Némesis CAPÍTULO 27 #3
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CAPÍTULO 27 #3

Xenia se enderezó.

—¿Ahora?

—Sí, ahora.

—Larissa, por favor, espera un poco más.

—¿Para qué?

—No lo sé. Cinco minutos, diez. No puedo salir por esa puerta y que entonces empiece todo.

—Ya ha empezado.

—Para ti, sí.

—Para papá empezó hace unas semanas.

Xenia cerró los ojos y Larissa se detuvo antes de continuar. No quería protegerla de lo que había hecho, pero empezaba a comprender la diferencia entre mantenerla en la habitación el tiempo suficiente para que dijera la verdad y golpearla con todas las armas que tuviera a mano.

Dejó el teléfono sobre la mesa sin desbloquearlo.

—Cinco minutos —dijo—. Después voy a buscar a mamá, estés preparada o no.

Xenia asintió.

—¿Y después de tu madre?

—Hablaremos con Helen y Scott sobre cómo se lleva esto a la policía. No me corresponde decidirlo.

—¿Estará Scott aquí?

—Probablemente, pero esta noche no, salvo que tenga que venir.

Xenia miró sus manos.

—¿Van a detenerme?

Larissa se sorprendió de lo joven que sonó su voz.

—No lo sé.

—Él sabe de estas cosas.

—Scott no trabaja en el caso de papá y no puede prometerte qué hará la policía.

—Pero sabe.

—Más que yo, sí.

Xenia inspiró y soltó el aire despacio.

—Mamá se enterará.

—Sí.

—No puedo volver a casa después de esto.

Larissa no había pensado en esa parte hasta entonces y, cuando lo hizo, sintió otra clase de miedo, más práctico e inmediato.

—Entonces no vuelves a casa hasta que hayamos hablado con un adulto que sepa qué hay que hacer.

—Has dicho «adulto» como si tuviéramos doce años.

—Hace dos horas estabas encantada de poder comprar tequila legalmente.

—Y fue un error.

—Por fin algo en lo que estamos completamente de acuerdo.

Xenia hizo un sonido que podría haber sido el principio de una risa y se secó enseguida la mejilla. Larissa sintió que ella también estaba a punto de reírse, pero el cansancio hacía que las reacciones surgieran de lugares que ya no controlaba demasiado bien.

El teléfono vibró entre las dos.

Claire: «¿Quieres más tiempo?»

Larissa todavía no respondió.

—¿Hay algo más? —preguntó.

Xenia miró hacia la pantalla, aunque desde donde estaba no podía leer el mensaje.

—Sí.

Larissa esperó.

—Pero no sé si cambia algo.

—Esta noche he descubierto que viniste a nuestro instituto a propósito, que sabías quiénes éramos, que Marion conocía la acusación antes de que existiera y que papá no hizo lo que dijiste. Creo que ya hemos pasado el punto en que puedo juzgar qué cambia algo.

Xenia acercó el vaso vacío, aunque ya no quedaba nada que beber.

—Cuando te enteraste de la prueba…

—¿La prueba de ADN?

—Sí. Cuando descubriste que quizá éramos hermanas, pensabas que yo no lo sabía.

—Al principio.

—¿Y después?

—Después empecé a pensar que sí lo sabías. No quería, pero era demasiada coincidencia.

Xenia asintió.

—Lo sabía.

—Eso ya me lo has dicho.

—No solo que él podía ser mi padre.

Larissa la miró.

—¿Qué quieres decir?

Xenia alzó los ojos. Ya no quedaba nada del alcohol de una hora antes en su manera de hablar, ni de la seguridad con la que había hablado de la universidad en el bar, ni de aquel tono preciso que usaba en clase cuando creía que los demás habían leído un texto sin prestar atención.

Parecía cansada y asustada y, al mismo tiempo, lo bastante decidida para que Larissa no hiciera otra pregunta.

—Mamá me dijo quién era cuando yo era pequeña —continuó Xenia—. No de golpe, ni de la forma que probablemente estás imaginando, pero crecí sabiendo su nombre. Sabía dónde había acabado, sabía que tenía una familia y, antes de venir aquí, sabía tu nombre y el de Margot.

Larissa notó que los dedos se le cerraban alrededor del teléfono.

—Entonces ¿por qué dices que «puede» ser tu padre?

Xenia se pasó la lengua por los labios secos.

—Porque mamá nunca hizo una prueba. Ella lo sabía, pero yo… antes de vuestro resultado siempre quedaba esa posibilidad mínima de que no fuera verdad. No hablábamos de ello porque mamá no lo soportaba cuando yo sacaba el tema, pero estaba ahí.

—Y ahora ya no.

Xenia negó despacio con la cabeza.

Larissa miró a la chica sentada frente a ella y recordó el primer día de clase, cuando Adam había leído su nombre en la lista y no había significado nada para él.

Recordó la fotografía familiar, las conversaciones sobre York, los mensajes enviados de noche, a Margot diciendo que Xenia ya era prácticamente de la familia, y todos los momentos que ahora podía retorcer hasta darles otra forma, aunque seguía sin saber si esa forma era más verdadera que la anterior.

—¿Papá sabe que tú lo sabías? —preguntó.

—No lo creo.

—¿Sabe siquiera que te enteraste del resultado?

—No sé qué le contó tu madre.

—Sabe que eres su hija.

Xenia cerró los ojos un instante.

—Sí.

—Claire se lo dijo.

—Lo sé.

Larissa desbloqueó el teléfono. Tenía el dedo suspendido sobre el mensaje de su madre, pero Xenia habló antes de que pudiera escribir.

—Larissa.

Levantó la vista.

Xenia sujetaba con fuerza el vaso vacío entre las dos manos y, cuando continuó, no intentó explicar, defenderse ni preparar la frase de ninguna manera.

—También es mi padre.