CAPÍTULO 26 #2
No era la primera vez que Xenia rozaba aquella sospecha, pero ahora no tenía el tono cauteloso que había usado en el instituto. Estaba cansada y un poco borracha, y la sospecha había salido casi con irritación.
—A veces yo también siento que tú esperas algo de mí —dijo Larissa.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Qué?
—No sé. Que diga que lo odio. Que diga que todo lo que creía sobre él estaba equivocado. A veces, cuando hablamos de papá, parece que hay una respuesta correcta y que todavía no la he dado.
Xenia se echó un poco hacia atrás.
—No intento hacer eso.
—Puede que no.
—No lo hago.
—Vale.
—No digas «vale» si no me crees.
Larissa se levantó tan deprisa que la silla raspó el suelo.
—Entonces ¿qué quieres que diga? Porque no puedo hacer esto a la perfección, Xenia. No puedo estar exactamente lo bastante enfadada y exactamente lo bastante triste y no decir nunca nada que te moleste. Es mi padre.
Xenia se rodeó el cuerpo con los brazos.
—Lo sé.
—Y soy yo la que tiene que vivir en esta casa cuando él no está.
—Lo sé.
—No, no lo sabes.
En cuanto salieron las palabras, Larissa quiso retirarlas.
Xenia la miró sin contestar.
—Eso ha sido cruel —dijo Larissa—. Lo siento.
Xenia bajó los ojos.
—Da igual.
—No, no da igual.
—No quiero que nos peleemos.
—Yo tampoco.
Larissa siguió de pie, sin saber qué hacer con las manos. Cogió el vaso, lo llevó al fregadero y lo llenó aunque ya estaba casi lleno. El agua rebosó y le mojó los dedos.
—Genial.
Xenia se levantó para coger un paño.
—Déjalo. Ya lo hago yo.
—No tienes que hacerlo todo sola.
Larissa se volvió.
—No lo hago todo sola.
—No hablaba del agua.
—Entonces ¿de qué hablabas?
Xenia se quedó allí con el paño en la mano y pareció arrepentirse de haber empezado.
—No sé.
—¿Ves? Eso es exactamente lo que haces. Dices la mitad de algo y luego me dejas a mí adivinar el resto.
—Porque si digo el resto, te enfadas.
—Ya estoy enfadada.
Xenia tiró el paño sobre la encimera.
—Bien. Creo que intentas protegerlo incluso cuando dices que estás enfadada con él.
Larissa la miró.
—Puede ser.
Xenia parpadeó, sorprendida por la respuesta.
—Puede que sí lo esté protegiendo. Es mi padre. Yo no soy un tribunal. No sé qué quieres de mí.
—Nada.
—Entonces deja de mirarme como si hubiera algo que yo no entiendo y tú sí.
Xenia cogió el bolso de la silla.
—Creo que debería irme.
El primer impulso de Larissa fue detenerla, pero no sabía si se debía a que no quería que la noche acabara así o a que los demás esperaban que siguiera cerca de Xenia. El pensamiento le dio tanto asco que durante varios segundos no dijo nada.
—Si quieres irte, te pido un taxi —dijo al fin.
—Puedo pedirlo yo.
—Ya lo sé.
Xenia abrió la aplicación, miró la pantalla y bloqueó el móvil.
—¿Qué?
—Nada. Es caro.
—Pago yo.
—No.
—Entonces paga mamá y luego me dice que no hace falta que se lo devuelva, y yo se lo devuelvo de todos modos.
Xenia casi sonrió.
—Eso me lo has contado en el bar.
—Sí.
Xenia volvió a mirar la fotografía.
—¿Cuántos años tenías?
—Catorce, quizá. Margot tendría… no sé, ¿nueve?
—Seis.
Larissa volvió la cabeza hacia ella.
Xenia pareció darse cuenta al instante.
—Si tú tenías catorce, ella tenía nueve, ¿no? Espera. Os lleváis casi cinco años. Así que nueve.
Larissa no dijo nada.
