CAPÍTULO 28 #3
—Al principio tenía que acercarme a ti porque eras útil.
Luego empezaste a escribirme sobre cosas que no le servían a nadie, a mandarme fotos de zapatos, a quejarte de las solicitudes para la universidad y a contarme que Margot te había robado el cargador.
A veces mamá me preguntaba de qué habíamos hablado y me di cuenta de que no quería contárselo.
—Le dabas informes sobre mí.
—Al principio, sí. No como un informe, pero preguntaba.
—¿Qué?
—Si había averiguado algo sobre Adam, sobre Claire, sobre cómo os llevabais todos. Si iba a volver a venir aquí. A veces cosas que parecían insignificantes.
—Y se las contabas.
—Sí.
Larissa volvió a sentir la rabia, menos violenta que antes pero más precisa.
—¿Qué te guardaste?
Xenia se frotó los dedos.
—Que te daba miedo lo de York.
—No me daba miedo.
Xenia la miró.
—Larissa.
—Vale. Un poco.
—Mucho.
—Sigue.
—Que discutías con Claire y después te sentías culpable. Que Adam te sacaba de quicio a veces incluso antes de todo esto. Que Margot me escribía. No quería que mamá cogiera cada pequeña cosa y la convirtiera en una prueba de que vuestra familia era infeliz o falsa.
—¿Por qué te importaba?
Xenia levantó la vista.
—Porque habías empezado a importarme.
Larissa miró la mesa.
Ya había oído aquella frase de otras maneras, pero ahora, sabiendo que la amistad se había concebido al principio como una vía de entrada a la familia, las palabras no le daban nada sencillo a lo que agarrarse.
—Entonces ¿por qué seguiste adelante con el plan?
Xenia no respondió enseguida.
—Porque no es tan fácil salir de algo solo porque una parte de ti ya no quiera hacerlo.
—Podías haberle dicho que no a tu madre.
—Sí.
—Podías no haber ido a la policía.
—Sí.
—Podías habérmelo contado.
—Sí.
Cada respuesta enfurecía más a Larissa, hasta que empujó la silla hacia atrás y se levantó.
—Entonces no me digas que te importaba como si se supusiera que eso significa algo.
Xenia también se puso de pie.
—No he dicho que se suponga que signifique nada.
—Destrozaste la vida de papá.
—Ya.
—Mi madre lee todos los días cosas sobre él que no puede borrar de internet.
Unos chicos grabaron a Margot cuando iba a la tienda y ahora se inventa excusas para no salir sola.
No sé si la gente del instituto me pregunta cómo estoy porque le importa o porque quiere detalles.
Y tú me dices que era difícil salir del plan.
—No he dicho que para mí fuera más difícil.
—Pero aun así no saliste.
Xenia apoyó las palmas en el borde de la mesa.
—Porque fui una cobarde, ¿vale? Porque quería a mamá, y porque si admitía que Adam no era el hombre del que me había hablado toda la vida tenía que preguntarme qué más no era verdad.
Porque estaba enfadada, y porque a veces, cuando empiezas a hacer algo malo, el hecho de que ya hayas llegado demasiado lejos se convierte en la estúpida razón por la que avanzas un poco más.
No sé cómo explicártelo de una forma que tenga sentido, porque no lo tiene.
Larissa la miró fijamente, consciente de que todavía tenía una docena de cosas que podía arrojarle a la cara, pero ninguna cambiaría la respuesta.
—¿Y después de que lo detuvieran?
Xenia bajó la voz.
—Entonces supe que ya no era la historia de mamá.
—Era la tuya.
—Sí.
—Y aun así seguiste.
Xenia asintió sin intentar defenderse.
Larissa fue al fregadero, llenó el vaso y bebió, aunque el agua solo acentuó el sabor a tequila que todavía tenía en la boca. Cuando volvió, el teléfono marcaba la 1:07.
Claire había enviado otro mensaje.
«¿Necesitas más tiempo?»
Larissa escribió antes de poder cambiar de opinión.
«Baja, por favor. Sola.»
Lo envió y dejó el teléfono sobre la mesa.
Xenia lo miró.
—¿Va a bajar?
—Sí. No podemos guardarnos esto y yo no quiero hacerlo.
—Yo tampoco.
—Después hablaremos con la abogada. Con Scott, si hace falta. No sé cuál es el orden y no quiero inventármelo.
—Mamá se va a enterar.
Larissa la miró.
—Sí.
Xenia cogió el abrigo del respaldo de la silla, pero no se lo puso.
—No podré volver a casa.
—No sé adónde irás, pero no creo que nadie vaya a mandarte allí esta noche sin pensarlo antes.
—Claire me odia.
