Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) Lo que Queda 269
77%

Lo que Queda 269

Capítulo XVI

Lo que Queda

El grupo no habló de Teka durante los primeros días después de cruzar.

No por olvido, sino por la razón contraria: porque nombrarla todavía dolía con la clase de dolor que necesita silencio para no desbordarse, y el grupo había aprendido, generación tras generación, a distinguir el silencio que cura del silencio que esconde.

Este era el primero. Se sabía porque nadie evitaba mirar hacia el oeste, hacia la orilla que habían dejado atrás; la miraban directamente, con la piedra grabada presente en la memoria de quienes la habían visto, y luego seguían con lo que tenían que hacer.

Reconstruir tomó semanas. Herramientas que había que tallar de nuevo desde piedra cruda, con esa lentitud particular del trabajo que empieza desde el principio, sin la ventaja de partir de algo ya hecho.

Pieles que había que curtir desde el principio porque las anteriores estaban en el fondo de un río que ya no las devolvería.

El olor del trabajo nuevo —piedra recién golpeada, grasa fresca sobre cuero crudo— llenó el campamento de una manera distinta a la habitual, más insistente, como si el aire mismo recordara que casi todo lo que tocaban ahora era reciente.

El trabajo, descubrió el grupo otra vez, era una de las pocas cosas que el duelo no podía detener del todo —no porque el duelo perdiera fuerza, sino porque las manos ocupadas le daban un lugar donde quedarse sin tener que ocupar todo el cuerpo a la vez.

Daka dejó de hacer preguntas durante casi diez días.

Era lo más extraño que Nara había visto en él desde que tenía memoria del niño: Daka, que preguntaba el por qué de cada por qué hasta agotar la paciencia de cualquier adulto, caminaba ahora junto a su madre en silencio, sin la curiosidad que normalmente lo definía.

Comía sin pedir más. Dormía sin que nadie tuviera que insistirle.

Era un silencio que preocupaba más que cualquier berrinche, porque un niño que deja de preguntar es un niño que ha decidido, en algún lugar que todavía no sabe nombrar, que las respuestas ya no llegan cuando se necesitan.

Fue Nara quien lo encontró sentado solo junto al río nuevo, una tarde, lanzando piedras pequeñas al agua sin otro propósito que el sonido que hacían al caer.

El sol de la tarde le daba en la espalda y alargaba su sombra sobre el lodo seco de la orilla, una sombra que parecía, por un momento, más grande que el niño que la proyectaba.

Se sentó junto a él sin preguntar nada. Esperó.

—Ella sabía dónde mirar —dijo Daka finalmente, sin levantar la vista—. Ahora nadie sabe.

—Tu abuela te enseñó a mirar cómo. No a mirar dónde. ¿Lo recuerdas?

Daka asintió, todavía sin mirarla.

—Entonces ya lo sabes tú —dijo Nara—. Lo que ella tenía no se fue con ella. Se fue a ti. Por eso te lo enseñó.

El niño se quedó callado, considerando eso con la seriedad completa que solo los niños dedican a una idea nueva.

—¿Eso es lo que significa cuando alguien se va? —preguntó—. ¿Que lo que sabía se queda repartido en los demás?

Nara miró el río, gris y tranquilo bajo la luz de la tarde, tan distinto del río que se lo había llevado todo apenas semanas antes.

—Sí —dijo—. Eso es exactamente lo que significa.

Daka lanzó una piedra más. Antes de que cayera, ya estaba mirando hacia otro lado, buscando algo más que mirar.

Nara lo observó volver, despacio, a ser quien era: primero los ojos, que empezaron a moverse otra vez con esa curiosidad rápida de antes, y después las manos, que ya no se quedaban quietas en su falda sino que buscaban algo —una piedra distinta, una hoja, lo que fuera— para examinarlo de cerca.

A unos pasos de ahí, sin que ninguno de los dos lo notara, Aren se había detenido frente a un montículo de piedras sueltas que el río había dejado en la nueva orilla durante alguna crecida más vieja, mucho antes de que el grupo llegara.

No buscaba nada en particular. Llevaba semanas registrando lo que el grupo había perdido y lo que el grupo había recuperado, y el cuerpo necesitaba, de cuando en cuando, un descanso de la cuenta exacta de las cosas.

Caminó entre las piedras sin propósito, tocando algunas, descartándolas, hasta que sus dedos encontraron una de un gris oscuro casi azulado, del tamaño de las dos manos juntas, con una veta clara que la cruzaba en diagonal como una cicatriz vieja ya cerrada.

Llevaba toda su vida marcando piedras y pieles y cuero sin pensar en ello como algo aparte de respirar.

El registro era una herramienta: el carbón decía lo que había ocurrido para que alguien, más adelante, pudiera saberlo sin haberlo visto.

Una figura, dos líneas, un punto donde correspondía la cabeza.

Suficiente para que el ojo correcto leyera lo que el ojo correcto necesitaba leer.

Esto era distinto, y la diferencia lo detuvo antes de que la mano se moviera.

