Némesis CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

LA HIJA DE MARION

La mañana en que iba a contarle a Adam lo de Xenia, Claire se despertó antes de que sonara el despertador. El informe estaba en la carpeta sobre la encimera de la cocina. Lo guardó en un cajón y luego volvió a sacarlo, irritada consigo misma por aquel gesto.

—¿A qué hora te vas?

—A las ocho y media.

—Puedo ir contigo.

—Anoche hablamos de esto.

—Ya lo sé.

—¿Entonces?

—A lo mejor he cambiado de opinión.

Claire dejó la taza sobre la mesa.

—Yo también he cambiado de opinión tres veces en los últimos diez minutos, pero sigo sin creer que sea buena idea.

Larissa apoyó la mejilla en la palma de la mano.

—Quiero verlo cuando se entere.

—Ya lo sé.

—No quiero ver la parte de papá y Xenia. Solo quiero estar allí.

Claire hizo girar la taza entre las manos.

—Ese es precisamente el problema.

Larissa no respondió.

—Si estás allí, Adam te mirará e intentará averiguar qué sabías, cuándo te enteraste y por qué no se lo dijiste. Querrá entenderlo todo de golpe, y tú intentarás explicar algo que tampoco entiendes todavía.

—Puedo quedarme sentada sin hablar.

—No puedes.

Larissa alzó las cejas.

—Eso ha sido bastante personal.

—Sí.

Margot estaba de pie con la cremallera de la mochila en la mano.

—¿Se lo vas a contar?

—Sí.

—¿Lo de Xenia?

—Sí.

Margot se colgó la mochila de un hombro.

—Dile que no estoy enfadada con él.

Claire la miró.

—Margot, no creo que…

—No, escucha. Si vas a contarle todo lo malo, cuéntale eso también.

Larissa miró a su hermana.

—¿Por qué tendría que saberlo?

Margot se encogió de hombros.

—Porque si fuera él, yo querría saberlo.

Después se volvió hacia la puerta.

—Y dile que compré chicle.

Claire parpadeó.

—¿Qué?

—Ayer. Compré chicle. Se lo dijiste.

—No creo que esa información sea urgente.

—Para él puede que sí.

Margot salió de la cocina antes de que ninguna de las dos pudiera contestar.

Larissa la vio marcharse.

—A veces no sé si tiene trece años o treinta.

—Tiene trece.

—Ya.

—Y, a diferencia de nosotras, probablemente estará menos cansada a los treinta.

Larissa se rio por lo bajo.

Después cogió la chaqueta.

—No voy a escribirle a Xenia.

Claire la miró.

—Vale.

—En serio.

—Te creo.

—Eso ha sido raro.

—¿El qué?

—Que lo dijeras sin comprobarlo.

Claire se puso el abrigo.

—He aprendido algo estas últimas semanas.

—¿Qué?

Claire buscó las llaves.

—Que a veces hay que elegir entre comprobar y tener una casa donde la gente todavía pueda respirar.

Larissa la observó unos segundos.

—Eso casi ha sonado a discurso.

—Entonces olvídalo.

—Vale.

Adam sonrió brevemente.

—Vale.

Después la miró con más atención.

—¿Qué ha pasado?

Claire no contestó de inmediato.

—He venido a hablar de algo.

—Eso no suena bien.

—Yo…

—Déjame terminar.

Él cerró la boca.

Claire no estaba segura de haber mantenido la voz serena o de si sencillamente ya no podía oírla de ninguna otra manera.

—Elizabeth dijo que Marion se quedó embarazada.

Adam miró la mesa.

—Sí.

Claire se detuvo.

—Lo sabías.

Él asintió despacio.

—Sí.

—¿Y el niño?

Adam levantó la vista.

—¿Qué niño?

—El que no volviste a ver.

La observó unos segundos y luego se pasó una mano por la frente.

—Claire, no sé qué te contó Elizabeth.

—No me lo contó ella.

—Entonces Scott.

—Sí.

—¿Y?

Claire sacó el informe de la carpeta.

—El bebé nació.

Adam miró el papel, pero no lo tocó.

—¿Marion siguió adelante con el embarazo?

—Sí.

Cerró los ojos un instante.

—No lo sabía.

Claire esperó.

—¿Cuándo?

—Enero de 2009.

Adam hizo el cálculo y se detuvo.

—Xenia.

Claire no dijo nada.

Adam la miró.

—¿Xenia Willis?

—Sí.

Las manos se le quedaron inmóviles.

El zumbido del ventilador y la voz baja de la mujer de la mesa de al lado llenaban la sala. Alguien pasó por el pasillo y la puerta se cerró tras él.

Adam volvió a mirar el informe.

—No.

Claire lo observó.

—¿No qué?

—No puede ser.

—¿Por qué?

Adam levantó la vista.

—Porque…

Se detuvo.

—Porque yo no lo sabía.

—Eso no responde a la pregunta.

—Ya lo sé.

Se pasó una mano por la cara.

—Xenia.

—Sí.

—La chica de North Downs.

