Némesis CAPÍTULO 25 #2
74%

CAPÍTULO 25 #2

—Yo no he sido.

—Entonces, ¿quién?

La camarera, que seguía junto a la mesa, dijo que en la reserva se había indicado que era un cumpleaños.

Xenia se tapó la cara con una mano.

—Mamá.

—¿Marion hizo la reserva?

—No. La hice yo. Pero puse el motivo.

—Entonces te lo has hecho tú sola.

—No pensé que de verdad lo leyeran.

Larissa empezó a reírse, y Xenia le dijo que era una persona horrible antes de apagar la vela para que la gente de las mesas cercanas no empezara a cantar.

—¿Has pedido un deseo?

—No.

—Tenías que pedirlo.

—No tengo cinco años.

—No hay límite de edad.

Xenia cogió el tenedor.

—¿Tú pides?

—A veces.

—¿Funciona?

Larissa pensó la respuesta más tiempo del que requería la pregunta.

—No mucho.

Xenia cortó un trozo de tarta.

—Entonces me alegro de no haber perdido el tiempo.

Después de cenar fueron andando a un bar a unas calles de allí.

La lluvia se había reducido a una humedad fina que no parecía justificar un paraguas, pero les dejó el pelo mojado cuando llegaron a la siguiente esquina.

Xenia empezó a quejarse de los zapatos antes de cinco minutos y, cuando Larissa le recordó que le había dicho que se pusiera algo cómodo, Xenia insistió en que jamás había recibido semejante consejo.

—Pensé en decírtelo.

—No es lo mismo.

—A veces deberías oírme aunque no esté hablando.

—Parece agotador.

En la entrada, el camarero pidió el documento de identidad a Xenia. Ella lo sacó tan deprisa que Larissa supo que lo llevaba preparado.

El hombre miró la fecha y luego a ella.

—¿Hoy?

—Sí.

—Feliz cumpleaños.

—Gracias.

—Se te da bien la gente nueva —dijo Xenia.

—Es lo más normal que has dicho en toda la noche.

—Solo he bebido media copa.

—A lo mejor ayuda.

Xenia se rio, pero no siguió por ahí.

Más tarde pidieron otra bebida, esta vez cada una por su cuenta.

Larissa pidió un gin-tonic porque sabía a qué velocidad podía beberse uno sin encontrarse mal, mientras que Xenia pidió al camarero algo «que no sepa a jarabe».

El resultado sabía a limón y llevaba alcohol suficiente para hacerla parpadear después del primer sorbo.

—¿Mejor? —preguntó Larissa.

—No estoy segura.

—Puedes beber agua.

—Lo haré.

No lo hizo. No enseguida.

Un grupo de estudiantes, probablemente de Surrey, se sentó en la mesa de al lado, y uno de los chicos colgó la chaqueta en el respaldo de la silla de Xenia sin darse cuenta. Xenia la empujó dos veces hasta que cayó al suelo y, cuando el chico se volvió, le dijo con toda educación que lo sentía.

Larissa esperó a que él se agachara a recogerla.

—Lo has hecho a propósito.

—No sé de qué hablas.

—Eres horrible.

—Tenía su propia silla.

—Podías habérselo dicho.

Xenia bebió de su vaso.

—Tengo dieciocho años. Puedo tomar malas decisiones yo sola.

Larissa se rio tanto que tuvo que taparse la boca.

El alcohol no hizo que olvidara por qué estaba allí, pero sí volvía más difícil mantener cada cosa en su compartimento.

En un momento dado se dio cuenta de que habían pasado casi veinte minutos sin pensar en Adam, Scott ni la prueba de ADN.

Solo había pensado en lo graciosa que era Xenia cuando estaba un poco achispada y en cómo, cuando se reía de verdad, bajaba la cabeza como si le diera vergüenza el sonido de su propia risa.

Darse cuenta la hizo sentirse mal, e inmediatamente después se enfadó consigo misma por sentirse mal.

—¿Qué pasa? —preguntó Xenia.

—Nada.

—Has puesto esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa que pones cuando te vas a algún sitio sin moverte.

Larissa la miró.

—Yo no pongo ninguna cara así.

—Sí.

—¿Desde cuándo me estudias?

La pregunta le salió más cortante de lo que pretendía.

Xenia retiró la mano que tenía junto al vaso.

—No te estoy estudiando.

Larissa supo de inmediato que acababa de hacer exactamente lo que no quería hacer.

—No quería decirlo así.

—No pasa nada.

—No, es que a veces digo algo y luego me doy cuenta de que…

No terminó.

Xenia miró hacia la barra.

—De que ahora todo puede significar otra cosa.

Larissa mantuvo la mano sobre el vaso.

—Sí.

Xenia asintió despacio.

—A mí también me pasa.

Larissa podría haberle preguntado qué quería decir. La pregunta apareció tan deprisa que estuvo a punto de hacerla, pero vio a Xenia frotarse con el pulgar el borde de una uña y decidió dejarlo.

—¿Quieres irnos? —preguntó en cambio.

Xenia miró la hora en el móvil.

—Todavía no. Si te parece bien.

—Claro.

Se quedaron.

La conversación fue recomponiéndose poco a poco, no por ningún cambio drástico de tema, sino gracias a las cosas que tenían alrededor.

Xenia se fijó en una mujer que se había quitado los zapatos debajo de la mesa y declaró que era la persona más inteligente del local.

Larissa le dijo que ella podía hacer lo mismo si aceptaba el riesgo de contraer una enfermedad erradicada de la Europa medieval.

Xenia respondió que, si acababa en el hospital, al menos tendría una buena historia sobre su decimoctavo cumpleaños.

Cuando Larissa le enseñó la foto que Margot le había mandado de una pizza quemada por los bordes y todavía pálida por el centro, Xenia se echó a reír.

