Nemi (CemAnáhuac - La Voz Del Quinto Sol nº 1) Misi-Ziibi 248 #2
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Misi-Ziibi 248 #2

Primero fue el sonido del río que cambió de tono.

No más fuerte exactamente, sino diferente en su calidad: más bajo, más resonante, con una componente que antes no estaba y que ahora llenaba el suelo antes de llenar el aire, esa frecuencia que se siente en los pies y en las rodillas antes de llegar al oído.

Aren levantó la cabeza de su trabajo. Escuchó con la atención específica que Den le había enseñado para los momentos en que algo cambia antes de que el cambio sea visible, con esa escucha que no busca confirmar lo que ya sabe sino recibir lo que todavía no sabe.

La incomodidad que había guardado durante dos días encontró de repente su forma exacta.

Aguas arriba, un bloque de hielo del tamaño de una colina pequeña había encallado durante la tarde en una curva del río, bloqueando parcialmente el cauce.

El agua con bloques que seguía llegando desde el norte se había acumulado detrás de ese obstáculo durante horas, sin otro lugar donde ir, con la presión constante de lo que sigue llegando sin que nada salga.

Cuando el bloque cedió, lo hizo de golpe, con toda esa fuerza acumulada empujando detrás de un obstáculo que ya no existía.

Aren se puso de pie.

—¡Arriba! —gritó—. ¡Todo el mundo arriba! ¡El río!

El campamento respondió con el caos que siempre produce una alarma nocturna: cuerpos que se incorporan sin orientación, niños que lloran antes de entender qué ocurre, voces que preguntan lo que no hay tiempo de responder.

Aren no intentó ordenar el caos porque el caos en ese momento era la energía correcta y lo que necesitaba era darle dirección, no detenerlo.

Los lobos ya corrían hacia la elevación, porque los lobos no tienen el segundo de duda que tienen los humanos entre el reconocimiento del peligro y la respuesta.

Aren señaló la dirección donde corrían y gritó una sola cosa:

—¡La elevación! ¡Arriba!

El agua llegó antes de que todos estuvieran en pie.

No como una ola vertical que pudiera verse venir y esquivarse.

Como una extensión que avanzó sobre el terreno con una velocidad inesperada para algo tan amplio, cubriéndolo todo de forma pareja y continua, sin el borde visible que tienen las olas pequeñas, con esa indiferencia de lo que avanza sin necesitar velocidad porque tiene suficiente masa para que la masa sea la velocidad.

Llevaba consigo lo que encontraba: las pieles que nadie había recogido, los atados de comida, las herramientas que habían quedado fuera de los bultos.

El fuego principal se apagó con un siseo que duró menos de un segundo, esa fracción de tiempo en que el fuego intenta resistir lo que no puede resistirse.

Aren agarró a Nara del brazo y la levantó antes de que el agua llegara a donde ella dormía.

Ella despertó de golpe, evaluó la situación con una rapidez que desmentía su edad, y empezó a caminar sin que él necesitara decirle hacia dónde.

Eso era Nara: incluso a oscuras, incluso arrancada del sueño en el momento en que el mundo cambiaba de forma, su cuerpo sabía encontrar la dirección correcta con esa certeza que tienen los cuerpos que han pasado suficiente tiempo aprendiendo del terreno para que el terreno sea parte de ellos.

Las mujeres con hijos pequeños fueron las más difíciles.

Algunas los cargaban y corrían, otras los cargaban y no podían correr porque el agua fría llegaba ya a las rodillas y el fondo lodoso cedía bajo cada paso de una manera que no podía anticiparse.

Aren soltó a Nara en cuanto vio que ella podía sostenerse sola y fue hacia las que necesitaban más.

Cargó a una niña. Tendió la mano a una mujer.

Empujó a un anciano hacia la roca más cercana.

Cada acción sin pensamiento previo, el cuerpo tomando decisiones que la mente no habría tenido tiempo de tomar, ese funcionamiento automático que el entrenamiento produce cuando el entrenamiento ha sido suficientemente largo.

Fue Yura quien encontró el orden dentro del caos del agua: sin que nadie se lo pidiera, organizó a las mujeres con hijos pequeños en una cadena, las que ya habían llegado a tierra firme recibiendo a los niños que las que todavía cruzaban el lodo les pasaban desde más abajo, brazo a brazo, para que ninguno tuviera que cruzar solo la distancia completa.

No gritó instrucciones. Las dio en voz baja, una por una, a la persona que tenía más cerca, y esa persona las llevó a la siguiente.

Para cuando Aren llegó a ayudar a la tercera mujer, la cadena ya funcionaba sola, sin que ella tuviera que seguir dirigiéndola.

El agua siguió subiendo.

La oscuridad hacía imposible ver los bordes, imposible saber cuánto había subido ya y cuánto más subiría, imposible calcular si la elevación donde la mayoría había llegado era suficiente o si el río tenía más que dar.

