lo tocó en el hombro una vez.
Kane abrió los ojos, vio la cara de Aren, y se incorporó de inmediato sin preguntar nada porque la cara de Aren en ese momento era información suficiente: había en ella la expresión específica de quien ha evaluado algo y ha llegado a una conclusión que no admite discusión.
Miraron juntos el horizonte durante un momento que no fue largo.
—Nos movemos —dijo Kane.
La huida empezó esa misma madrugada, con la ceniza llegando antes de que pudieran terminar de prepararse.
La ceniza llegó antes que la oscuridad.
Primero fueron partículas apenas perceptibles, un polvo fino que uno descubría porque se posaba en las pieles extendidas o en la superficie quieta del agua de los recipientes, formando una capa delgada de un gris blanquecino que al principio podía ignorarse pero que se acumulaba con una constancia que no admitía ignorarlo por mucho tiempo.
Las pieles de los niños más pequeños la mostraban con más claridad porque los niños pequeños no se mueven con el ritmo que sacude las partículas, que permanecen sobre ellos con esa fidelidad del polvo para las superficies quietas.
Luego llegaron fragmentos más grandes, pequeños como semillas pero con el peso de la piedra, que caían con una lentitud que no correspondía a su densidad, como si el aire mismo fuera más denso que de costumbre y ralentizara todo lo que intentaba caer a través de él.
Algunos eran oscuros, casi negros. Otros tenían un tono más claro, más poroso, con una textura que los dedos reconocían como roca y que sin embargo eran tan livianos que flotaban antes de posarse.
Roca que había sido fundida y enfriada en el aire durante el trayecto, que había viajado desde la montaña en ese estado de transformación y llegaba hasta ellos ya fría, ya terminada en su nueva forma.
Y luego el cielo se oscureció.
No como se oscurece con una tormenta, que tiene un borde y una dirección y permite anticipar cuánto durará porque uno puede ver desde dónde viene y hacia dónde va.
Se oscureció de forma pareja y continua, sin borde visible, como si alguien cubriera el sol con algo que no era una nube sino algo más sólido, más opaco, sin la textura variable de las nubes sino con la homogeneidad del humo que se ha extendido tanto que ya no es humo sino otra condición del cielo.
La luz del día se redujo hasta un punto donde las sombras desaparecieron porque ya no había una fuente de luz lo suficientemente directa como para producirlas.
Todo quedó en una penumbra uniforme que hacía imposible leer la hora, que borraba la diferencia entre el mediodía y la tarde y convertía el tiempo en algo que tenía que calcularse en lugar de leerse.