CAPÍTULO 29
LA VERDAD
Claire entró en la cocina con el pantalón del pijama y un jersey azul marino que Larissa reconoció, por los codos gastados, como uno viejo de Adam.
Llevaba el teléfono en la mano y las gafas puestas, aunque normalmente solo las usaba por casa cuando trabajaba hasta tarde, y durante unos instantes se quedó junto a la puerta, mirando a las dos chicas y el desorden que había dejado la noche: los vasos de tequila, la caja de pizza apartada sobre la encimera, el abrigo de Xenia colgado del respaldo de una silla.
—Me has dicho que bajara sola. ¿Qué ha pasado?
Larissa le dio a su madre la versión breve, sin reconstruir toda la conversación: Xenia había dicho que Adam no la había agredido, que la acusación se había preparado de antemano y que Marion lo sabía. Claire no se precipitó a ninguna conclusión; se quitó las gafas y se sentó.
—¿Xenia?
Xenia levantó la vista.
—Sí. Mentí. Adam me llevó a casa. Eso fue todo.
Claire se apretó la frente con los dedos y permaneció así varios segundos.
—Estoy intentando establecer qué tenemos exactamente ahora mismo, porque tengo que llamar a una abogada casi a las dos de la madrugada y, si me pregunta qué ha ocurrido, preferiría no ir descubriendo la respuesta mientras se la cuento.
Xenia se ciñó el abrigo alrededor del cuerpo.
—Puedo contarlo todo otra vez.
Claire la miró, y Larissa vio cuánto esfuerzo estaba haciendo para elegir entre lo que sentía y lo que sabía que había que hacer.
—Probablemente tendrás que contarlo otra vez, más de una vez, pero no creo que tenga sentido empezar conmigo. Necesito dos minutos.
Se levantó, cogió el teléfono y salió al recibidor. Larissa la oyó abrir los contactos y después la voz baja con la que dejó un mensaje a Helen, diciendo únicamente que había surgido información urgente en el caso de Adam y que necesitaba hablar con ella cuanto antes.
Claire regresó, sacó una taza del armario y se quedó de pie con ella vacía en la mano hasta que pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. La dejó junto al fregadero.
—Helen llamará cuando vea el mensaje.
—¿Y hasta entonces?
—Hasta entonces no hacemos nada que mañana pueda resultar más difícil deshacer.
Larissa miró a Xenia.
—No puede volver con Marion.
—No quiero que te pongas en contacto con ella esta noche antes de que hablemos con alguien que sepa qué debe hacerse. Yo tampoco voy a contactar con ella.
—No pensaba hacerlo —dijo Xenia.
—Bien.
El tono de Claire era cortés, casi administrativo, y eso volvía la cocina aún más incómoda. Larissa sabía qué aspecto tenía su madre cuando se permitía enfadarse; ahora mismo no se lo estaba permitiendo.
Cuando Claire colgó, volvió a sentarse.
—Helen no quiere que comentemos los detalles con Scott esta noche, y tampoco quiere que intentemos llevar nosotros mismos la historia a la policía por partes.
Por la mañana hablará con el equipo jurídico de Adam y decidirán cómo comunicar que Xenia dice ahora que la acusación era falsa.
Y tú, Xenia, necesitas tu propia abogada antes de prestar una nueva declaración, porque tu situación legal no es la misma que la de Adam.
Xenia levantó la vista.
—¿Eso significa que tengo que esperar?
—Unas horas, por lo que he entendido. Helen también ha dicho que, si la policía se entera de que quieres retirar la acusación, no va a dar por hecho sin más que la nueva versión es cierta. Querrán saber por qué has cambiado tu declaración, con quién has hablado y si alguien te ha presionado.
Xenia miró hacia Larissa.
—Van a pensar que tú me has obligado a decirlo.
—Pueden preguntarlo —dijo Claire—. Eso no significa que vayan a decidir que fue así.
—Vine aquí por mi cuenta.
—Lo sé.
—Y Larissa no sabía nada.
Claire la miró con un cansancio que hacía que su rostro pareciera mayor.
—Entonces eso es lo que dirás. Yo no puedo hacer más que contar la verdad sobre lo que ocurrió en mi casa.
Larissa había esperado que, en cuanto lo supieran un adulto y una abogada, las cosas adoptarían una forma más sencilla.
En cambio, ahora tenían que encontrar otra abogada, habría otra declaración, preguntas sobre presiones y una noche en la que Adam seguía exactamente donde había estado antes de que Xenia dijera la verdad.
—¿Y papá?
Claire la miró.
—Todavía no lo sabemos.
—Pero si la acusación es falsa…
—Larissa, por favor. Sé adónde va esa frase y quiero la misma respuesta que tú.
Durante varios segundos, el único sonido fue el frigorífico.
—Helen ha dicho que una retractación tiene que comprobarse —continuó Claire—. Sobre todo en un caso como este. Que Xenia diga ahora que mintió cambia muchísimo la situación, pero no existe un botón que alguien pulse a las dos de la mañana para que Adam aparezca en la puerta.
Larissa bajó la mirada, avergonzada de lo desesperadamente que había deseado que existiera exactamente ese botón.
—¿Dónde duermo? —preguntó Xenia.
Claire pareció haber olvidado que ese problema existía.
—Aquí. En la habitación de invitados.
—Puedo ir a un hotel.
—Has bebido, es tarde y no sabemos cómo reaccionará tu madre cuando se entere de lo que has dicho. El hotel puede esperar hasta mañana, si sigue siendo necesario.
