Némesis CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

DIECIOCHO

Al día siguiente, Xenia cumplió dieciocho años.

A la hora de comer, Larissa le mandó un mensaje sencillo.

«Feliz cumpleaños».

La respuesta llegó unos minutos después.

«Gracias».

Y luego:

«Ya soy adulta».

Larissa escribió:

«Eso suena muy responsable».

«Me siento exactamente igual».

«Vale».

«Se contagia».

Larissa sonrió.

«Nos vemos esta noche».

«Sí».

Al caer la tarde, antes de que se marchara, Claire entró en la habitación de Larissa. El vestido estaba sobre la cama, el bolso abierto y el teléfono cargándose.

—Sabes qué me da miedo —dijo Claire—. No que salgas con ella. Es que ahora hay cosas entre vosotras que ninguna de las dos puede controlar.

Larissa se puso los pendientes.

—Lo sé. Si no me siento segura, me iré. Si ella no quiere hablar, no insistiré. Y no soy responsable de salvar a papá.

Claire asintió.

—Ni de salvar a Xenia. Cumplir dieciocho no la convierte ni en una niña ni en una inocente. Y que Marion pueda haber influido en ella no borra las decisiones que tomó por sí misma.

Larissa la miró a través del espejo.

—No intento exculparla. Solo quiero estar allí. Y quiero averiguar si lo que había entre nosotras era de verdad.

—Eso podría doler más que la verdad sobre Adam.

—Lo sé.

Claire se levantó.

—Entonces ten cuidado.

Larissa cogió el bolso. La decisión no le parecía segura, ni correcta, ni siquiera fácil de explicar. Así supo que era suya.

A las siete menos cuarto, Larissa llegó al centro.

Xenia ya estaba allí.

Llevaba un vestido negro sencillo, un abrigo largo y unos zapatos que no parecían gustarle, a juzgar por cómo cambiaba continuamente el peso de un pie al otro.

Cuando vio a Larissa, sonrió.

—Has venido.

—Claro.

—No sé por qué estaba segura de que vendrías y aun así estaba nerviosa.

—Porque eres rara.

—Probablemente.

Larissa la abrazó.

No lo había planeado.

Xenia se quedó rígida un instante y después la rodeó con los brazos.

—Feliz cumpleaños —dijo Larissa.

—Gracias.

Cuando se separaron, Xenia se secó rápidamente el rabillo del ojo.

Larissa fingió no darse cuenta.

—Vamos, entremos antes de que se me congelen las manos.

—Sí.

El restaurante estaba casi lleno, pero su mesa estaba pegada a la pared, en un rincón donde podían hablar sin levantar la voz. Pidieron comida y luego postre, aunque ninguna de las dos lo necesitaba, y después se quedaron con dos copas delante y una lista de cosas de las que aún no habían hablado.

—Así que —dijo Larissa— ya eres adulta.

Xenia la miró.

—Sí.

—¿Y?

Xenia se encogió de hombros.

—Ya está.

Larissa no preguntó por qué su tono sonaba decepcionado.

—A lo mejor vuelve a casa más tarde.

—A lo mejor.

Larissa sonrió.

—Lo has dicho.

Xenia la miró.

—¿Qué?

—Nada.

Durante unos minutos hablaron de York, de libros, de los profesores que soportaban y de lo malo que había sido uno de los ensayos que Larissa tenía que entregar. Solo cuando terminaron de comer Xenia la miró y preguntó:

—¿Te habría gustado tener una hermana mayor?

Larissa dejó el tenedor.

—Nunca lo había pensado.

—Yo sí.

—¿En qué?

Xenia cerró las manos en torno a la copa.

—En cómo habría sido.

Larissa no respondió.

—Cuando era pequeña —dijo Xenia—, pensaba que los hermanos aparecían si los deseabas con suficiente fuerza.

Larissa sonrió.

—¿Tenías nueve años?

—Quizá ocho.

—¿Y cuándo descubriste que no funcionaba así?

—No me acuerdo.

Larissa la miró.

—¿Te arrepientes?

Xenia levantó la vista.

—¿De qué?

—De haber crecido sola.

Xenia acercó la copa al borde de la mesa.

—A veces.

—¿Y ahora?

Xenia la miró.

—Ahora ya no lo sé.

Larissa no hizo la pregunta que se le había ocurrido.

No hacía falta.

Cuando salieron del restaurante, el aire estaba frío y el centro se había vaciado lo suficiente para que pudieran caminar una al lado de la otra sin tener que esquivar a nadie.

Xenia metió las manos en los bolsillos.

—Ha sido un buen día.

—Sí.

—Gracias por venir.

—No tenías que darme las gracias.

—Ya lo sé.

Caminaron un poco más.

—¿Larissa?

—¿Sí?

Xenia miró al frente.

—Me alegro de haberte conocido.

Algo se tensó en el pecho de Larissa, pero no intentó explicarlo.

—Yo también.

Xenia sonrió.

—Vale.

Larissa se rio.

—Nunca voy a librarme de esa palabra.

—Yo tampoco.

Por el momento, sin embargo, solo eran dos chicas caminando bajo el frío después de que una de ellas hubiera cumplido dieciocho años. Larissa se dijo que, descubriera lo que descubriera a continuación, nada podía cambiar el hecho de que había echado de menos a Xenia cuando no había ido al colegio.

Y quizá esa fuera la parte que más miedo le daba.