Némesis CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

—Antes de descubrir cuánto habéis olvidado, ¿quién puede decirme por dónde os quedasteis?

Tres alumnos hablaron a la vez y uno dio la respuesta equivocada. Adam lo corrigió y empezó la clase.

Durante los primeros minutos fue consciente de cada movimiento.

Cuando se acercaba a una fila, se preguntaba si se había aproximado demasiado; cuando un alumno le hacía una pregunta, se fijaba en quién lo miraba a él y quién miraba al alumno.

Al cabo de un rato, el texto se impuso. Una chica interpretó un pasaje de una manera con la que Adam no estaba de acuerdo y, cuando le pidió que justificara la idea, lo intentó, se hizo un lío, empezó de nuevo y finalmente encontró un argumento que Adam no había previsto.

—Eso es más interesante —dijo—. No me convence, pero al menos ahora tengo que pensarlo.

La chica sonrió.

Desde el fondo, alguien preguntó si eso significaba que podían poner aquella respuesta en un ensayo.

—Significa que podéis poner cualquier cosa en un ensayo si estáis dispuestos a responder por ella.

—Entonces sí.

—Por desgracia, eso es exactamente lo que has oído.

Algunos se rieron y, durante casi media hora, Adam dio clase sin recordar por qué había estado ausente.

Al final, mientras los alumnos recogían sus cosas, Ben se quedó junto a la mesa.

—Señor, solo quería decir que… me alegro de que haya vuelto.

Adam guardó los papeles en la carpeta.

—Gracias.

Ben asintió y añadió:

—Mi madre todavía no sabe que ha vuelto.

Adam levantó la vista.

El chico pareció arrepentirse de inmediato de haber seguido hablando.

—Quiero decir, se enterará. No quería que sonara…

—No pasa nada, Ben.

—Sí. Nos vemos el jueves.

Se marchó antes de que Adam pudiera responder.

A la hora de comer, el director lo llamó a su despacho por un correo de los padres de una de las alumnas.

La redacción era cuidadosa: no cuestionaban el resultado de la investigación ni formulaban acusación alguna, pero querían que trasladaran a su hija a otro grupo porque la familia no se sentía cómoda con la situación.

—¿Ella lo ha pedido? —preguntó Adam.

—Que yo sepa, no.

—Entonces quiero saberlo antes de que la cambien.

El director se quitó las gafas.

De regreso a la sala de profesores, se cruzó con dos alumnos de Year 10. Uno lo saludó; el otro bajó la voz en cuanto Adam se acercó. Quizá hablaban de él. Quizá no. Adam siguió caminando y descubrió que lo más agotador era precisamente la imposibilidad de saberlo.

A finales de mes, dos familias habían pedido que cambiaran a sus hijos de grupo.

Varias más habían enviado mensajes al director diciendo que se alegraban de que el centro lo hubiera recibido de nuevo.

Un padre lo paró después de una reunión y le estrechó la mano con tanta fuerza que Adam no supo si sentirse agradecido o avergonzado.

Otra madre lo vio en el aparcamiento y fingió, de manera demasiado evidente, que buscaba algo en el bolso.

En el aula, las cosas se fueron haciendo más fáciles poco a poco.

En los pasillos, no tanto.

•

La mañana en que salieron los resultados de los A-levels, Larissa bajó a las siete sin haberse cepillado el pelo, abrió el portátil sobre la mesa de la cocina y anunció que nadie tenía permitido tocar el router.

Margot, que se había levantado expresamente para la ocasión, se inclinó por encima de su hombro.

—¿Por qué iba a tocarlo nadie?

—No sé. Papá hace cosas.

Adam, que estaba junto a la cafetera, se volvió.

—Es impresionante lo concreta que es la acusación.

—Reiniciaste internet la semana pasada.

—Porque no funcionaba.

—Ahora funciona, así que no hagas nada.

Claire sujetaba la taza con las dos manos y fingía estar más tranquila de lo que estaba. La noche anterior había comprobado dos veces a qué hora se actualizaba UCAS y, a las tres de la madrugada, había leído un artículo que no podía ayudar a nadie de ninguna manera.

La página cargaba despacio.

Larissa soltó una palabrota entre dientes.

—Esa boca —dijo Adam automáticamente.

Ella volvió la cabeza.

—¿En serio?

—Reflejo profesional. Retiro el comentario.

Margot se acercó aún más.

—¿Pone algo?

—Si te acercas más, vas a leerlo desde dentro de la pantalla.

—Quiero verlo.

—Yo también, y es mi portátil.

La página se actualizó.

Larissa dejó de hablar.

Claire dejó la taza.

Adam se dio cuenta de que su hija estaba leyendo dos veces la misma línea.

—¿Larissa?

Ella se volvió hacia ellos, y tenía una expresión de tal sorpresa que Margot alcanzó a preguntar si era malo antes de que Larissa dijera:

—He entrado en York.

Margot chilló y la agarró por los hombros.

—¡Has entrado!

—Sí, Margot, estoy aquí, yo también lo he leído.

Claire la abrazó de lado, golpeándose la rodilla contra la mesa, y Larissa empezó a reír mientras intentaba advertirle de que el portátil estaba cerca del borde.

Adam se quedó al otro lado de la mesa hasta que Larissa reparó en él.

—Tú también puedes venir, papá. No tienes que dar un discurso.

—Eso era lo que quería oír.

La abrazó y notó que Larissa temblaba ligeramente, aunque se estaba riendo.

—Estoy muy orgulloso de ti.

—Lo sé.

—Eso era todo.

—Ha sido aceptable.

Después del desayuno, Claire abrió la botella de champán que había escondido detrás del zumo de naranja. A Margot le pusieron zumo en una copa igual y declaró que no le veía la gracia.

Larissa no paraba prácticamente de escribir mensajes. Sophie había entrado en Bristol y llamó antes de las ocho, llorando tanto que durante los primeros dos minutos nadie entendió nada. Después de la llamada, Larissa subió a vestirse y bajó casi media hora después con el teléfono en la mano.

—Xenia me ha escrito.

Adam, que estaba metiendo cosas en el lavavajillas, redujo el ritmo.

Claire no lo miró.

—¿Qué ha dicho?

—Enhorabuena. Sabía que hoy salían los resultados.

Margot empujó la copa vacía por la mesa.

—¿Todavía habláis?