Némesis CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

LA CONFESIÓN

Xenia no respondió enseguida. Larissa, que esperaba al menos una negativa, la vio quedarse junto a la puerta, con el bolso colgando de una mano y los zapatos en la otra, en una postura tan incómoda que, en cualquier otro momento de aquella noche, le habría dicho que dejara algo antes de que se le cayera todo.

Llevaba el abrigo abrochado solo hasta la mitad; el pelo, después de tantas veces como se lo había apartado detrás de la oreja, le había vuelto a caer sobre la mejilla, y bajo la luz cruda del recibidor el maquillaje de los ojos parecía más desvaído que cuando habían regresado del bar.

Arriba no se oía nada. El frigorífico se puso en marcha en la cocina y, en algún lugar de la casa, el agua recorrió una tubería con un ruido breve que Larissa probablemente había oído cientos de veces sin reparar nunca en él.

—¿Qué era exactamente lo que se suponía que iba a funcionar? —preguntó otra vez.

Xenia miró hacia la puerta y luego los zapatos que llevaba en la mano.

—Nada. Lo he dicho mal.

—Has dicho que tu madre sabía que funcionaría.

—He bebido.

—Yo también, y sigo sabiendo lo que digo.

Le salió más brusco de lo que pretendía, y de inmediato sintió el impulso de seguir, de hacer la siguiente pregunta antes de que Xenia encontrara una salida.

Pero recordó a Scott diciéndole que una conversación no se volvía verdadera solo porque consiguieras empujar a alguien hacia la respuesta que querías, y a Diane, que había sido aún más clara: si Xenia quería marcharse, Larissa tenía que dejarla.

—Vale —dijo—. Si no quieres explicarlo, no puedo obligarte.

Xenia alzó la vista.

—Odio cuando haces eso.

—¿El qué?

—Parar justo cuando sabes que deberías seguir.

Larissa se quedó mirándola unos segundos, intentando decidir si era un reproche o una invitación.

—Hace cinco minutos me has pedido que parara.

—Ya.

—Pues no me lo estás poniendo muy fácil.

—No he dicho que estuviera ayudándote.

En otras circunstancias, Larissa habría tenido una respuesta inmediata, pero ahora no se le ocurría ninguna que no sonara demasiado enfadada o demasiado ingeniosa para lo que sentía.

Al final Xenia dejó los zapatos en el suelo y después el bolso a su lado, y aquel gesto tan simple le dijo a Larissa que todavía no se iba.

—¿Puedo beber agua? —preguntó Xenia.

—Claro.

Volvieron a la cocina. Los vasitos de tequila seguían sobre la mesa junto a la botella y el libro de Xenia continuaba apartado hacia el borde, lejos de cualquier cosa que pudiera derramarse.

Larissa llenó un vaso de agua y se lo dio; luego se sirvió también para ella, aunque el suyo ya estaba casi lleno.

Xenia se sentó y bebió tan deprisa que tuvo que detenerse a mitad, sujetando el vaso con las dos manos.

—Mi madre no adivina cómo es la gente —dijo al cabo de un rato—. O no exactamente. Le gusta pensar que entiende a las personas, y a veces es verdad, pero no me refería a eso.

Xenia no la miró al responder.

—La acusación.

Larissa metió las manos debajo de la mesa y se agarró un dedo con la otra mano, no porque tuviera nada que ocultar, sino porque de otro modo no sabía qué hacer con ellas.

—¿Tu madre sabía que iba a haber una acusación antes de que fueras a la policía?

Xenia volvió a beber y asintió apenas.

—Dímelo, por favor. No quiero dar nada por supuesto.

—Sí. Lo sabía.

Larissa miró hacia el teléfono que había dejado junto al fregadero.

Podía alcanzarlo en dos pasos, podía subir a buscar a Claire o llamar a Scott, pero ninguna de esas posibilidades le resultaba soportable mientras Xenia siguiera sentada delante de ella y, por primera vez desde que todo aquello había empezado, no estuviera repitiendo la historia que ya conocían.

—¿Fue idea suya?

Xenia apretó los labios.

—No quiero que esto se convierta en una conversación sobre mi madre.

—No intento convertirlo en nada. Intento entender lo que acabas de decirme.

—¿Y después qué?

—No sé qué viene después.

—Creo que sí.

Larissa sintió que la rabia llegaba deprisa, aunque no tanto como para perder del todo el control de la voz.

—Mi padre está encerrado, Xenia. Ahora mismo no me preocupa demasiado ordenar esta conversación del modo que te resulte más cómodo.

Xenia bajó la cabeza, y Larissa lamentó el tono, no las palabras.

—Lo siento —dijo Xenia.

—Todavía no me digas eso.

—Entonces ¿qué quieres que diga?

—La verdad sería un buen comienzo.

Nada más decirlo, Larissa se dio cuenta de lo mucho que sonaba a frase de adulto en una mala serie de televisión y estuvo a punto de enfadarse también consigo misma. Xenia no pareció notarlo. Seguía sentada con el vaso entre las manos, mirando el agua que quedaba dentro.

—Se suponía que él lo negaría —dijo.

—¿Papá?

—Mamá dijo que eso era lo que haría, le preguntaran como le preguntaran. Lo negaría todo y diría que solo me había llevado en coche porque llovía y que no había pasado nada.

Larissa la miró fijamente y durante varios segundos ni siquiera se dio cuenta de que contenía la respiración.

—Pero eso es exactamente lo que dice.

—Ya.

