Misi-Ziibi 248 #3
Luego, con un movimiento que no fue controlado sino que simplemente ocurrió, giró hacia Aren y se dobló hacia él con el peso de algo que se había sostenido demasiado tiempo en posición vertical y ya no podía seguir haciéndolo.
Aren lo recibió con sus brazos sin pensarlo, con la misma naturalidad con que el cuerpo responde cuando alguien cae: como reflejo, como lo único que correspondía hacer, con esa precisión de los gestos que llegan de un lugar más profundo que cualquier decisión.
Kane lloró.
Con una honestidad que no tenía nada de calculado porque en ese momento no quedaba energía para calcular nada.
Porque Teka era la última persona que lo había conocido desde antes de que él supiera quién era.
La última que cargaba la memoria de su cuerpo pequeño y de sus primeras palabras y de la forma exacta en que su padre lo miraba cuando creía que nadie los observaba.
La última que podía confirmar que esas cosas habían existido, que habían ocurrido realmente, que no eran solo la memoria que él tenía de ellas sino algo que otro cuerpo también había presenciado y guardado.
Con Teka se iba también ese tipo de testigo, y eso era una pérdida diferente a la pérdida del cuerpo: era la pérdida del pasado como lugar verificable.
Aren lloró también.
Por Teka, que era razón suficiente. Y también por Den, cuya ausencia seguía teniendo el mismo tamaño que el día en que ocurrió, sin reducirse con el tiempo de la manera en que Aren había esperado que se redujera.
Por Kael. Por Nara que dormía en la roca y que también era vieja y que también se iría algún día y dejaría en él ese mismo vacío específico donde antes había habido alguien que lo conocía de una manera que nadie más podía conocerlo.
Por todos los que el grupo había dejado en la tierra durante ese recorrido sin un punto de partida visible ni un destino que pudieran ver todavía.
Por el peso específico de haber llegado siempre en ese margen donde ya no hay nada que hacer sino recibir lo que ocurrió y sostenerlo, y por saber que ese margen volvería a aparecer y que no había manera de eliminarlo, solo de aprender a no derrumbarse cuando aparecía.
Los dos hombres se sostuvieron durante el tiempo que necesitaron sostenerse.
Nadie los interrumpió. El grupo los rodeaba en silencio, no mirando directamente pero presente, con esa forma de acompañar que no requiere hacer nada sino simplemente estar ahí con el peso propio, que a veces es la única cosa útil que puede ofrecerse y que cuando es lo único disponible se convierte en suficiente.
El río seguía sonando. Más bajo ya, con ese descenso gradual que las crecidas tienen después de su punto más alto, el agua que empieza a recordar sus bordes y vuelve poco a poco a lo que era antes.
El río siempre deja algo distinto cuando regresa.
El cauce nunca es exactamente el mismo. La orilla guarda la marca de lo que pasó con esa fidelidad que tiene la tierra para el agua, que no olvida.
Con la primera luz llegó también la primera medida real de lo perdido.
Al amanecer el agua había bajado lo suficiente para ver el daño.
El campamento había desaparecido como concepto.
Quedaban las huellas de lo que había sido: postes inclinados que la corriente no había llevado del todo, círculos de ceniza que el agua había convertido en barro gris, objetos varados en los bordes de la orilla que alguien recogería más tarde sin saber exactamente a quién pertenecían.
El terreno donde habían dormido durante dos noches era ahora una extensión plana de lodo que el sol comenzaba a secar por los bordes con esa paciencia que el sol tiene para todo, trabajando desde los márgenes hacia adentro con la constancia de lo que tiene tiempo.
Perdieron más de lo que podía reemplazarse en poco tiempo: herramientas de piedra trabajadas con horas de esfuerzo, pieles preparadas durante días, reservas de alimento, cuerdas de tendón construidas con la paciencia que exige el trabajo fino.
El grupo había sobrevivido con menos y lo sabía, y ese conocimiento era en sí mismo un recurso, la certeza de que el mínimo había sido probado y era sostenible.
Pero era suficiente para que la primera hora de ese día fuera de inventario silencioso, de manos que buscaban en los bordes de la orilla y encontraban algunas cosas y no encontraban otras, de miradas que calculaban lo que quedaba frente a lo que se necesitaría.
Kane organizó los grupos de búsqueda antes de que el sol estuviera alto.
No porque hubiera dormido ni porque el dolor se hubiera ido sino porque era lo que Teka habría querido, porque la conocía bien y sabía que ella habría sido la primera en ponerse de pie y decir que el llanto tiene su tiempo y ese tiempo ya había pasado y que los vivos tienen la obligación de seguir siendo útiles.
Honrarla era también eso: no detenerse. Seguir haciendo lo que ella habría hecho si hubiera estado ahí para hacerlo.
Teka fue enterrada esa mañana en un punto elevado sobre la orilla, en terreno que el agua no volvería a alcanzar.
Sus pertenencias junto a ella. Y sobre la piedra plana que marcaba el lugar, Aren grabó con el carbón que le quedaba la figura de una mujer de pie, con los brazos abiertos, mirando hacia el sur.
Kane no había pedido eso. Aren lo había hecho de todas formas, porque había cosas que no se pedían sino que simplemente se hacían, y porque sabía que Kane, cuando encontrara las palabras para agradecerlo, ya no lo haría porque ya no sería necesario.
Entre los dos el agradecimiento había encontrado hace tiempo una forma que no requería palabras.
Más tarde ese mismo día, Aren buscó a Nara para mirar el río con ella, en silencio.
Aren caminó con Nara hasta un punto desde donde podía verse el río con la amplitud completa de lo que era: no el cauce de la crecida sino el río en su estado ordinario, que era suficientemente grande para no necesitar nada extraordinario para ser impresionante.
Nara lo miró durante un momento sin decir nada, con esa atención suya para los paisajes que siempre había tenido, la de alguien que no mira para evaluar ni para decidir sino para recibir, para dejar que lo que está frente a uno entre sin que la mente lo intercepte demasiado pronto.
—¿Lo ibas a cruzar? —preguntó.
—Kane quería buscar un punto más angosto.
—Ahora no lo cruzarán.
—No.
—Entonces el río decidió por ustedes.