Némesis CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

SU DÍA

A las seis y veinte, Larissa seguía en el baño, con un pendiente puesto y el otro en el borde del lavabo, cuando Margot llamó dos veces y entró sin esperar respuesta.

—Mamá dice que bajes.

Larissa se recogió el pelo con ambas manos, se miró en el espejo y volvió a dejarlo caer sobre los hombros.

—Mamá puede subir.

—Dice que no quiere.

—Entonces no puede ser urgente.

Margot se apoyó en el marco de la puerta y la examinó sin el menor disimulo.

—¿Ese vestido es nuevo?

—No.

—Nunca te lo había visto.

—Eso no significa que sea nuevo.

—Para mí sí lo es.

Larissa cogió el pendiente e intentó ponérselo sin acercarse demasiado al espejo. Le temblaban un poco los dedos, y eso la irritaba más que el motivo por el que le temblaban.

—¿Piensas quedarte ahí plantada?

—Sí.

—¿Por qué?

Margot se encogió de hombros.

—Quiero ver cómo quedas.

—Ya me estás viendo.

—No estás lista.

Larissa desistió del pendiente y volvió a dejarlo en el borde del lavabo.

—¿Qué quiere mamá?

—No lo sé. Creo que quiere repetirte todo lo que ya te dijo ayer.

—Entonces de verdad que no es urgente.

Margot no se fue. En el espejo, Larissa la vio tirar de un hilo suelto de la manga de la sudadera.

—¿Qué?

—Nada.

—Margot.

—Me preguntaba si vas a llevarle algo.

—¿A quién?

Margot la miró como si la pregunta fuera idiota.

—A Xenia.

Larissa se volvió.

—Le he comprado algo.

—¿Qué?

—Un libro.

—¿Por su cumpleaños?

—Sí.

—Es un poco triste.

—Le gustan los libros.

—A mí también me gustan algunas cosas, pero no las quiero por mi cumpleaños.

Larissa alzó las cejas.

—El año pasado pediste rotuladores.

—Rotuladores buenos.

—Eran rotuladores.

—No lo entiendes.

Larissa sonrió y volvió a mirar el espejo.

El libro estaba en su habitación, mal envuelto con un papel que Claire había encontrado en un cajón.

Larissa lo había comprado dos días antes y se había pasado casi media hora en la librería antes de decidirse por una edición bilingüe de Eurípides que Xenia había sacado una vez de una estantería, hojeado y vuelto a colocar al ver el precio.

Larissa no sabía si un regalo tan preciso era buena idea.

Saber que Xenia lo había querido era precisamente lo que le gustaba, y ahora ese gusto venía acompañado de algo que no conseguía separar del todo de la culpa.

Margot seguía sin irse.

—¿Puedes felicitarla de mi parte?

—Puedes escribirle.

—No tengo su número.

Larissa giró la cabeza.

—Sí que lo tienes.

—Ya no.

—¿Cómo que ya no lo tienes?

—Borré nuestro chat.

—¿Por qué?

Margot miró al suelo.

—No lo sé.

Larissa estaba a punto de decirle que eso no significaba nada, que podía volver a darle el número, pero Margot se metió las manos en los bolsillos de la sudadera y preguntó si podía usar el perfume de la estantería.

—No.

—¿Ni un poquito?

—Sobre todo ni un poquito, porque tu «poquito» significa que toda la casa acaba oliendo a aeropuerto.

Margot hizo una mueca y se marchó, y Larissa se quedó sola con el pendiente en la mano.

Cuando bajó, Claire estaba sentada a la mesa de la cocina con el móvil, una taza de té y una hoja de papel que Larissa reconoció de inmediato. No porque la hubiera visto antes, sino porque su madre tenía la costumbre de apuntar las cosas cuando ya no se fiaba de poder guardarlo todo en la cabeza.

—Si has hecho una lista para mi noche, vuelvo a subir.

Claire dejó el bolígrafo.

—No es una lista para tu noche.

—Tiene horas.

—Son números de teléfono.

Larissa apartó una silla y comprobó que su madre decía la verdad. El número de Claire, el de Diane, el de Helen y otro que no reconocía.

—¿De quién es el último?

—De un taxi.

—Tengo una aplicación.

—Ya sé que tienes una aplicación.

—Entonces, ¿por qué has apuntado el número?

Claire se quitó las gafas y las dejó junto a la taza.

—Porque tengo cuarenta y cuatro años y sigo apuntando números en un papel cuando estoy preocupada. No creo que haga falta convertir eso también en un problema.

Larissa dejó el bolso en la silla vacía.

—No he dicho que fuera un problema.

—Lo has dicho con el tono.

—¿Qué tono?

—Ese.

Desde el salón, Margot gritó que no oía la televisión. Claire le dijo que subiera un poco el volumen y volvió a mirar a Larissa.

—No quiero llamarte cada media hora.

—Bien.

—Y tampoco quiero que te pases toda la noche con el teléfono en la mano solo para demostrarme que estás bien. Escríbeme cuando llegues, si cambiáis de sitio y antes de volver a casa. Si pasa algo que no te gusta, no intentes solucionarlo tú.

Larissa la miró.

—Ya lo sé.

—Déjame terminar, por favor.

No lo dijo con brusquedad. Precisamente por eso Larissa se quedó callada.

Claire recorrió con un dedo el borde de la taza.

—Esta noche no tienes que conseguir nada.

No hay ninguna pregunta que tengas que hacer ni ninguna frase que tengas que lograr que Xenia diga.

Si bebe demasiado, no te aproveches. Si quiere irse, deja que se vaya.

Si te cuenta algo importante, intenta recordarlo exactamente, pero no la presiones para que siga solo porque creas que estás llegando a alguna parte.