—¿Porque eso es exactamente lo que pasó?

Xenia levantó la vista.

Larissa vio el cambio antes de recibir una respuesta y, precisamente porque lo vio, recordó la advertencia de Diane: nadie se convertía en detector de mentiras por observar a otra persona con suficiente atención. Separó las manos y las puso sobre la mesa.

—Olvídalo —dijo—. No contestes si te he puesto la respuesta en la boca.

—No lo has hecho.

—Un poco sí.

Xenia empujó el vaso unos centímetros hacia delante.

—Porque sabías que papá daba clase allí.

Xenia asintió.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de que nos mudáramos.

—¿Y sabías quién era yo?

La pregunta le salió más deprisa de lo que quería. Xenia alzó los ojos y, por un instante, Larissa tuvo la absurda esperanza de que al menos en eso recibiría un no. Uno solo. Algo que dejara intacta su primera conversación.

—Sí.

Larissa se recostó en la silla.

No era información nueva, porque ya lo habían hablado todos y, después de la prueba de ADN, la coincidencia se había vuelto casi imposible de sostener.

Aun así, el hecho de que Xenia lo hubiera sabido cambiaba retrospectivamente cosas tan corrientes que Larissa ni siquiera las habría llamado recuerdos: la pregunta sobre el camino a casa, la conversación sobre Claire, la primera visita, la fotografía familiar, Margot hablando demasiado en la mesa.

—¿El primer día de clase sabías que yo era su hija?

—Sí.

—Cuando me preguntaste a qué se dedicaba mi madre, ya lo sabías.

—Sí.

—Y cuando viniste aquí por primera vez, sabías perfectamente de quién era esta casa.

Xenia se pasó una mano por la frente.

—Larissa, si vamos a repasar todas las conversaciones desde el principio…

—No. Solo intento averiguar qué parte de los últimos meses me ocurrió de verdad.

Xenia la miró. Larissa vio que las palabras habían dado en el blanco, pero no intentó arreglarlas.

—No todo era falso —dijo Xenia.

—Ahora mismo no creo que seas la persona adecuada para decírmelo.

—Probablemente no.

La falta de defensa en la respuesta irritó a Larissa más de lo que lo habría hecho una discusión.

Se levantó y fue hasta el fregadero, donde cogió el teléfono solo para mirar la hora. Pasaban de las doce y media, y Claire le había enviado dos mensajes: en el primero preguntaba si todo iba bien; en el segundo, unos minutos después, decía simplemente que estaba despierta.

Larissa respondió: «Sigue aquí. Estoy bien».

No sabía si la segunda frase era cierta, pero bastaba para lo que Claire quería saber.

Cuando volvió a la mesa, Xenia miró su teléfono.

—¿Le has escrito a tu madre?

—Sí.

—¿Sabe que estoy aquí?

—Lo sabe desde el principio.

Xenia parpadeó.

—Dijiste que nadie iba a sentarse en la mesa de al lado.

—Y nadie lo hizo.

—Pero ella lo sabía.

—Xenia, después de todo lo que ha pasado, ¿de verdad pensabas que iba a salir contigo sin decirle a nadie dónde estaba?

—No. Es que no lo pensé.

—Yo tampoco pensaba muchas cosas antes de este mes.

Xenia se bajó las mangas hasta cubrirse las muñecas y Larissa volvió a sentarse, esta vez un poco más lejos de la mesa.

—Viniste al instituto por papá —dijo—. ¿Qué se suponía que tenías que hacer después?

—Conocerlo.

—¿Por qué?

—Para que hubiera cosas reales.

Larissa sintió una presión fría bajo las costillas.

—¿Qué significa eso?

—Que él me conociera. Que habláramos. Que yo me quedara después de clase, que no fuera solo un nombre en una lista.

—¿Te quedaste a propósito?

—La primera vez, sí. Después… no siempre.

—¿Y las conversaciones sobre literatura?

Xenia se encogió ligeramente de hombros.

—Me gustan esas cosas. No tenía que fingir que me gustaban.

Larissa recordó lo mucho que a veces le había molestado que Adam y Xenia siguieran hablando cuando todos los demás ya estaban preparados para marcharse; no eran celos, se había dicho entonces, sino que en casa Adam podía convertir cualquier pregunta corriente en una explicación de profesor si le dabas tiempo suficiente.

—La reunión de padres —dijo—. Marion nunca pensaba venir.

Xenia vaciló antes de contestar.

—¿Otra oportunidad?

—Sí.

—Así que la lluvia no estaba planeada, obviamente, pero lo demás…

—No exactamente lo demás. Yo no sabía qué haría él, y mamá no podía saber si se ofrecería a llevarme o si yo llamaría a un taxi. Solo pensaba que, si se daba la situación adecuada, no me dejaría allí sola.

—Porque lo conocía muy bien.

El sarcasmo se le escapó antes de poder frenarlo.

Xenia levantó la vista.

—Tenía razón.

—Lo conocía hace dieciocho años.

—Ya.

—Yo lo conozco desde que nací.

—Eso también lo sé.

—Entonces no me digas que Marion sabe cómo es mi padre.

—No he dicho eso.

—Acabas de…

—He dicho que acertó al pensar que me llevaría a casa. Nada más.

Larissa cerró la boca. Xenia tenía razón, lo cual no hacía la conversación más fácil.

—Y te llevó.

—Sí.

—Luego entraste en casa.

—Sí.

—Con Marion.

Xenia apretó las mangas dentro de los puños.

—Sí.