Némesis CAPÍTULO 25 #3
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CAPÍTULO 25 #3

—No vamos a la tuya.

Xenia volvió la cabeza.

—¿Adónde vamos?

—A la mía, si quieres. Mamá está en casa. Puedes quedarte un rato y luego te llevamos o pedimos otro taxi.

Xenia la miró como si intentara decidir si la invitación iba en serio.

—No creo que sea buena idea.

—¿Por qué?

—Porque seguramente tu madre no quiere verme a las once de la noche.

—Mi madre sabe decir bastante bien que no cuando no quiere algo.

Larissa escribió antes de que Xenia pudiera protestar otra vez.

«¿Podemos volver a casa? Marion todavía no ha llegado. Solo un rato.»

Claire respondió casi un minuto después.

«Sí. Taxi. Mándame la matrícula.»

Larissa le enseñó el mensaje.

Xenia lo leyó y se frotó los brazos por encima del abrigo.

—No quiero causarle problemas.

Larissa levantó la vista del móvil.

—No se los causas.

Xenia sostuvo su mirada un segundo de más, y Larissa comprendió lo absurda que podía sonar aquella frase en el contexto de todo lo ocurrido. Por un momento quiso añadir algo, pero Xenia miró hacia la carretera y preguntó cuánto tardaría el coche.

Claire abrió la puerta antes de que Larissa pudiera sacar la llave del bolso.

Llevaba unos pantalones de estar por casa y uno de los jerséis viejos de Adam, algo en lo que Larissa solo reparó después de entrar.

No sabía si Xenia lo reconocería y esperaba que no.

Claire llevaba las gafas puestas y el pelo recogido sin demasiado cuidado, y detrás de ella seguía encendida la luz del salón.

—Feliz cumpleaños, Xenia.

—Gracias. Y siento que hayamos venido tan tarde.

—Para mí no es tarde. Para Margot, en teoría, sí.

Arriba sonó una puerta.

Claire cerró los ojos un instante.

—En teoría.

Margot bajó antes de que se hubieran quitado los abrigos, con pantalón de pijama y el pelo en un moño medio deshecho.

—Feliz cumpleaños.

Xenia sonrió.

—Gracias.

—Larissa ha dicho que cumples dieciocho.

—Era bastante probable.

Margot se acercó y la abrazó sin avisar. Xenia pareció sobresaltarse, luego le puso una mano en la espalda y correspondió al abrazo con una torpeza que hizo que Larissa apartara la mirada.

—A la cama. Ya —dijo Claire.

—Solo he bajado a felicitarla.

—Ya la has felicitado.

Margot la soltó.

—Buenas noches.

—Buenas noches —respondió Xenia.

En el último escalón, Margot se volvió.

—¿Te gusta el libro?

Larissa la miró.

—¿Cómo sabes qué le he regalado?

—Lo vi.

—¿Entraste en mi habitación?

—La puerta estaba abierta.

—Margot.

Claire señaló las escaleras.

—Mañana.

Margot desapareció antes de que pudieran interrogarla.

Xenia seguía riéndose cuando llegaron a la cocina.

—Me cae bien.

—Porque no vives con ella.

Claire abrió la nevera.

—¿Queréis comer algo?

Las dos dijeron que no, y Claire sacó de todos modos una botella de agua y dejó dos vasos sobre la mesa.

Larissa alzó las cejas.

—¿Qué?

—Nada.

—Bebe.

Xenia ocultó una sonrisa mientras se llenaba el vaso.

—Lo siento.

—No tienes por qué. Tu madre ha sido amable.

—Sí.

—Y eso es un poco raro.

Larissa apartó una silla.

—¿Quieres subir a mi habitación?

Xenia se quitó los zapatos y los dejó junto a la pared.

—Si subo ahora las escaleras, creo que me quedaré allí hasta mañana.

—Entonces nos quedamos aquí.

Larissa abrió la nevera sin saber qué buscaba. Vio la caja de pizza que Margot había fotografiado, un poco de queso, medio limón y un recipiente con algo del día anterior. Cerró la puerta.

—Tengo hambre —dijo Xenia.

Larissa se volvió.

—Acabas de decir que no querías nada.

—Entonces no quería.

—Ha sido hace dos minutos.

—Ya lo sé.

Sacaron la pizza. El borde estaba realmente quemado y el centro tan blando que Larissa tuvo que volver a meterla en el horno.

