Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) La Montaña que Arde 296 #3
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La Montaña que Arde 296 #3

Aren pensó en la represa. En el nivel del agua de un lado y del otro, en la diferencia entre los dos niveles como la prueba más directa de que lo que se había construido funcionaba.

En cómo un obstáculo bien colocado podía convertir una corriente en una acumulación, un paso en un lugar, la velocidad en permanencia.

En cómo la barrera no negaba el agua sino que la transformaba, le daba otra relación con el tiempo y con el espacio.

Pensó en el campamento que habían perdido con la crecida. En el agua que llegó de noche porque nada había sido colocado en su camino. En Teka.

Pensó en lo que esos animales sabían sin saberlo: que lo que se sabe sin saberlo no requiere ser aprendido de nuevo en cada generación sino que simplemente existe como parte de lo que uno es, sin costo de transmisión, sin posibilidad de perderse, con una fiabilidad que el conocimiento consciente no siempre tiene porque el conocimiento consciente puede olvidarse o malinterpretarse o transmitirse de forma incompleta.

El grupo no era castor. No tenía incisivos del color de la tierra quemada ni patas que convirtieran el agua en casa.

Pero tenía manos. Y las manos podían mover piedras.

Y las piedras podían colocarse en el camino del agua antes de que el agua decidiera su propio camino, con el ángulo correcto, con la selección correcta de dónde colocarlas para que la fuerza que llegara encontrara resistencia en lugar de paso libre.

Eso no era lo mismo. Pero era una idea.

Lo registró en el cuero antes de guardarlo: la represa del animal de un lado, y al otro, una línea de piedras dispuestas en ángulo en la corriente.

Dos imágenes que ninguna sola era la respuesta pero que juntas señalaban hacia algo que todavía no existía y que existiría, que esperaba en el espacio entre lo que el grupo sabía hacer y lo que todavía no sabía que podía aprender.

Marcharon hacia el sur durante el resto del día y parte de la noche, cubiertos de hojuelas grises y secas que les recordaban con cada paso que el mundo que habían dejado atrás seguía cambiando sin esperar a que ellos terminaran de alejarse de él.

Usaban la luz del volcán que iluminaba el horizonte detrás de ellos como referencia involuntaria de la dirección correcta: mientras esa luz quedara atrás, iban bien.

La ceniza fue cediendo a medida que avanzaban, con esa gradualidad que tiene la recuperación de las cosas cuando lo que las produjo queda atrás y la distancia hace su trabajo.

No desapareció en un punto preciso sino en muchos puntos pequeños, las partículas más espaciadas, el cielo recuperando lentamente su calidad habitual, las sombras volviendo a formarse conforme la luz directa del sol encontraba menos material en el aire que filtrarla.

Hacia el amanecer del día siguiente acamparon en un punto donde el aire olía solo a tierra y a vegetación y a río.

Varios bebieron directamente del afluente donde se detuvieron, sin cubrirlo primero, y el sabor era el de siempre.

Eso fue suficiente para que el grupo soltara algo que había estado sosteniendo durante horas sin nombrarlo: esa tensión específica que se acumula cuando el mundo es inhabitable y que el cuerpo no puede liberar hasta que el mundo vuelve a ser lo que debería ser.

Kane señaló el horizonte al norte, donde la columna de humo de la montaña que ardía seguía visible pero ya como una presencia lejana, reducida a la escala de algo que pertenecía al mundo sin pertenecer a sus vidas.

—¿Volverá? —preguntó su hijo mayor.

Kane lo pensó con la honestidad que tenía para las preguntas de sus hijos, esa negativa a simplificar lo que no podía simplificarse sin mentir.

—La montaña sí —dijo—. Nosotros no.

Esa noche, ya lejos de todo peligro, Aren encontró el momento de mirar hacia atrás en sus propios registros y preguntarse qué eran, en realidad, todos esos años de trabajo.

Esa noche, junto al fuego, Aren extendió sus registros sobre las pieles.

Los tenía desde el principio, desde los primeros trozos de cuero con carbón que había producido junto al fuego en el asentamiento donde Den le había enseñado a mirar antes de actuar.

Eran muchos ahora, acumulados durante un trayecto que había durado más de lo que cualquiera de ellos habría podido imaginar cuando comenzó.

Algunos deteriorados por el tiempo y el uso, con líneas que se habían borrado parcialmente y que él reconstruía de memoria cuando podía, con esa conciencia siempre presente de que la memoria no es la misma cosa que el registro y que lo que el registro no dice ya no puede recuperarse del todo.

Otros más recientes, más precisos, con un sistema que había ido desarrollando con la misma lógica con que se desarrolla cualquier cosa que se usa constantemente: por necesidad, por ensayo, por la comprensión gradual de que ciertos símbolos funcionaban mejor que otros para representar ciertas cosas.

