Las Tres Noches 279 #2
Su grupo había sido diezmado por una enfermedad que él sobrevivió sin entender por qué él y no los otros.
Esa es una de las preguntas más difíciles que un hombre puede cargar porque no tiene respuesta posible y sin embargo el cuerpo insiste en hacerla, la hace en silencio y sin parar con esa pertinencia de las preguntas que no tienen respuesta pero cuya ausencia de respuesta tampoco puede aceptarse del todo.
Llevaba semanas solo. No estaba en condiciones de imponer nada ni de negociar nada.
Solo de pedir, con la única dignidad que le quedaba, que lo dejaran caminar con ellos.
Kael lo miró durante un tiempo que Tarek describió después como el más largo de su vida. Y dijo que sí.
—¿Por qué lo elegí a él? —dijo Nara, con una sonrisa que la fiebre no había podido borrar del todo—. Porque era el único hombre que había conocido que pedía las cosas mirando a los ojos. Sin vergüenza de necesitar. Sin pretender que no necesitaba. Eso era raro. Eso era honesto.
Hizo una pausa. El fuego ajustó su forma alrededor de un tronco que cedía, y la luz cambió levemente, y las sombras de la cara de Nara se movieron con ese movimiento que hace que los rostros parezcan más viejos y más jóvenes al mismo tiempo cuando la luz es del fuego.
—Y porque tenía las manos que no se quedaban quietas.
Aren sintió algo moverse en su pecho. No lo nombró. Pero lo guardó en el mismo lugar donde guardaba las cosas que importaban demasiado para analizarlas de inmediato, las que necesitaban tiempo antes de que pudieran mirarse completamente.
La tercera noche, la más difícil, Nara habló de la separación.
Aren había crecido con la versión incompleta de esa historia, la versión que se puede dar a un niño sin que el peso de la verdad completa lo aplaste: Tarek se había ido porque no aceptaba el camino que el grupo estaba tomando.
Eso era verdad pero era solo una parte de la verdad, y las partes de la verdad que se omiten son siempre las que más pesan en quien las guarda, las que producen en quien las carga una forma de incompletud que no puede nombrarse porque su causa tampoco puede nombrarse.
Lo que Nara le contó era esto:
Tarek había venido a ella antes de irse.
No a convencerla de que lo siguiera, porque Tarek entendía que convencer a Nara de algo que ella no había elegido por sí sola era un trabajo que no tenía sentido empezar.
Vino a decirle lo que había decidido y por qué, con esa honestidad directa que había sido siempre su única forma de querer, la forma torpe y sin adornos de un hombre que nunca había tenido quien le enseñara las formas más suaves.
Le dijo que el camino que Kael estaba tomando era el camino de los hombres que esperan, y que él no podía ser ese hombre, no después de lo que sabía, no después de su padre en el hielo, no después de haber grabado esa lección tan adentro que ya no distinguía entre la lección y lo que era.
Le dijo que la amaba de la única manera que sabía amar: completamente y sin la capacidad de mostrarlo de formas más gentiles, porque esas formas más gentiles no habían tenido quien se las enseñara y aprender a amar de otra manera a esa altura era como pedirle a un árbol que creciera en la dirección opuesta a la que había crecido durante veinte años.
Y le dijo que si ella elegía quedarse, él lo entendería.
Porque ella siempre había sabido cosas que él no sabía, con esa capacidad que tenía para ver el interior de las situaciones cuando él solo podía ver el exterior.
Y si ella veía algo en ese grupo que él no podía ver, probablemente existía aunque él no pudiera verlo.
No le pidió que se fuera con él.
Le dio la elección.
Nara lo había elegido a él durante muchos años antes de ese momento y habría podido seguir eligiéndolo.
Tarek era el hombre con las manos que no se quedaban quietas, que pedía las cosas mirando a los ojos, que amaba sin instrucciones y por eso con toda la torpeza y toda la completud de lo que no ha sido domesticado por el cuidado de los demás. Elegirlo habría sido honesto.
Pero había algo en ese grupo, algo en Den, algo en el conocimiento que se estaba construyendo ahí con una lentitud y una paciencia que Tarek no podía haber producido nunca, que era más importante que cualquier decisión personal.
Y había algo en Aren, que entonces era un niño pequeño con los ojos demasiado abiertos para su edad y la atención de alguien que ya entonces registraba el mundo con más precisión de la que podía articular, que le decía que ese niño necesitaba crecer en ese lugar específico y en ningún otro.
—No me quedé por Den —dijo Nara—. Me quedé por ti.
Aren no dijo nada.
—Tu padre lo supo. Cuando se fue y te miró, lo supo.
