Némesis CAPÍTULO 31 #3
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CAPÍTULO 31 #3

Larissa se guardó el teléfono en el bolsillo.

—A veces.

—¿Con qué frecuencia es «a veces»?

—Margot.

—Solo preguntaba.

Larissa miró a Adam.

—Le he contestado.

Él colocó un plato en la rejilla.

—No tienes que pedirme permiso.

—No te lo estaba pidiendo.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué usas esa voz?

Adam se detuvo y miró hacia Claire, que se encogió de hombros.

—Por lo visto tengo muchísimas voces que desconozco.

Larissa sacó una silla.

—No quiero ocultarte que hablo con ella.

Adam cerró el lavavajillas.

—Y yo sigo sin saber qué siento al respecto.

—Yo tampoco —dijo Larissa.

La respuesta lo sorprendió lo suficiente como para que no añadiera nada.

Margot cogió su copa.

—Yo sí sé lo que siento.

Larissa la miró.

—Ya lo sabemos.

—No, porque nadie me pregunta.

Claire se sentó a su lado.

—Entonces cuéntanoslo.

Margot recorrió el borde de la copa con un dedo.

—Hoy no. Hoy toca lo de York.

Larissa miró a su hermana y, al cabo de unos segundos, empujó hacia ella la botella de zumo.

—¿Quieres más?

—Sí.

La conversación terminó ahí.

•

La idea de mudarse llevaba varias semanas existiendo antes de que ninguno de ellos la llamara plan.

Adam había mirado puestos de trabajo en el norte y había recibido una respuesta lo bastante prometedora de un colegio de York como para empezar a calcular distancias y alquileres.

Claire podía continuar a distancia una parte importante de su trabajo con Green Counties y, después de perder la candidatura, ya no tenía el calendario político en torno al cual había organizado en secreto el año siguiente.

Larissa se marcharía de todos modos, y la reacción de Margot a la primera conversación había sido decir que era injusto que toda la familia se mudara solo porque Larissa había entrado en la universidad.

—No nos mudamos únicamente por Larissa —le había dicho Claire.

—Entonces ¿por qué York?

Nadie había dado una respuesta especialmente buena.

En Guildford, la vida había vuelto a funcionar sin volver a ser lo que había sido.

Adam daba clase, pero a veces algún padre lo miraba un poco más de la cuenta antes de estrecharle la mano.

Claire acudía a reuniones en las que la gente le preguntaba por su familia antes de preguntarle por los proyectos de los que había ido a hablar.

Larissa encontró una antigua fotografía suya con Xenia en un grupo de estudiantes, acompañada de comentarios que se negó a enseñar a su madre.

Margot había empezado a responder «profesor» cuando alguien le preguntaba a qué se dedicaba su padre y cambiaba de tema antes de que saliera el nombre del instituto.

Una tarde de julio, Claire encontró abierto en el portátil de Adam el anuncio de una casa en York.

—¿Tres dormitorios?

Adam miró por encima del hombro.

—Estaba mirando precios.

—Somos cuatro.

—Larissa estará en una residencia.

Claire lo miró.

Pasaron casi dos horas en la mesa descartando casas por motivos que iban desde el trayecto de Adam al trabajo hasta el color de un cuarto de baño que Claire insistió en que podía ignorar y que, cinco minutos después, utilizó como motivo para eliminar una opción.

Cuando cerraron el portátil, no habían tomado ninguna decisión sobre una casa.

Sin embargo, habían tomado la decisión más importante.

•

La última mañana, los de la mudanza se llevaron los muebles que quedaban y las habitaciones empezaron a devolver eco.

Las fotografías habían desaparecido de las paredes y dejado rectángulos más limpios.

En la habitación de Larissa quedaban pequeñas marcas de adhesivo y, debajo de la cama de Margot, encontraron un pendiente que ella insistió en que no era suyo.

Claire revisó la cocina tres veces.

—Se me olvida algo.

Adam cerró un armario vacío.

—Probablemente.

—Muy útil.

—Después de dos días haciendo cajas, ni siquiera puedo garantizar que nos llevemos a las hijas correctas.

Desde el recibidor, Margot gritó que lo había oído.

Claire sonrió y cogió el bolso.

Fuera de la casa, Larissa ya había fotografiado las ventanas, la verja y el árbol junto a la entrada. Cuando Adam salió, bajó el teléfono.

Adam volvió a entrar una vez más, sin estar seguro de qué estaba comprobando.

Recorrió la cocina, el salón y el recibidor, y después subió.

En el dormitorio, las patas de la cama habían dejado marcas en la moqueta.

Abrió el armario, aunque ya lo había revisado, y solo encontró una percha de plástico.

Cuando volvió a bajar, el teléfono vibró en su bolsillo.

En la pantalla había un correo de North Downs.

Lo miró durante varios segundos y luego bloqueó el teléfono sin abrirlo.

Claire lo esperaba junto a la puerta.

—¿Has encontrado lo que buscabas?

Adam miró hacia el recibidor vacío.

—No sabía qué estaba buscando.

—Entonces supongo que no.

Cogió la última bolsa que quedaba junto a las escaleras y salieron.

Claire le tocó el brazo.

—Podemos irnos.

Adam arrancó el coche.

Detrás de ellos, la casa permaneció con las ventanas vacías mientras las furgonetas cargadas con sus pertenencias ya se alejaban hacia la carretera que los sacaría de Surrey.