—Lo he calculado mal —añadió Xenia.
—Ya.
No lo sabía. O quizá lo sabía perfectamente. En los últimos meses había aprendido que, una vez que sabes que existe un secreto, cualquier error puede parecer una prueba.
Xenia devolvió la fotografía a su sitio.
—Parece feliz.
Larissa miró a Adam. En la foto sonreía a Claire, no a la cámara, porque Claire probablemente había dicho algo justo antes de hacerla.
—Seguramente lo era.
—¿No te molesta ver las fotos?
—A veces.
—¿Claire las dejó puestas?
—Algunas. Al principio quitó unas cuantas y luego volvió a ponerlas. No todas.
Xenia se acercó un poco a la estantería.
—Mamá no tiene fotos a la vista.
—¿Ninguna?
—Las tiene en el móvil. Y creo que en una caja. Pero no en las paredes.
—¿Por qué?
Xenia se encogió de hombros.
—Dice que no le gusta vivir en un museo de su propia vida.
Larissa casi sonrió.
—Eso suena a algo que diría ella.
—Sí.
—¿Y tú tienes fotos?
—En el móvil.
—¿Con Marion?
—Algunas.
Larissa se sentó en el brazo del sofá.
—¿Puedo verlas?
Xenia la miró, sorprendida.
Larissa se dio cuenta de lo directa que había sido la pregunta.
—No por… olvídalo. Ha sido raro.
—No es raro.
Xenia sacó el móvil, lo desbloqueó y buscó durante unos segundos. Larissa sintió enseguida que no debía mirar demasiado atentamente, lo cual le hizo imposible mirar con normalidad.
Xenia le enseñó una foto tomada en una cocina que Larissa no reconocía. Marion estaba más delgada que en la fotografía de Hendon que habían visto, llevaba el pelo mal recogido y sostenía una taza grande. Xenia, probablemente de trece o catorce años, estaba a su lado haciendo una mueca a la cámara.
—¿Quién la hizo?
—El temporizador.
Larissa miró a Marion más tiempo del que pretendía.
—Te pareces a ella.
Xenia retiró un poco el móvil.
—Todo el mundo lo dice.
—No exactamente de cara.
—¿Entonces en qué?
Larissa intentó identificar qué había visto y no pudo.
—No sé. Quizá en cómo estás de pie.
—Eso no significa nada.
—Probablemente no.
Xenia cambió de foto. En la siguiente, Marion dormía en un sofá con una manta hasta la barbilla, mientras Xenia metía en el encuadre una taza en la que ponía LA MADRE MÁS ACEPTABLE DEL MUNDO.
—¿Vio esto?
—Después. Quería que la borrara.
—Y no lo hiciste.
—Evidentemente.
Larissa se rio.
Miraron algunas más sin convertirlo en un inventario.
Una playa de guijarros, Xenia con un uniforme escolar que le quedaba grande, Marion al volante, una tarta hundida por el centro: la que Xenia le había contado en el bar.
En algunas fotos Marion parecía cansada; en otras, Larissa jamás habría adivinado nada de la vida que ellos habían reconstruido a partir de declaraciones, documentos y relatos de otras personas.
Xenia se detuvo en una foto y no se la enseñó enseguida.
—¿Qué es?
—Nada.
Larissa puso los ojos en blanco.
—Otra vez.
—Es solo una foto vieja.
Giró el móvil. Xenia tendría unos siete años y llevaba una corona de papel. Marion estaba detrás, agachándose para caber en el encuadre, y ambas tenían rayas de pintura azul en las mejillas.
—¿Qué hacíais?
—No me acuerdo. Creo que era algo del colegio.
Larissa miró a la niña de la foto.
Los dientes de delante eran demasiado grandes para el resto de la cara y al sonreír entrecerraba los ojos del mismo modo que Larissa había observado en ella durante los últimos meses. No se parecía de manera evidente a Adam, y Larissa sintió alivio sin entender por qué.
—Eras mona.