Y no dijo nada porque no tenía palabras para decirlo sin que sonara a lo que no era.
Pero yo lo vi en su cara. El orgullo más extraño que he visto en un hombre: el orgullo de alguien que deja ir lo que más ama porque entiende que lo que más ama necesita más de lo que él puede dar.
La fiebre subió esa noche con una claridad que Aren reconoció como el final de algo que había tenido un principio mucho antes de esa noche.
Permaneció despierto junto a ella con la mano sobre su frente, sintiendo el calor que no cedía con las horas sino que se instalaba con una solidez que no era variación sino estado, escuchando su respiración que se volvía más irregular con cada hora que pasaba, con esa irregularidad que tiene la respiración cuando el cuerpo empieza a negociar lo que antes hacía sin esfuerzo.
Hacia el amanecer, Nara abrió los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Aren.
Era la pregunta equivocada para el momento, y él lo sabía mientras la decía, pero a veces lo único que encontramos es lo que menos corresponde y lo decimos igual porque el silencio en ese instante específico también duele de una manera diferente.
—Estoy completa —dijo Nara—. Que es mejor que estar bien.
Cerró los ojos. Y ese día ya no hablaron.
Murió al día siguiente, a media mañana, con la luz del sol sobre su cara y el sonido del grupo que continuaba su vida alrededor de ella como el río continúa alrededor de la piedra que encuentra en su camino: sin detenerse, sin alterar su dirección, con esa indiferencia del mundo que resulta brutal hasta que uno entiende que no es indiferencia sino permanencia, que el mundo que sigue es también la prueba de que el mundo puede sostenerse.
No fue un momento dramático. Fue una respiración que no tuvo la siguiente.
Una ausencia que tardó un momento en hacerse evidente porque todo lo demás seguía igual: el fuego, el viento, los pájaros.
Solo ella había cambiado, y ese instante de continuidad del mundo mientras ella ya no estaba era, al mismo tiempo, lo más cruel y lo más honesto que podía ocurrir, porque la honestidad del mundo es que sigue aunque uno no siga con él.
Aren se quedó sentado junto a ella durante un tiempo que no calculó.
El cuerpo de Aren tardó en ceder, y cuando lo hizo fue por el camino más pequeño: tres días después, buscó por instinto la piedra entre los registros para preguntarle a Nara si la luz de esa hora era la que ella prefería para hablar, y recordó, con el cuerpo antes que con la mente, que no había a quién preguntarle.
Volvió otra vez una semana más tarde, al escuchar a una de las mujeres jóvenes pronunciar su propio nombre con esa misma elevación al final que solo Nara usaba, esa forma de nombrar que sonaba siempre como una pregunta cuya respuesta ya se conocía.
El duelo de Aren no tuvo la forma de una ola.
Tuvo la forma de un objeto perdido que uno sigue buscando por costumbre en el mismo bolsillo, una y otra vez, mucho después de saber que ya no está ahí.
Lo que sintió en ese momento era más parecido a lo que ella había descrito.
La sensación de que algo que había estado incompleto durante mucho tiempo acababa de cerrarse, que la historia finalmente tenía todas sus partes y podía sostenerse entera, con el peso de lo que es completo, que es diferente al peso de lo que falta algo.
Su padre había sido un hombre que amaba con violencia y miedo, que cargaba una herida desde los doce años que nunca había sanado del todo porque nadie le había ofrecido las condiciones para sanarla, que tomaba decisiones desde ese lugar sin poder hacer otra cosa porque las heridas de esa edad no se eligen y tampoco se abandonan fácilmente, que se instalan en el cuerpo antes de que el cuerpo sepa que puede cuestionarlas.
Que había sido honesto en el único momento donde la honestidad le costaba más de lo que podía resistir: cuando le dio a Nara la elección de quedarse.
Que había mirado a su hijo antes de irse y había sentido algo que no tenía palabras pero que Aren podía reconocer ahora, desde este lado del tiempo, como lo más parecido al amor que ese hombre había podido producir sin instrucciones de cómo hacerlo: un amor que no sabe nombrarse a sí mismo pero que por eso mismo es el que más cuesta dar.
Aren pensó que no era el padre que habría elegido si hubiera podido elegir.
Pero era el padre que tenía. Y con todo lo que era y todo lo que había dejado de ser, era suficiente.
Era más que suficiente. Porque los padres que enseñan desde sus heridas enseñan cosas que los padres sin heridas no pueden enseñar, y Aren llevaba en él algo de eso, algo que se había formado en el espacio entre lo que Tarek le había dado y lo que no podía darle, y ese algo era parte de lo que él era ahora de una manera que no podía separarse del resto.
Kane llegó antes del mediodía.