Xenia apretó el abrigo contra sí.
—Después de todo lo que os he hecho, no tienes por qué…
—No te estoy invitando a un balneario, Xenia. Te estoy diciendo dónde vas a dormir hasta mañana.
Larissa miró a su madre. Claire cerró los ojos una fracción de segundo.
—Eso ha sonado más brusco de lo que pretendía.
—No mucho —dijo Xenia.
Claire soltó un suspiro que estuvo cerca de ser una risa, aunque no llegó a serlo.
—La habitación de invitados está preparada. Larissa te la enseñará.
•
A las siete y cuarto, Margot estaba sentada en la cocina con el uniforme puesto, un calcetín gris y otro negro, comiendo cereales directamente del cuenco mientras miraba de Larissa a Claire y de Claire a Larissa.
Larissa había dormido poco más de dos horas y sentía como si durante la noche le hubieran sustituido el tequila por arena.
—¿Por qué está la chaqueta de Xenia en el recibidor?
Claire, que preparaba café, no respondió con suficiente rapidez.
Margot dejó la cuchara dentro del cuenco.
—¿Sigue aquí?
—Ha dormido en la habitación de invitados —dijo Claire.
—¿Por qué?
—Era demasiado tarde para que se marchara.
Margot miró a Larissa.
—Dijiste que ibais a salir por su cumpleaños, no que se fuera a mudar aquí.
—No se va a mudar.
—Larissa no va al instituto —observó Margot—. Ni siquiera está vestida.
—Tengo algunas cosas que resolver con ella —dijo Claire.
—¿Qué cosas?
Claire dejó el café sobre la mesa.
—Algunas cosas sobre papá, pero todavía no puedo explicártelas bien.
Margot se echó hacia atrás en la silla.
—Así que tengo edad suficiente para que mis compañeros me manden TikToks sobre papá, pero soy demasiado pequeña para saber qué está pasando en mi propia cocina.
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta.
Larissa vio que se le humedecían los ojos y se sintió culpable de inmediato, aunque no sabía qué parte podría haber cambiado.
—Margot, te lo contaremos —dijo—. Solo que no antes de saber exactamente qué podemos…
—Ahora tú también lo haces.
—¿El qué?
—Hablar como mamá.
Claire miró el reloj.
—Diane viene a recogerte dentro de diez minutos.
—Perfecto. A lo mejor ella me cuenta algo.
Margot cogió el cuenco, lo llevó al fregadero y se marchó antes de que ninguna pudiera detenerla. Unos segundos después, Larissa oyó cerrarse de golpe la puerta de su dormitorio arriba.
—Eso ha ido bien —dijo.
Claire se frotó los ojos.
—A estas horas no tengo una versión mejor.
Xenia apareció en la puerta unos minutos después, con la misma ropa, el pelo recogido en un moño torcido y restos de máscara de pestañas todavía bajo los ojos. Se detuvo al ver la mesa.
—Buenos días.
Claire señaló la cafetera.
—Sírvete.
Xenia se sirvió café, abrió el frigorífico y volvió a cerrarlo sin sacar leche.
—Mamá ha llamado veintitrés veces.
Larissa levantó la vista.
—¿Desde cuándo?
—Desde poco después de las seis. Y ha mandado mensajes.
Claire dejó la taza.
—No los borres.
—No pensaba hacerlo.
—Perdona. No paro de dar órdenes.
Xenia se sentó y dejó el teléfono boca arriba. El último mensaje de Marion era tan largo que Larissa no podía leerlo desde donde estaba, pero sí alcanzaba a ver el principio: «Xenia, contéstame inmediatamente…».
—¿Quieres leerlo? —preguntó Xenia.
Claire vaciló.
—No. Guárdalo todo y enséñaselo a tu abogada.
—Parece muy enfadada.
Larissa estuvo a punto de preguntar si Marion ya lo sabía, pero el timbre sonó antes.
Helen entró en la casa con el pelo mojado por la lluvia, un bolso grande colgado de un hombro y una expresión que sugería que había dormido aún menos que ellas. Se quitó los zapatos en el recibidor después de que Claire señalara automáticamente el suelo de madera y entró en la cocina en calcetines.
—Si volvéis a convocarme a las ocho de la mañana, la próxima vez ponéis desayuno.
Claire señaló las tostadas.
—Están frías.
—Con mis tarifas esperaba huevos.
La broma murió cuando Helen se volvió hacia Xenia.
—Hola. Soy Helen Murray y represento a Adam. Antes de que me cuentes nada más, quiero que entiendas que no puedo asesorarte. Lo que tengas que decir puede ayudar a mi cliente y, al mismo tiempo, colocarte a ti en una situación difícil.
—Lo sé.
—No estoy segura de que puedas saberlo todavía, y no es una crítica. Precisamente por eso he hablado con una abogada que puede venir a verte esta mañana.
Xenia sujetó la taza con las dos manos.
—¿Cuánto tardará?
—No lo sé. He despertado a más gente de la que me habría gustado y ninguno me lo ha agradecido.
—¿Adam se queda allí hasta entonces?
Helen hizo una pausa antes de responder.
—Su situación no cambia porque quienes estamos en esta habitación estemos convencidos de algo. La información tiene que llegar a quienes llevan el caso y ellos tienen que decidir qué hacer con ella. Sé que es frustrante.
—Para ti no —dijo Xenia.
Helen la miró.
—Para mí también. Lo que pasa es que mi frustración no cambia el procedimiento.
Larissa sacó una silla.
—¿Qué tenemos que contar?