Las Tres Noches 279 #3
Se sentó junto a Aren sin preguntar nada, con esa manera de llegar que tenía cuando sabía que las preguntas no eran lo que se necesitaba.
Miró a Nara durante un momento con la misma atención que se da a los que ya no pueden recibirla pero que la merecen de todas formas, con la misma calidad de presencia que había dado a Kael y a Teka, con esa coherencia de alguien que trata a los muertos con el mismo respeto que a los vivos porque para él la diferencia no cambia lo que se les debe.
Luego miró al frente, al horizonte sur, con la forma de acompañar que había heredado de Kael sin saber que lo había heredado: estar presente sin convertir la presencia en algo que el otro tuviera que sostener.
Estuvieron juntos en silencio durante un tiempo largo.
Sus hijos jugaban a cierta distancia, los de Aren y los de Kane, mezclados en el mismo juego sin distinción entre quiénes pertenecían a quién, con esa indiferencia de los niños ante las categorías que los adultos construyen para organizar lo que sienten.
Eso también era herencia, pensó Aren. No de sangre sino de algo más duradero: la forma en que dos hombres que crecieron juntos en el hielo y en el calor y en la pérdida y en la construcción de algo que ninguno de los dos podría haber construido solo terminan produciendo familias que no saben bien dónde termina una y dónde empieza la otra, porque los bordes entre ellas son tan porosos que los niños los cruzan sin notarlos.
Kane puso la mano en el hombro de Aren. Una sola vez, breve, el peso justo.
—Era extraordinaria —dijo.
—Sí —dijo Aren.
Y eso fue suficiente.
La enterraron esa tarde en el punto más alto que encontraron, desde donde podía verse el sur con la amplitud que ella siempre había preferido cuando miraba el horizonte, con ese gusto por la distancia vista que había tenido desde los primeros tiempos que Aren podía recordarla y que probablemente había tenido mucho antes de que él existiera para recordarla.
Sus pertenencias junto a ella. Las pieles que habían sobrevivido al río, que llevaban ya la historia del cruce y de la noche de la crecida y de todo lo que habían cargado después.
Y la piedra que Aren le había visto guardar desde el norte, que había cargado durante todo el trayecto sin que él le preguntara nunca de dónde venía, sin que ella se la explicara nunca, con ese silencio de las cosas que se transmiten sin explicación porque la explicación les quitaría algo.
Ahora la reconoció con la claridad de las cosas que siempre habían estado frente a uno sin que uno las viera del todo: del color del hielo viejo, gris azulada, con un peso que no correspondía a su tamaño.
Del hielo original. Del principio de todo lo que habían sido, del lugar donde el trayecto había comenzado antes de que ninguno de ellos supiera que era un trayecto.
Aren la colocó sobre su pecho con cuidado antes de cerrar la tierra.
Esa piedra había viajado desde el principio hasta aquí en el cuerpo de Nara, y ahora se quedaría con ella en el punto más alto de un lugar que ninguno de ellos habría podido imaginar desde el principio, que no existía en ningún mapa porque no había mapas, que solo existía como un punto en el espacio al que habían llegado porque habían seguido moviéndose cuando no había otra cosa que hacer.
Luego grabó en la piedra de la tumba lo que había aprendido a grabar: no una figura sino las marcas que en su sistema de registro significaban algo que ninguna figura podía representar del todo. La que eligió quedarse.
No lo dijo nadie ese día. Pero todos los que estaban presentes y que la habían conocido lo entendieron de alguna forma, porque era la verdad más simple y más completa que podía decirse de ella: la que contenía todo lo demás sin necesitar nada más, la que describía lo que había definido su vida con la misma economía con que ella había vivido.
Esa noche, solo, Aren miró el sur.
Pensó en Tarek caminando en esa misma dirección años antes, con su lanza y sus hombres, siguiendo la única lógica que conocía y la única que su cuerpo había aprendido a confiar: la lógica de quien actúa antes de que la espera pueda convertirse en el error de su padre.
Pensó en qué habría encontrado en ese sur que no habían visto juntos.
Si habría sobrevivido con esa energía impaciente e irreductible que era su forma de estar en el mundo.
Si habría construido algo, algún grupo, algún asentamiento, alguna versión de lo que este grupo era pero construida desde la urgencia en lugar de desde la paciencia.
Si alguno de sus descendientes caminaba en este momento por algún territorio que Aren nunca vería, con las manos que no se quedaban quietas y los ojos que miraban de frente sin vergüenza de necesitar.
No lo sabía. No tenía forma de saberlo.
Pero pensó que si Tarek había sobrevivido, si había construido algo con lo que era, entonces en algún lugar hacia el sur existía alguien que tenía su sangre y que no sabía que existía también alguien que tenía esa misma sangre y que miraba el horizonte desde este punto elevado pensando exactamente lo mismo desde el otro lado, desde la dirección opuesta, sin que ninguno de los dos pudiera cruzar esa distancia invisible que los separaba.
Dos personas con el mismo origen mirando el mismo horizonte desde lados distintos, sin saberlo, con la misma pregunta sin respuesta que los unía más que cualquier encuentro podría hacerlo.
Esa idea no lo consoló exactamente.
Pero lo acompañó.
Y a veces acompañar es suficiente.