—¿Quién la ha hecho?

—Mamá.

—Claire sabe cocinar.

—Normalmente.

—A lo mejor es el horno.

—Eso diría papá.

El nombre salió con naturalidad y, por primera vez en toda la noche, Larissa no intentó retirarlo después de decirlo.

Xenia dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Él cocina?

—Mejor que mamá, pero no se lo digas nunca.

—No creo que vaya a tener ocasión.

Larissa la miró. Xenia parecía haber dicho simplemente lo primero que se le había pasado por la cabeza y, después, bajó los ojos hacia el vaso.

—Antes hacía curry —continuó Larissa—. O creía que lo hacía. Tuvo una época en la que echaba cilantro a casi todo, y mamá lo iba apartando del plato trocito a trocito porque lo odia, pero no quería decírselo después de que él se hubiera pasado dos horas en la cocina.

Xenia sonrió.

—¿Por qué no se lo decía?

—Se lo dijo. Él se olvidó.

—Eso es peor.

—Sí. Y tenía un delantal ridículo que le compró Margot cuando tendría unos nueve años. Algo de Shakespeare y barbacoas, no me acuerdo.

—Me acuerdo del delantal.

Larissa se detuvo.

Xenia levantó la vista.

—Lo vi cuando estuve en vuestra casa. Estaba colgado junto a la puerta.

—Ah.

Larissa no recordaba si había estado allí, pero era posible. Antes, un detalle así no habría significado nada. Ahora su mente intentaba encontrarle de inmediato un borde afilado.

Xenia cogió el vaso.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Larissa estuvo a punto de reírse.

—Eso sí que es la enfermedad de mi familia.

—¿El qué?

—Todo el mundo pide perdón y luego no sabe por qué.

Xenia esbozó una sonrisa tenue.

—A lo mejor he pasado demasiado tiempo con vosotros.

Larissa no dijo que no le parecía.

En vez de eso, le habló de unas vacaciones en Cornualles en las que Adam había insistido en que conocía un atajo y los había llevado casi una hora en la dirección equivocada.

Xenia le pidió detalles, no sobre Adam sino sobre el hotel, sobre Margot y sobre cuántos años tenía Larissa entonces.

De ahí pasaron a las vacaciones y luego a la infancia, y Xenia le habló de un piso en Sevenoaks donde habían vivido antes de que Marion pudiera permitirse alquilar la casa más grande.

Tenía una vecina, la señora Ellis, que a veces la recogía del colegio y le daba galletas digestive con mantequilla, algo que entonces a Xenia le parecía extraordinario y que ahora le resultaba casi imposible comer.

—Mamá trabajaba mucho por aquella época —dijo—. O estaba fuera. No siempre sabía distinguirlo.

Larissa apoyó los antebrazos en la mesa.

—¿A qué se dedicaba?

Xenia movió apenas un hombro.

—A cosas distintas. Nunca fue nada demasiado estable.

—¿Y te quedabas con la vecina?

—A veces. Después ya tuve edad para quedarme sola.

—¿Qué edad?

—No sé. Once, doce.

Larissa no dijo que le parecía demasiado pequeña. Probablemente Xenia vio la reacción de todos modos.

—No era nada dramático —dijo—. Tenía teléfono, comida, de todo. Mamá llamaba.

—No he dicho nada.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué la defiendes?

Xenia la miró, más sorprendida que enfadada.

Larissa se mordió el labio.

—Perdona. Ha sido una pregunta estúpida.

—No. Es solo que… la gente oye una parte y luego cree que sabe cómo fue todo.

—Yo no.

—Ya sé que tú no.

Xenia por fin bebió agua.

—Mamá también hizo cosas muy buenas. Cuando era pequeña y ella no podía dormir, a veces me despertaba y veíamos películas.

Seguramente una idea horrible con una niña de ocho años, pero a mí me encantaba.

Y en mi cumpleaños siempre encontraba algo, incluso cuando no teníamos dinero.

Una vez me hizo una tarta que se hundió por completo en el centro, así que la rellenó de helado para disimularlo.

Larissa sonrió.

—¿Funcionó?

—No. Tenía un aspecto horrible. Pero estaba buena.

Xenia hizo girar el vaso entre las manos.

—A veces se le dan muy bien esas cosas.

Larissa no preguntó cómo era las otras veces.

Cuando salieron del bar eran casi las once. Xenia se quitó el zapato derecho nada más cruzar la puerta y lo llevó en la mano hasta que Larissa le dijo que no podía andar descalza por la acera.

—Sí puedo.

—Te vas a cortar el pie.

—Entonces iré a urgencias el día de mi cumpleaños.

—¿Y qué les vas a decir? ¿Que te venció tu propio zapato?

Xenia volvió a ponérselo, murmurando que Larissa sonaba igual que Claire cuando se ponía práctica.

—Eso ha sido un insulto.

—No.

—Para mí sí.

El teléfono de Xenia vibró antes de que llegaran a la parada del autobús. Leyó el mensaje y se lo guardó en el bolsillo sin responder.

—¿Marion? —preguntó Larissa.

—Sí.

—¿Todo bien?

—Dice que le escriba cuando llegue a casa.

Larissa esperó.

—¿Está en casa?

—Todavía no.

—¿Dónde está?

Xenia se encogió de hombros.

—No lo sé.

La respuesta pareció molestarle más de lo que quería mostrar.

En la parada, el siguiente autobús llevaba casi veinte minutos de retraso. El viento empujaba la lluvia bajo la marquesina y Xenia empezó a tiritar, aunque insistió en que no tenía frío.

Larissa sacó el teléfono.

—Vamos a coger un taxi.

—A mi casa sale más caro.