—No soy policía.

—Ya lo sé. Y preferiría que siguiera siendo así.

Larissa abrió y cerró el broche del bolso.

—¿Scott te ha dicho todo eso?

—Parte. Diane dijo otra parte. Yo añadí lo de querer que vuelvas a casa de una pieza.

—Xenia no va a hacerme nada.

—Voy a llegar tarde.

Claire asintió y no se levantó enseguida. Cuando Larissa llegó a la puerta de la cocina, su madre la llamó solo para darle la batería portátil que había dejado junto a la taza.

—Esto sí que es útil —dijo Larissa.

—Me alegra haber acertado una vez.

Larissa la guardó en el bolso y, sin saber por qué justo entonces, se inclinó y le dio un beso en la mejilla.

Claire se quedó inmóvil un instante.

—No hagas eso solo para asustarme todavía más.

—No lo he hecho por eso.

—Vale.

—Y no me esperes despierta.

Claire cogió la taza.

—No tiene mucho sentido mentir sobre eso.

Xenia había llegado primero.

Estaba bajo el toldo del restaurante, resguardándose de la llovizna fría que había empezado menos de una hora antes, mirando el teléfono con tanta concentración que no vio a Larissa hasta que la tuvo casi al lado.

Llevaba un vestido negro sencillo bajo un abrigo largo y unos tacones que Larissa no le había visto nunca.

Llevaba el pelo suelto, y los pequeños pendientes de oro no se parecían a nada de lo que usaba en el instituto.

—Feliz cumpleaños.

Xenia levantó la vista de golpe.

—Has venido.

—Claro que he venido.

—Ya. Solo llegas tres minutos tarde.

Larissa sacó el móvil.

—Dos.

—El mío dice tres.

—Tu móvil está mal.

Xenia sonrió, y Larissa le tendió el paquete antes de empezar a sentirse ridícula allí de pie con él entre las dos.

—No tenías que haberlo hecho.

—Ya lo sé.

—En serio, no hacía falta que me compraras nada.

—Si lo dices una vez más, me lo llevo.

Xenia lo desenvolvió con cuidado, rompiendo el papel solo lo imprescindible. Cuando vio el libro, se quedó varios segundos sin decir nada.

—Te acordaste.

Larissa se metió las manos en los bolsillos.

—Te quedaste ahí con él en las manos como diez minutos.

—Era caro.

—Ya no es problema tuyo.

Xenia pasó un dedo por la cubierta, lo abrió por algún punto de la mitad y sonrió de una manera que Larissa no le había visto últimamente, sin esa pequeña cautela que casi siempre aparecía antes de dejar que se notara que algo le gustaba.

—Gracias.

—De nada.

Xenia guardó el libro en el bolso y, tras una breve vacilación, la abrazó. Larissa sintió la mejilla fría de Xenia contra la suya y olió un perfume que no reconoció. El abrazo no duró mucho, pero tampoco fue de esos rápidos que se dan solo porque resulta que es el cumpleaños de alguien.

Al separarse, Xenia se colocó bien la correa del bolso.

—He ensayado dos veces cómo hacer eso sin que quedara raro.

—Te ha salido mal.

—Ya.

—No pasa nada. A mí también.

El restaurante estaba caldeado y lleno, con los cristales empañados y las mesas tan juntas que, mientras se quitaba el abrigo, Larissa oyó a un hombre de la mesa de al lado explicar a alguien por qué no volvería a comprar un coche francés en su vida.

Xenia dejó el libro en la silla vacía a su lado, no en el suelo, y el gesto agradó a Larissa más de lo que habría admitido.

Pidieron sin prisa. Xenia cambió dos veces de opinión sobre lo que quería, volvió luego a su primera elección y se disculpó con la camarera, que parecía haberse olvidado de ellas cuando llegó a la mesa siguiente.

—¿Esto es ser adulta? —preguntó Larissa cuando la mujer se alejó.

—Me abruma tener tantas opciones.

—Había ocho platos principales.

—Exacto.

—¿Cómo vas a elegir universidad?

Xenia cogió el vaso de agua.

—A lo mejor no elijo ninguna.

—Muy adulta.

—Deja de usar esa palabra. Mamá la ha usado esta mañana y ya la odio.

Larissa hizo una pausa.

—¿Has estado con ella hoy?

—Esta mañana.

—¿Habéis hecho algo?

Xenia se colocó un mechón detrás de la oreja.

—Me preparó el desayuno. Quemó las tostadas, cosa que no suele hacer, y me dio un sobre.

—¿Con dinero?

—Sí.

—Bastante eficiente.

Xenia se echó a reír.

—También había una tarjeta.

—¿Qué decía?

—Larissa.

—Vale. No pregunto.

—No era un secreto. Solo… no sé, cosas de madre.

Larissa miró la carta aunque ya habían pedido.

—La mía escribiría demasiado.

—La mía no.

El cambio de tono fue mínimo, pero Larissa lo oyó de todos modos. Se contuvo para no preguntar qué quería decir con «no», y la conversación pasó por sí sola a un profesor del instituto que había mandado a Xenia un correo de cumpleaños con su nombre mal escrito.

Cuando llegó la comida, Larissa descubrió que no tenía tanta hambre como había creído. Xenia, en cambio, se comió casi todo y le robó unas patatas sin pedir permiso, después de haberse pasado los primeros meses de su amistad pidiéndolo incluso para tomar prestado un bolígrafo.

Larissa se dio cuenta y estuvo a punto de decir algo; luego comprendió que estropearía precisamente lo que le gustaba del gesto.

Con el postre, la camarera trajo una vela clavada en una porción de tarta, aunque Larissa no había pedido nada. Xenia la miró primero a ella, recelosa.