—Claire ni siquiera sabe lo que acabas de contarme.
—Después lo sabrá.
Larissa pensó en su madre, en la forma en que podía mantener una educación impecable con alguien a quien preferiría tirar por una ventana, y estuvo a punto de decirle a Xenia que tendría problemas mayores si Claire empezaba a hablar con mucha calma.
No lo hizo.
Arriba se abrió la puerta de un dormitorio y luego se oyeron los pasos de Claire.
Xenia miró hacia el techo.
—Mamá va a decir que tú has hecho esto.
—¿He hecho qué?
—Ponerme en su contra. O que ha sido Claire. O vuestra familia. Dirá que vine aquí y que vosotros me hicisteis pensar que todo lo que sé está mal.
—¿Y tú qué piensas?
Xenia estaba de pie con el abrigo entre los brazos.
—Creo que mamá tenía derecho a estar enfadada con Adam.
Larissa sintió la respuesta como un golpe pequeño, aunque no le sorprendió.
—¿Y?
—Creo que lo que él le hizo entonces fue cobarde e injusto, y que la diferencia de edad y que fuera su profesor importan, aunque probablemente él prefiera hablar de dos adultos que cometieron un error.
Larissa abrió la boca, pero Xenia levantó una mano.
—Déjame terminar, por favor, porque si me interrumpes ahora probablemente no consiga decirlo bien.
Larissa guardó silencio.
—Y creo que mamá cogió algo real que le había ocurrido y se aferró a ello durante tanto tiempo que empezó a creer que cualquier cosa que hiciera después quedaba justificada por eso.
Yo no lo creo. Ya no creo que tu vida debiera haber sido la mía, ni que Adam tuviera que perderlo todo solo porque mamá perdió algo hace dieciocho años.
Pero no puedo despertarme mañana y creer que ella era solo mala y él solo bueno. No puedo hacer eso por ti.
Larissa sintió ganas de discutir al menos dos de aquellas frases y, al mismo tiempo, supo que no querría que Xenia se retractara de ellas.
—Yo tampoco creo que papá sea solo bueno.
Xenia la miró.
—Ya.
Larissa estuvo a punto de reprocharle otra vez la palabra, pero lo dejó pasar.
Los pasos de Claire habían llegado a la escalera.
—Una pregunta más —dijo Larissa.
—Dime.
—Si al principio yo solo formaba parte del plan, ¿cuándo dejaste de verme así?
Xenia la miró durante mucho tiempo, y Larissa comprendió que quería una respuesta precisa, un momento que pudiera recuperar y separar como verdadero. Quizá un día, una conversación, una broma en la cafetería después de la cual todo lo que había entre ellas pudiera apartarse de lo anterior.
Xenia no se lo dio.
—No sé cuándo —dijo—. Creo que eso fue lo que me asustó. Si hubiera sabido exactamente cuándo, quizá habría podido parar antes.
Larissa sintió la decepción y no intentó ocultarla.
—Genial.
—Lo siento.
—No, es… probablemente más verdad que si me hubieras dado una fecha.
Xenia apretó el abrigo entre las manos.
—Cuando empezaste a hablar de irte a York, pensé en no verte todos los días y me molestó. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo iba muy mal, porque en el plan de mamá daba igual lo que nos pasara después.
—Pero aun así seguiste.
—Sí.
Larissa asintió, más para sí misma que para Xenia.
Claire estaba casi al pie de la escalera.
En unos segundos entraría en la cocina y vería los vasos, el tequila, la cara de Xenia y probablemente la expresión de su hija, y entonces la noche se convertiría en una noche de llamadas y decisiones que Larissa no sabía tomar.
Una parte de ella agradecía no tener que tomarlas sola; otra todavía quería diez minutos más, aunque no tenía ni idea de qué haría con ellos.
Xenia pasó el abrigo de un brazo al otro.
—Larissa.
—¿Qué?
—Antes de que entre Claire…
Se detuvo y, por primera vez en toda la conversación, Larissa tuvo la sensación de que Xenia no intentaba escoger la respuesta más segura, sino que sencillamente no encontraba la forma de formular la pregunta.
—Dilo.
Xenia se humedeció los labios y miró hacia la puerta, donde la luz del recibidor alcanzaba el borde de las baldosas de la cocina.
—Sé que el hecho de que acabaras importándome no arregla nada, y no hace que lo que hice sea menos… no sé, menos lo que fue. Y sé que probablemente no querrás volver a verme después de esta noche. Pero tengo que preguntarlo, porque si no voy a marcharme y voy a…
Los pasos de Claire se detuvieron en algún punto al otro lado de la puerta de la cocina.
Xenia renunció al resto de la frase y miró directamente a Larissa.
—¿Me odias?