—Sí.

—Larissa.

Claire no respondió.

Adam se levantó y volvió a sentarse, como si se hubiera dado cuenta de que no había adónde ir.

—¿Ella lo sabía?

—No lo sé.

—¿Marion lo sabía?

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—Adam, no he hablado con Marion.

Miró el informe.

—Entonces, ¿cómo…?

Claire empujó la hoja hacia él.

—La prueba.

Adam la miró.

—¿Qué prueba?

—La prueba de paternidad.

No alargó la mano hacia ella.

—¿De quién?

—De Xenia.

Adam no se movió.

Claire oyó su propia voz decir:

—Es tu hija.

Él miró el papel.

Después a Claire.

—¿Es seguro?

—Sí.

—¿Hasta qué punto?

—Más del 99,9 %.

Adam apoyó la palma sobre el informe sin levantarlo.

—Enséñamelo.

Claire lo giró hacia él.

Adam leyó despacio la primera página, aunque no necesitaba leer cada línea. Se detuvo en la conclusión y luego volvió al principio. Movía los labios mientras seguía las cifras.

—¿Quién envió la muestra?

—Larissa.

Adam levantó la vista.

—¿Larissa?

—Sí.

—¿Ella lo sabía?

—Se enteró cuando llegó el resultado.

Adam pasó un dedo por el borde de la hoja.

—¿Y Margot?

—Lo sabe.

Soltó una risa sin sonreír.

—Margot sabe que tengo una hija de diecisiete años.

—Sí.

—Y yo estoy aquí.

Claire dejó las manos sobre el regazo.

—Sí.

Adam volvió a mirar el informe.

—Xenia.

El nombre fue casi un susurro.

Dejó las manos sobre la mesa.

—Hay algo que tengo que contarte sobre Marion —dijo Adam.

Claire lo detuvo.

—Sé lo de la aventura. Sé lo del embarazo. Sé que le pediste que abortara.

Adam cerró los ojos.

—Sí.

—¿Y que después desapareciste de su vida?

—Cambié de número. No quería que pudiera encontrarme.

Claire lo miró durante mucho tiempo.

—Eso no me lo contaste.

—Me avergonzaba.

—La vergüenza no cambia lo que hiciste. Y tampoco lo cambia la acusación de Xenia.

—Lo sé.

—Pero lo que hiciste con Marion tampoco demuestra lo que pasó en el coche.

Adam asintió. No intentó convertir la frase en perdón.

—Larissa.

—¿Qué pasa con ella?

—Sácala de esto.

Claire lo miró.

—¿Qué significa eso?

—Deja de hablar con Xenia a través de ella.

—Adam…

—No quiero que Larissa siga.

Claire guardó silencio.

—No quiero que se acerque a Xenia para conseguir algo para mí —continuó Adam—.

Si Xenia es su hermana, en algún momento tendrá que enterarse y decidir por sí misma qué hace con eso.

Pero ahora mismo está atrapada en medio de una acusación contra su padre, y no quiero pedirle que sea valiente por mí.

—Larissa ha dicho que quiere seguir.

Adam la miró.

—Lo sé.

—No, no creo que lo entiendas. No lo hace solo por ti.

—Claire…

—Echa de menos a Xenia.

Él mantuvo la mirada.

—Lo sé.

—Y ni siquiera sé si le vendría bien.

—Eso también lo sé.

Claire se puso el abrigo.

—Por ahora tienes que dejar que la abogada y la policía hagan las cosas en su orden.

Adam asintió.

—Sí.

Ella dio un paso hacia la puerta y luego se volvió.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Anoche Larissa me dijo que no quiere mentirte.

Adam la miró.

—¿Sobre Xenia?

—Sobre nada.

Esbozó una sonrisa tenue.

—Al menos uno de nosotros ha aprendido algo.

Claire se detuvo.

—No digas eso.

Adam bajó la mirada.

—Perdón.

—Ahora mismo no quiero disculpas.

—Entonces, ¿qué quieres?

Claire lo miró unos segundos.

—Quiero que vuelvas a casa.

Adam no respondió.

—Y después ya veremos.

Salió de la sala con la carpeta bajo el brazo.

Adam se quedó un poco más a la mesa, con el informe delante y el nombre que había leído tantas veces durante los últimos meses sin que se le hubiera ocurrido nunca que pertenecía a su hija.

Xenia Willis.

Cuando un agente fue a decirle que la visita había terminado, Adam levantó la vista.

—¿Puedo quedarme esto?

El hombre señaló el documento.

—No.

Adam asintió.

—Claro.

Empujó la hoja hacia el borde de la mesa y se levantó.

Al salir, recordó algo que nunca le había contado a nadie: la noche en que había llevado a Xenia a casa, cuando ella bajó del coche, se había vuelto durante un segundo y le había preguntado si se verían al día siguiente.

Él le había dicho que probablemente.

No había habido nada extraño en la respuesta.

Ahora comprendía que, para ella, quizá nunca hubiera sido una pregunta sobre el colegio.