Xenia se sentó descalza en la encimera, con el vestido un poco subido por encima de las rodillas y, a su lado, el libro que Larissa le había regalado, que hojeaba mientras esperaban.

—¿Has subrayado algo? —preguntó Larissa.

Xenia levantó la vista.

—¿En un libro nuevo?

—Sí.

—No soy una bárbara.

—Dentro de una semana lo subrayarás.

—A lo mejor a lápiz.

—Sigue siendo subrayar.

—No es lo mismo.

Larissa sacó la pizza, la cortó mal y le dio a Xenia el trozo menos quemado. Comieron de pie sobre el fregadero para no ensuciar platos, y Larissa pensó que probablemente era la parte menos elegante del cumpleaños.

Xenia, sin embargo, parecía más relajada que en el restaurante.

—¿Aquí siempre es así? —preguntó.

—¿Así cómo?

—No sé. Gente entrando y saliendo, Margot bajando cuando no debería, tu madre dejando agua y luego desapareciendo.

Larissa terminó de masticar antes de responder.

—A veces es mucho peor.

—No parece malo.

—Eso es porque no estás aquí por la mañana cuando Margot busca algo.

Xenia sonrió y luego bajó la vista hacia la pizza.

—En nuestra casa hay mucho silencio.

Larissa no dijo nada.

—A veces me gusta —continuó Xenia—. Otras pongo la televisión solo para que haya algo.

—¿Marion no la ve?

—Depende.

—¿De qué?

Xenia levantó un hombro.

—De cómo esté.

Larissa sintió que las preguntas volvían a acercarse y las dejó donde estaban.

Xenia terminó su trozo y se limpió los dedos con una servilleta.

—Creo que he bebido demasiado.

—No has bebido tanto.

—Para mí, sí.

—¿Quieres más agua?

—Ahora no.

Larissa llevó la bandeja al fregadero. Cuando se volvió, Xenia estaba mirando el armario que había encima de la nevera.

—¿Qué hay ahí?

—¿Dónde?

—Arriba.

Larissa siguió su mirada.

—Alcohol.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

Larissa sonrió.

—Eso lo has hecho a propósito.

—¿El qué?

—Mirar.

—Tengo ojos.

—Y dieciocho años.

Xenia se tapó la cara con las dos manos.

—Si vuelves a decirlo una vez más, me voy.

—¿Descalza?

Xenia bajó las manos y empezó a reírse.

Larissa se levantó y abrió el armario. Dentro había botellas compradas para invitados, dos que les habían regalado por Navidad y una botella de tequila que Claire había usado una vez para preparar margaritas y después había olvidado.

—No creo que tu madre lo aprobara —dijo Xenia.

—Yo tampoco.

—Eso debería contar para algo.

—Cuenta.

Larissa todavía no sacó la botella.

Recordó la conversación antes de salir, la lista de Claire, la promesa de que no convertiría la noche en una forma de conseguir algo.

Hasta el momento no había conseguido nada y, para su sorpresa, no le importaba.

Habían hablado de universidades, zapatos, tartas fallidas, infancia y pizza quemada, y durante tramos enteros de la noche Larissa se había olvidado de escuchar por si Xenia decía algo útil.

Quizá por eso precisamente no quería que terminara todavía.

—Uno —dijo Xenia a su espalda—. Ya que has abierto el armario.

Larissa se volvió.

—Creía que te ibas si volvía a decir que tienes dieciocho años.

—No lo has dicho.

—Acabo de decirlo.

—Entonces me iré después de uno.

—Plan excelente.

—Ya no me fío de los planes excelentes.

Larissa la miró, pero Xenia había cogido el agua y bebido casi la mitad, aparentemente sin darse cuenta de que acababa de decir algo que podía significar más.

Larissa no preguntó.

Sacó dos vasos pequeños del armario de abajo, los dejó sobre la mesa y sacó la botella. Xenia pasó de la encimera a una silla y alejó el libro para que no se derramara nada encima.

—Si Claire baja —dijo—, diré que ha sido idea tuya.

—Ha sido idea mía.

—Perfecto. Así por lo menos no tengo que mentir.

Larissa puso la mano sobre el tapón y, durante un momento, las dos escucharon los sonidos de la casa. De arriba no llegaba nada; la nevera empezó a zumbar a su lado y desde el salón entraba la luz tenue del televisor que Margot probablemente había dejado en modo de espera.

Xenia apoyó los codos en la mesa.

—Feliz cumpleaños para mí —murmuró con una sonrisa cansada.

Larissa giró el tapón y abrió el tequila.