—Era insoportable.
—En la foto no se nota.
—Mamá dice que tuve un año en que hacía preguntas hasta conseguir que los adultos lloraran.
—Eso todavía lo haces.
Xenia le dio un leve codazo y se guardó el móvil.
Se quedaron en el salón. Larissa apagó la televisión, pero no volvió enseguida a la cocina. Xenia se sentó en el otro extremo del sofá y recogió los pies debajo del cuerpo.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo al cabo de un rato.
—Depende.
—No sé si es… da igual.
Larissa suspiró.
—Como hagas eso dos veces más, te echo.
Xenia se frotó las palmas contra las rodillas.
—¿Crees que tu padre se habría quedado con Marion si Claire no hubiera existido?
Larissa no esperaba la pregunta.
—No lo sé.
—¿Nunca se lo preguntaste?
—¿A él?
—Sí.
—No.
Xenia miró la fotografía de la estantería.
—Yo se lo habría preguntado.
—Tú has tenido dieciocho años para pensarlo. Yo, unas semanas.
Xenia volvió la cabeza.
—Dieciocho no.
Larissa notó el cambio.
—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?
Xenia apretó los labios.
—Un tiempo.
—Eso no significa nada.
—Ya lo sé.
Larissa esperó y entonces se dio cuenta de que estaba haciendo exactamente aquello que le había reprochado a Xenia: dejar que el silencio pidiera la respuesta en lugar de preguntar ella misma.
—No tienes por qué decírmelo.
—Mamá me lo contó cuando era mayor. No cuando era niña.
—¿Qué edad tenías?
Xenia se llevó las rodillas al pecho y apoyó la barbilla en ellas.
—No recuerdo exactamente cuándo entendí todo. Al principio eran fragmentos. Que mi padre se había ido, que tenía otra familia. Luego, el nombre.
Larissa notaba el corazón más rápido, pero no había nada nuevo en la idea de que Xenia supiera de Adam antes de North Downs. Lo nuevo era la manera en que hablaba de ello, sin las declaraciones precisas que Larissa había imaginado.
—¿Marion te enseñaba fotos nuestras?
—A veces.
—¿Mías?
Xenia la miró.
—Sí.
Una oleada de rabia atravesó a Larissa tan deprisa que no pudo ocultarla.
—¿Qué clase de fotos?
—De internet. Cosas públicas. Tu madre tenía la campaña, había artículos, Facebook, no sé. No nos sentábamos en una habitación con fotos vuestras cubriendo las paredes, si es eso lo que piensas.
—No sé qué pienso.
—Se nota.
—Perdona si no reacciono bien a la idea de que tu madre te enseñara fotos mías antes de que yo supiera siquiera que existías.
Xenia se puso rígida.
—No he dicho que tuvieras que reaccionar bien.
—Pero vuelves a defenderla.
—Porque haces que parezca…
—¿Qué?
Xenia se detuvo.
Larissa notaba más el alcohol ahora, no como mareo sino como la ausencia de ese pequeño espacio en el que normalmente decidía si merecía la pena decir lo siguiente.
—No puedo hablar de Marion sin que pienses que la estoy atacando —dijo—. Y quizá la ataque. No lo sé. Pero ella sabía quiénes éramos Margot y yo. Sabía dónde estaba papá, tenía fotografías, te contaba cosas de nosotros y luego tú llegaste a nuestro instituto. Es difícil fingir que eso no es raro.
Xenia se puso de pie.
—No te he pedido que finjas.
—Entonces ¿por qué te enfadas?
—Porque hablas de mamá como si todo lo que ha hecho en su vida hubiera conducido hasta aquí.
—Ni siquiera sé qué significa «aquí».
Xenia cogió el bolso.
—Quiero irme.
Esta vez Larissa no intentó detenerla.
—Bien. Te pido un taxi.
—Lo pido yo.
—Pues pídelo.
Xenia la miró, y Larissa se dio cuenta de que había levantado la voz.
Las dos se quedaron calladas.