Solo se podía subir y esperar, que era la respuesta más honesta disponible cuando el mundo hace algo de esa magnitud y la escala de lo que hace supera completamente la escala de lo que puede hacerse contra ello.

Kane, que estaba lejos del campamento cuando todo comenzó, llegó a tiempo para descubrir lo que el río se había llevado.

Kane escuchó el grito de Aren desde el perímetro norte.

Corrió con esa velocidad que el cuerpo produce cuando lo que escucha en una voz que conoce le dice que ya es tarde, que cada segundo que pase antes de llegar es un segundo que no podrá recuperarse.

Cuando llegó al borde de lo que había sido el campamento el agua le llegó a las rodillas en el primer paso y supo de inmediato que ya era tarde para lo que fuera que hubiera ocurrido mientras él estaba afuera.

Sus ojos buscaron a través de la oscuridad las voces que reconociera, el punto donde la elevación concentraba a los que habían llegado.

—¡Aren! —gritó.

—¡Aquí! —llegó la respuesta desde la roca elevada.

Kane vadeó el agua hasta llegar. Sus manos encontraron brazos que lo ayudaron a subir. En la oscuridad fue contando presencias, voces, respiraciones, con la atención del que sabe exactamente cuántos debería haber y verifica uno a uno. Todos los que estaban ahí. Todos menos uno.

—¿Dónde está mi madre? —preguntó.

El silencio que siguió duró menos de un segundo pero tuvo el peso de lo que no puede retomarse, de lo que una vez dicho ya ha cambiado el mundo en una dirección que no tiene vuelta.

—Estaba junto al fuego —dijo Aren, y su voz tenía algo que Kane nunca le había escuchado, una textura que no era miedo sino algo más parecido al conocimiento exacto de lo que se ha llegado tarde—. Cuando llegué ya no...

No terminó la frase.

Kane bajó de la roca sin que nadie pudiera detenerlo.

Entró al agua que llegaba a su cintura y comenzó a moverse hacia donde había estado el fuego, llamando con esa voz que los hombres usan cuando llaman a alguien y ya saben la respuesta pero que el cuerpo insiste de todas formas porque hay cosas que el cuerpo no acepta hasta que las confirma por sí mismo, hasta que las manos tocan lo que la mente ya sabe y el saber deja de ser abstracto y se vuelve real de una manera que no puede ignorarse.

Sus manos palpaban la oscuridad, tocaban ramas y piedras y tierra arrastrada.

Aren entró detrás de él.

Buscaron durante un tiempo que ninguno pudo medir después.

Uno de los cazadores encendió una antorcha desde la roca y la sostuvo en alto sin que nadie se lo pidiera, con ese instinto de quien entiende cuál es su lugar en un momento sin que nadie lo defina.

La luz alcanzaba poco. El agua oscura devolvía menos.

La encontraron en una curva que el agua había formado al rodear una roca grande, donde la corriente depositaba lo que arrastraba antes de seguir hacia el sur.

Estaba en la orilla de esa curva con la misma quietud con que había cerrado los ojos esa noche, como si el río la hubiera llevado ahí con cuidado, como si incluso el agua turbulenta hubiera reconocido que lo que cargaba merecía algo diferente a lo que le daba al resto de lo que arrastraba.

Kane la sacó del agua.

La sostuvo con los brazos y caminó de regreso hacia la roca elevada sin decir nada, con los ojos fijos en un punto que no era el terreno ni el agua ni nada que estuviera presente en ese momento.

Con ese paso de quien continúa moviéndose porque detenerse es lo único que no puede hacer, porque el movimiento es lo que queda cuando todo lo demás ha desaparecido.

La depositó sobre la roca. Sobre las pieles que alguien extendió sin que nadie lo ordenara, porque había cosas que no necesitaban orden para ocurrir, que el grupo sabía hacer sin que nadie dijera que debían hacerse.

Se quedó arrodillado junto a ella. Su mano encontró la de ella y la sostuvo con la misma suavidad con que ella había sostenido la de Kael aquella mañana, años atrás, cuando también fue la primera en llegar y también fue demasiado tarde y también sostuvo esa mano con esa calidad de quien acompaña sin intentar retener, que es lo único que puede hacerse y que al mismo tiempo es todo lo que puede hacerse.

El grupo guardó silencio.

El silencio que viene después de que ya no hay nada que esperar y solo queda estar presente en lo que es, con el peso de lo que es, sin intentar que sea otra cosa.

La tormenta produce un silencio y el dolor produce otro, y estos dos son completamente distintos aunque ninguno de los dos tenga palabras.

Aren se arrodilló junto a Kane.

Había aprendido de Den que los momentos donde no hay palabras útiles son exactamente los momentos donde las palabras no deben forzarse, donde el silencio honesto vale más que cualquier cosa que el lenguaje pueda construir para llenarlo.

Puso la mano en el hombro de Kane. Solo eso.

El calor de una mano sobre un hombro que carga demasiado para poder pedirlo.

Kane no se movió durante un momento largo.