Esta piedra no le pedía que contara nada.

No había ningún hecho detrás de ella que necesitara sobrevivir al tiempo a través de su carbón.

Era la piedra misma la que parecía pedir algo, sin información que transmitir, sin fecha que anclar, solo la insistencia muda de una forma que quería ser otra forma.

La levantó. La giró entre las manos.

No supo explicarse por qué, pero algo en ella le pidió ser tocada de otra manera, no solo sostenida ni solo mirada.

Sintió, sin que ninguna palabra acompañara la sensación, el impulso de marcarla: no con la línea rápida del registro, la que usaba sobre cuero para guardar un hecho antes de que se perdiera, sino con algo más lento, más hondo, algo que todavía no tenía nombre porque todavía no había ocurrido ninguna vez.

Era una sensación parecida a la que Den le había descrito una vez junto al fuego, esa presión en el pecho que llega antes de que la mente sepa qué hacer con ella, salvo que esta no apuntaba hacia afuera, hacia una tormenta o una manada, sino hacia adentro, hacia la piedra misma, como si la piedra tuviera algo guardado y el trabajo de sus manos fuera, simplemente, dejarlo salir.

Tomó un fragmento de pedernal afilado del pequeño morral que cargaba siempre.

Se sentó sobre una roca plana, con la piedra gris entre las rodillas, y empezó a raspar una línea breve en su superficie.

No sabía qué estaba haciendo. No tenía en la mente ninguna figura, ningún animal, ningún mapa.

Solo el gesto: la mano que encuentra un ritmo propio sobre la piedra, el sonido seco y constante del pedernal raspando, la atención completa puesta en algo que no exigía explicación todavía.

Trabajó así varias noches, siempre un poco después de que el resto del campamento se acostara, cuando las manos de todos los demás ya habían terminado su trabajo y las suyas todavía pedían algo que hacer.

No avanzaba mucho cada vez. Probó líneas que borraba raspando de nuevo la superficie, formas que abandonaba a la mitad porque algo en ellas no decía lo que él sentía que debían decir, aunque no hubiera sabido explicar qué era eso ni cómo sabría si finalmente lo habían dicho.

No quería solamente marcarla. Cualquiera podía rayar una piedra y dejar una cicatriz donde antes no había nada; eso no le habría costado nada distinto a lo que ya sabía hacer en cuero, y sentía, sin poder nombrarlo todavía, que esta piedra merecía algo que costara más que el gesto de tallar, algo que valiera el tiempo que se estaba tomando y la atención que le estaba dando, algo que mereciera durar de la misma manera en que duraba la roca misma.

Lo que terminó de aparecer en la piedra, tras todas esas noches, fue poco: un surco curvo que se cerraba sobre sí mismo, un segundo más corto cruzándolo casi sin tocarlo.

No era nada que pudiera nombrarse, ni un animal ni un hombre ni un río.

Aren la sostuvo bajo la luz del fuego y la giró buscando el ángulo en que la forma le dijera algo más de lo que ya le había dicho, y no lo encontró.

No sintió la decepción que esperaba sentir.

Sintió, en cambio, algo más parecido a lo que el cuerpo siente al final de un día de cacería sin presa: cansancio honesto, y la certeza tranquila de que las manos habían aprendido algo aunque el resultado no tuviera nada que mostrar todavía.

Esa misma noche, antes de guardar sus cosas, caminó hasta la orilla y se quedó un momento con la piedra en la mano.

No la guardó junto a los cueros y al fragmento rojo del gran corte, como había hecho las noches anteriores.

Esta piedra no merecía cargarse como se cargaba lo que sí estaba terminado, ni merecía quedarse a medio terminar entre sus pertenencias como un recordatorio de lo que no había logrado.

La dejó en el agua poco profunda de la orilla, sin gesto ni ceremonia, de la misma manera en que se devuelve a un préstamo lo que ya cumplió su propósito.

El río se la llevaría hacia el sur, o la dejaría enterrada en algún banco de arena donde nadie volvería a tocarla.

No importaba cuál de las dos cosas ocurriera.

Lo que la piedra había venido a enseñarle ya se había quedado en sus manos, y eso era lo único de ella que necesitaba conservar.

Cuando llegara, algún día, la piedra que sí mereciera quedarse, la mano sabría reconocerla.

Esta no había sido esa piedra. Pero sin esta no habría sabido distinguir la otra cuando llegara.

Kane encontró a Yura reorganizando los recipientes de agua una noche, mucho después de que el resto del campamento durmiera, marcando con pequeñas muescas en el cuero cuántos tenía cada familia y dónde se guardaban.

Trabajaba con la cabeza inclinada sobre el cuero y la luz del fuego más cercano apenas le alcanzaba para ver lo que hacía, pero no parecía importarle: sus manos conocían ya el lugar de cada muesca sin necesidad de mucha luz.

—¿Qué haces?

—Si vuelve a pasar algo así de noche, nadie debería tener que adivinar dónde está el agua de su propia familia en la oscuridad.