Misi-Ziibi 248 #4
Aren la miró. Ella tenía la expresión que siempre había tenido cuando decía algo que parecía simple y no lo era: la de alguien que ha vivido suficiente para saber que la mayoría de las decisiones importantes no las toman las personas sino las circunstancias, y que la sabiduría no está en controlar eso sino en saber leer hacia dónde apunta lo que no se controla, en encontrar la dirección que el mundo ya ha elegido y caminar en ella antes de que el mundo tenga que empujarte.
—El este —dijo Aren.
—El este —confirmó Nara.
Tres días más tarde, el grupo encontró por fin un punto donde el río se dejaba cruzar.
El cruce lo lograron tres días después, más al sur, donde el río se dividía en dos brazos más angostos que podían vadearse en los puntos donde las rocas del fondo eran visibles bajo el agua con esa claridad que significa que el agua no es demasiado profunda ni demasiado rápida.
No había bloques de hielo en esa zona: la distancia desde el norte los había fundido antes de llegar, o los había reducido a fragmentos tan pequeños que la corriente los llevaba sin violencia.
Cruzaron en grupos pequeños, los más fuertes primero para verificar el fondo y marcar el camino con sus cuerpos, señalando con la posición de sus pies los puntos donde la piedra era firme y los puntos donde no lo era.
Luego los niños sostenidos en alto con los brazos de los adultos, con esa postura que hace que quienes cruzan parezcan cargar el cielo.
Luego los ancianos con hombros a ambos lados, la mano de alguien más joven bajo el codo, esa cadena humana que el grupo formaba cuando lo necesitaba sin que nadie la planificara porque la planificación era innecesaria cuando todos sabían su lugar.
El Pálido cruzó pegado al costado de Kane como si la distancia entre los dos tuviera un límite que no podía superarse sin consecuencias, con esa fidelidad que ya no requería verificarse porque era simplemente lo que era.
Los otros lobos lo siguieron con la misma confianza con que lo habían seguido otras veces, porque el Pálido había demostrado suficientes veces que su evaluación era correcta para que seguirla fuera más sabio que hacer una propia.
En la otra orilla, Kane se detuvo y giró para ver el río desde ese lado.
No dijo nada. Aren, que estaba junto a él, entendió lo que miraba: no el río sino la orilla de donde venían, el lado donde habían dejado a Teka esa mañana en el terreno elevado que el agua no volvería a alcanzar.
La piedra grabada con la figura de una mujer mirando hacia el sur.
La figura de alguien que había mirado hacia el sur durante toda su vida y que ahora quedaba mirando hacia ahí desde la tierra, fija, permanente, con el carbón de Aren como la última cosa que su presencia había recibido.
—Seguimos —dijo Kane.
Y el grupo siguió.
Esa misma tarde, ya lejos del río, Kane encontró las palabras que el silencio de los últimos días había estado guardando.
Esa tarde, mientras el sol declinaba sobre un paisaje que se abría con más generosidad que cualquiera que hubieran visto en meses, Kane caminó junto a Aren durante un tramo largo sin hablar.
El silencio entre los dos era diferente al de antes de esa noche. Tenía una densidad nueva, el peso de algo que se comparte y que por eso pesa diferente que cuando se carga solo, la diferencia entre una piedra en el bolsillo y la misma piedra dividida entre dos manos.
—La próxima vez que dejemos a alguien —dijo Kane finalmente—, no quiero que sea por sorpresa.
Aren lo miró.
—No siempre podemos elegir eso.
—No. Pero podemos prepararnos mejor. Para la crecida. Para lo que viene en la noche. Para lo que no vemos mientras miramos otra cosa.
Aren pensó en los bloques de hielo que había registrado durante dos días sin entender del todo lo que le decían.
En la incomodidad que había archivado en lugar de actuar sobre ella.
En el segundo que había dudado antes de gritar, ese segundo que probablemente no habría cambiado el resultado pero que él cargaría de todas formas porque esa era la forma en que ciertas cosas funcionan: se quedan aunque no sirvan de nada quedarse, porque el cuerpo no distingue entre la culpa que puede hacer algo y la que no puede hacer nada, y trata a las dos con la misma seriedad.
—Sí —dijo.
Una sola sílaba dicha con el peso correcto, entre las personas correctas, en el momento en que ambos sabían exactamente lo que significaba. Una promesa sin ceremonia, que es el tipo de promesa que se cumple.
El Pálido caminaba entre los dos, con el flanco rozando alternativamente la pierna de Kane y la de Aren, como si hubiera decidido que su lugar no era junto a uno sino en el espacio entre los dos, en esa distancia que los unía sin que ninguno de los dos lo hubiera elegido pero que ya era parte de lo que eran.
Aren lo miró. Pensó que ese animal entendía más de lo que tenía derecho a entender, más de lo que podía explicarse por lo que los lobos habían sido antes de encontrarse con el grupo, como si la convivencia hubiera añadido en él algo que los lobos no traen de origen pero que son capaces de construir si el tiempo y la cercanía son suficientes.
Luego miró el horizonte sur.
Y siguió caminando.