Los miró todos durante un tiempo.

El bisonte de la cueva, que recordaba con más nitidez que cualquier imagen en cuero porque la cueva lo había guardado en piedra con una permanencia que el cuero no podía igualar.

La represa de los castores, trazada esa misma tarde, todavía fresca.

El eclipse del sol, que seguía siendo el registro más complejo que había producido porque ningún símbolo simple alcanzaba para representar lo que había ocurrido ese día, lo que se sentía en el cuerpo cuando el mediodía se oscurecía sin que ninguna tormenta lo justificara.

El nacimiento del Gran Cañón, que era más una secuencia de imágenes que una imagen única porque ese evento no podía resumirse en un momento sino que requería el tiempo como parte de su representación, porque lo que vieron fue algo que tardó horas en volverse completamente lo que era.

Había un patrón en todo eso. No un patrón que hubiera planeado sino uno que había aparecido porque era la única manera honesta de registrar lo que importaba: los momentos donde el mundo mostraba algo que no había mostrado antes.

Los instantes de la primera vez. Los eventos que el grupo no había visto venir y que, una vez vistos, cambiaban lo que era posible imaginar.

Los umbrales, que era la palabra que más se aproximaba a lo que esos registros tenían en común aunque no fuera una palabra que el grupo usara todavía con esa precisión.

Aren tomó un trozo de cuero nuevo y comenzó a organizarlos de otra manera.

No en el orden en que habían ocurrido sino en el orden de lo que significaban: los animales en un lado, los fenómenos del cielo en otro, las estructuras que la naturaleza construía en un tercero.

Y en el centro, más pequeños pero presentes, los eventos del grupo: los nacimientos, las muertes, las separaciones, los momentos donde algo que había sido de una manera empezó a ser de otra.

No una crónica de todo lo que habían vivido. Un mapa de los umbrales.

Cuando terminó tenía algo que no sabía bien cómo llamar.

No era arte en el sentido de lo que había trazado en la cueva durante la tormenta, que tenía la forma de las cosas que se hacen para ser vistas en el momento.

No era escritura en el sentido de lo que la escritura sería algún día, que tendría la precisión de poder transmitir exactamente lo que quien escribió quería decir a quien leyera sin que nada se perdiera en el trayecto.

Estaba entre las dos cosas, o antes de las dos cosas, o era la cosa de la que las dos cosas vendrían después en un tiempo que él no vería pero que existiría de todas formas porque las cosas que son necesarias existen aunque nadie las haya planeado todavía.

Kane se acercó y miró los registros por encima de su hombro con esa atención que le daba a las cosas de Aren: no la atención del que entiende completamente lo que ve sino la del que confía en que lo que ve importa aunque no pueda articular exactamente por qué.

—¿Para quién es esto? —preguntó.

Aren no respondió de inmediato. Era la pregunta que había evitado hacerse directamente durante mucho tiempo porque la respuesta implicaba algo que lo llenaba de una emoción difícil de nombrar: no tristeza exactamente, no orgullo exactamente, sino esa mezcla específica que produce entender que lo que uno hace importa más después de que uno se haya ido que mientras uno está, que el valor de ciertas cosas solo puede medirse desde el futuro y que vivir en el presente significa producir sin saber del todo lo que se produce.

—Para quien lo encuentre —dijo finalmente.

Kane miró los registros un momento más.

—¿Y si nadie los encuentra?

—Alguien los encontrará —dijo Aren—. No sé cuándo. Pero el mundo tiene la costumbre de guardar las cosas que no están listas para perderse.

El fuego ardió entre los dos. La columna de humo al norte era ya solo una presencia en el horizonte, sin la urgencia de las horas anteriores, reducida a la escala de algo que pertenecía al mundo sin pertenecer a sus vidas.

La montaña que ardía seguiría ardiendo. El grupo seguiría caminando.

Esas dos verdades coexistían con la misma naturalidad con que coexistían todas las cosas que son verdad al mismo tiempo sin cancelarse: el mundo cambiando y los que lo habitaban moviéndose a través de ese cambio con las manos llenas de lo que habían aprendido a cargar.

Y los registros viajarían con ellos hasta que no pudieran viajar más, y entonces encontrarían el lugar que los guardaría: piedra o barro o tierra compactada, alguna superficie con la paciencia suficiente para sostener lo que alguien se había tomado el trabajo de poner en ella.

Y esperarían ahí con la constancia de lo que no tiene prisa porque no necesita apurarse: lo que se registró con cuidado ya hizo su trabajo. Solo falta que alguien llegue a leerlo.