Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) Lo que Queda 269 #2
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Lo que Queda 269 #2

Kane se sentó frente a ella. Pensó en lo que le había dicho a Aren la tarde después del cruce —que no quería que la próxima pérdida llegara por sorpresa— y entendió que Yura había llegado a la misma conclusión sin que nadie se la dijera, por el camino más corto que existe entre una idea y la acción que la hace real.

—Cuando perdimos a Teka —dijo Kane, eligiendo las palabras con el cuidado de quien no está seguro de que vayan a salir bien—, perdimos también la forma en que ella distribuía las cosas sin que nadie se diera cuenta de que las estaba distribuyendo.

Cuidaba que nadie tuviera demasiado poco sin que pareciera que estaba cuidando nada.

—Lo sé —dijo Yura—. La estaba mirando hacer eso desde antes de que la crecida llegara.

Kane la miró con algo parecido a la sorpresa, aunque ya debería haber dejado de sorprenderse de lo mucho que Yura veía sin que nadie la viera ver.

—Nunca te pedí que hicieras esto.

—No me lo tienes que pedir —dijo Yura, sin levantar la vista del cuero—. Solo tienes que dejarme hacerlo.

Kane no respondió. Pero se quedó un rato más, viéndola trabajar, con los dedos de Yura moviéndose con una precisión que ya no parecía ensayo sino costumbre adquirida en muy poco tiempo, y cuando finalmente se levantó para volver a su propio fuego, sintió algo que todavía no tenía nombre del todo: el reconocimiento silencioso de que el grupo ya tenía, sin haberlo decidido formalmente, a alguien que estaba aprendiendo a sostener lo que Teka había sostenido durante décadas.

No de la misma manera. Pero con la misma intención.

Aren encontró a Nara despierta una noche, mirando las estrellas con la atención de quien busca algo específico sin estar seguro de que vaya a encontrarlo.

Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y la cabeza inclinada apenas hacia atrás, en ese ángulo que solo se sostiene cuando el cuerpo ha decidido quedarse así un buen rato.

—¿No puedes dormir?

—Puedo. No quiero. Todavía. —Dio unos golpecitos al suelo a su lado, y Aren se sentó—. Estoy contando cuántas veces he visto exactamente este cielo. El mismo arreglo de estrellas, la misma estación. No muchas. Una vida no da tantas vueltas como uno cree de niño.

—¿Y cuántas has contado?

—Las suficientes para saber que me quedan menos de las que ya viví.

—Lo dijo sin tristeza, con la misma claridad práctica con que hablaba de cualquier otra cosa medible: la distancia hasta el siguiente río, el tiempo hasta el próximo invierno—.

No te lo digo para que te preocupes. Te lo digo porque alguien debería saberlo además de mí, y prefiero que lo sepas ahora, tranquila, en una noche normal, que después, en una que no lo sea.

Aren no encontró nada que decir de inmediato.

Miró las mismas estrellas que ella miraba, intentando ver en ellas lo que Nara veía, sin lograrlo del todo.

El silencio entre los dos se extendió un momento, no incómodo, sino del tipo que solo permiten las personas que han pasado suficiente tiempo juntas para no necesitar llenarlo.

—Todavía nos quedan noches normales —dijo finalmente.

—Sí. —Nara sonrió, y apoyó la cabeza un momento sobre el hombro de su hijo, con la naturalidad de quien lo ha hecho miles de veces y piensa hacerlo muchas más—.

Y vamos a usarlas todas. Pero no quería que, cuando llegue la otra clase de noche, te tomara por sorpresa.

Ya tuvimos suficiente de eso con el río.

Se quedaron ahí un rato largo, sin hablar, mirando un cielo que ninguno de los dos volvería a ver exactamente igual, aunque ninguno lo supiera todavía con certeza.

El fuego más cercano se fue apagando despacio detrás de ellos, y ninguno de los dos se levantó a alimentarlo, como si apagarse también fuera, esa noche, lo que correspondía.

El campamento nuevo, en la orilla este, terminó de levantarse antes de que llegara el frío.

Tenía menos de lo que el campamento perdido había tenido —menos herramientas, menos reservas, menos de casi todo lo que podía contarse— pero tenía algo que ningún inventario podía medir: la certeza tranquila de un grupo que había perdido y seguía de pie, que sabía, sin tener que decirlo, que sabría hacerlo de nuevo si volvía a ser necesario.

Daka volvió a hacer preguntas, primero pocas y dudosas, después tantas como siempre, hasta que un día alguien bromeó que extrañaba el silencio y todos entendieron que el comentario era, en realidad, un alivio disfrazado.

Yura siguió marcando muescas en el cuero, sin que nadie se lo pidiera, para problemas que todavía no habían llegado.

Aren, algunas noches, volvía a caminar hasta el montículo de piedras en la orilla y se quedaba ahí un momento sin levantar ninguna, solo mirándolas, dejando que la mano decidiera por sí sola si esa noche había algo que valiera el tiempo o si todavía no.

Y Nara, durante las semanas que siguieron, caminó con la misma fuerza de siempre, mirando hacia afuera, hacia el horizonte, hacia el grupo —exactamente como Aren la conocía, exactamente como prefería que la recordaran, si alguna vez llegaba el momento en que hiciera falta recordarla.